"No se descarta un complot contra Unidad Nacional. Pero frente a hechos tan flagrantes no puede taparse el sol con un dedo"
Por Juan Paredes Castro
24/05/07
Si se pusiera en los platos de la balanza quién ha hecho más por quién: Lourdes Flores por el PPC o el PPC por Lourdes Flores, ganaría lo primero.
El problema es que el fiel de la balanza contiene un elemento distorsionador: una ausencia de autocrítica de ida y vuelta, entre ella y su partido.
Sin desmerecer los méritos de ser un partido político de indudable raigambre nacional y de respetable continuidad doctrinaria, con un eje fundacional que no puede obviar la destacada figura de Luis Bedoya Reyes, el PPC se ha movido en los últimos tiempos no precisamente al ritmo que hubiera deseado Lourdes Flores; y, lejos de constituir una eficaz palanca en su carrera al poder (como lo ha sido el Apra para Alan García), ha sido en cierta forma una rémora difícil de aligerar.
Quizás en algún momento le tocó a Lourdes Flores preguntarse si las exigencias de su liderazgo, orientado a una mayor cercanía hacia el Perú profundo, como en efecto lo reveló un tramo exitoso de su campaña electoral, hacía incompatible su vida política dentro de un PPC que parecía remar en otra dirección. Si en verdad pasó por su cabeza esta interrogante, lo cierto es que ha prevalecido su lealtad irreductible al partido que la lanzó a la palestra política y por el cual sigue sacrificándose.
Pero esta lealtad, por profunda que fuese, no le impedía ni le impide hacer lo que aparentemente le cuesta mucho a Lourdes Flores, con toda la honestidad que ella encarna: deslindar lo que haya que deslindar, separar la paja del trigo y llamar pan al pan y vino al vino, así Xavier Barrón o Javier Bedoya le arruguen la frente.
Un deslinde duro y sangrante al interior del PPC habría probablemente cambiado a esta agrupación. Un deslinde crudo respecto de las fortalezas y debilidades de su campaña electoral ya le habría dotado del horizonte que necesita de aquí al 2011. Y un deslinde de los casos Canchaya y Menchola, no suspendiéndoles la militancia sino expulsándolos de la alianza, por la naturaleza flagrante de sus delitos, hoy le daría toda la autoridad de la tierra para denunciar un complot político que nadie descarta.
Sus quejas de ayer por lo que podría estar detrás de las denuncias contra militantes inescrupulosos de Unidad Nacional y por la actuación de la prensa (el mensajero como blanco de siempre) tendrían sin duda mayor asidero si hubieran partido de un corte de wincha moral drástico al interior de la alianza.
A falta del deslinde esperado la denuncia de un complot suena a oportunidad perdida.