Rincón del autor: ¿Desarrollo con premios o castigos?

Como ciudadanos, necesitamos que la administración pública funcione y que sus integrantes den el máximo de sí mismos. Nos conviene motivarlos a ser mejores

Por Beatriz Boza

Imagínese que su jefe, cliente, maestro o entrenador decide, a mitad de un trabajo, evaluar la tarea que le encargó. Usted se ha esforzado y ha avanzado bastante pero es consciente de que está aun a medias y que debe esforzarse más para cumplir con el encargo. Imagínese que, al evaluarlo, su jefe, cliente, maestro o entrenador se concentra en todo lo que a usted le falta, lo que ha hecho mal y lo poco que ha logrado.

¿Cómo se sentiría? ¿Cómo tomaría esa evaluación? ¿Qué motivación generaría en usted? ¿Qué sentiría? Seguramente, frustración, desánimo y falta de confianza. Imagínese que en vez de castigarlo, su jefe, cliente, maestro o entrenador reconoce su esfuerzo, destaca sus logros, le orienta acerca de las oportunidades de mejora y le anima a emprenderlas. ¿Cómo se sentiría entonces? Seguramente, animado, motivado y con la confianza necesaria para encarar el resto de la tarea. Claramente, premiar y castigar son dos enfoques que reflejan actitudes, opciones pedagógicas, estilos de liderazgo y oportunidades de mejora muy distintas. El arte del buen jefe, maestro o entrenador radica en lograr que la persona dé lo máximo de sí misma, capturando su imaginación para hacer más y disfrutar el proceso, privilegiando los premios y recurriendo solo excepcionalmente al castigo.

Imagínese ahora que la demanda que tiene que atender excede ampliamente la capacidad instalada en su oficina, la infraestructura con que cuenta no es la más adecuada, las condiciones en que trabaja son cambiantes y las normas internas son confusas. Imagínese, además, que la imagen del trabajo que usted realiza está permanentemente satanizada en la opinión pública, en un entorno en el que se le demanda que haga más y en el que se le pone un techo a cualquier aspiración que usted o el mejor de su equipo pueda tener porque total, son percibidos como ineficientes, burocráticos y un "mal necesario". No se imagine más. Esa es la situación de los cientos de miles de peruanos que nos sirven a diario como funcionarios municipales, empleados de ministerios, secretarios de juzgados, magistrados, directores de colegios, maestros, policías y demás servidores públicos.

Como ciudadanos, necesitamos que la administración pública funcione y que sus integrantes den el máximo de sí mismos. Nos conviene motivarlos a hacer más y ser mejores. Nosotros somos sus clientes y como sociedad somos también sus jefes. ¿Estamos practicando la cultura del reconocimiento? ¿Estamos creando las condiciones para que ellos puedan dar más de sí cada día? En el Perú de hoy tenemos la responsabilidad de rescatar a nuestros servidores públicos, de reconocerlos, premiarlos y promoverlos. El próximo martes 29 de mayo es el Día del Servidor Público. Es nuestra oportunidad para reconocerlos, agradecerles y comprometerlos a hacer más por el bien de todos.