El país que recibe Nicolas Sarkozy

¿Cambios en Francia?

"Hay que ver si el voluntarismo presidencial es suficiente para superar las trabas que hacen de Francia un país estancado"

Por Francisco Belaunde Matossian
Abogado

El nuevo presidente de Francia, Nicolas Sarkozy ha iniciado hábilmente su gestión, al incorporar a su gobierno a algunas reconocidas figuras de izquierda, como Bernard Kouchner, fundador de la asociación Médicos Sin Fronteras y ministro de salud en el último gabinete socialista, y que ahora ha sido designado ministro de Relaciones Exteriores y Asuntos Europeos. De esta manera, el mandatario, por un lado, sintoniza con el espíritu centrista que sedujo a un sector significativo del electorado durante los últimos comicios presidenciales, a través del ex candidato Francois Bayrou y suaviza así la imagen de hombre de derecha dura que adquirió ante muchos. Al mismo tiempo, descoloca al partido socialista con vistas a las próximas elecciones legislativas, que, de hecho, según los sondeos, podrían arrojar un resultado aplastante a favor de la derecha.

Sin embargo, no puede perderse de vista que los ministerios clave, aquellos encargados de las reformas prometidas durante la campaña, han recaído, naturalmente, en manos de fieles lugartenientes del nuevo inquilino del Eliseo y de conspicuos miembros del partido presidencial, UMP. Ello, tanto en lo que se refiere a la responsabilidad penal de los jóvenes delincuentes, la garantía de un funcionamiento mínimo de los servicios públicos durante las huelgas que, por cierto son frecuentes en Francia, o las medidas tributarias para alentar el trabajo en horas suplementarias, entre otras.

Es decir, si bien hay un gesto de apertura, la línea trazada durante la campaña se mantiene firme. De hecho, el mandatario, fiel al estilo que ha contribuido a su popularidad, se ha puesto rápidamente en marcha y ha establecido un calendario de pocos meses para la adopción de las diferentes reformas.

De todos modos, sí se puede decir que se está ante un jefe de Estado que, por un lado, tiene capacidad de sorpresa, al menos por ahora, y que, por el otro, difiere de sus antecesores en el sentido de que tiene todas las intenciones de ocupar el terreno de la política diaria, y, consecuentemente, de asegurarse un lugar de privilegio en el espacio mediático cotidiano. Ello, ciertamente, reduce el papel del primer ministro, incluyendo, como apuntan diversos analistas, su función de 'fusible' en caso de dificultades, lo que no deja de ser riesgoso para la arquitectura institucional francesa.

Habrá que ver si el activismo y voluntarismo presidenciales serán suficientes para superar las trabas que, más allá de algunas mejoras estadísticas actuales, hacen de Francia un país estancado y con una visión poco entusiasta del futuro.