Los usos que permiten los abusos
Por Rafael Roncagliolo
Politólogo
Los recientes escándalos con algunas contrataciones parlamentarias traen a la actualidad una afirmación rotunda de don José Ortega y Gasset: cuando se presentan abusos no basta con sancionarlos; hay que corregir los usos que permiten que aparezcan los abusos.
El uso que permite los abusos: a pesar de que es la bancada, y no cada congresista, quien tiene la facultad de presentar iniciativas de ley, los congresistas tienen individualmente más personal de asesoría y apoyo que las bancadas. Es decir que el personal contratado por los miembros de cualquier bancada es varias veces superior al personal asignado a la bancada como conjunto.
Y, a pesar de que las comisiones del Congreso son los órganos permanentes en que se analizan y discuten los proyectos de ley que luego pasan a consideración del pleno, también los congresistas tienen más personal que las comisiones. En la práctica esta inflación en el personal del congresista ha servido históricamente para pagar favores y afectos por encima de las necesidades funcionales del Congreso.
Conviene por lo tanto distinguir bien y establecer las prioridades entre los tres niveles de la asesoría parlamentaria: el de las comisiones, el de las bancadas y el de los congresistas individualmente considerados. El nivel más crucial y prioritario, por cierto, es el de las comisiones, que, por su misma naturaleza, debe ser el de una asesoría permanente, profesional y no partidaria. El libre arbitrio de los presidentes de comisiones sobre el personal de la comisión atenta contra la carrera administrativa y contra la eficiencia. Además, favorece la volatilidad en que se fundan los clientelismos y favoritismos del tipo de los que acaban de hacerse públicos.
El segundo nivel, este sí político y partidario, es el de las bancadas, que entre nosotros, es el más pobre en términos de asesoría. A pesar de la ley que (muy acertadamente) transfirió la iniciativa legislativa del congresista a la bancada, el Congreso sigue organizado en torno al protagonismo del congresista individual y no del colectivo partidario. Con todo lo que ello implica, en términos de debilitamiento de los partidos, estímulo al transfuguismo y al estrellato mediático, etc., etc.
El tercer nivel, el de cada congresista, que es en el que más escándalos se han producido siempre, debería ser solo complementario de los otros, en particular si interesa fortalecer en serio a las agrupaciones políticas. En otros países, con partidos políticos más sólidos, como Chile y México (para no hablar de países europeos) se ha fortalecido a las bancadas por la vía de fundaciones o 'think-tanks' que entregan una asesoría permanente a cada grupo partidario.
La situación mexicana fue explicada hace pocos días en el Congreso peruano, por boca de Beatriz Paredes, quien ha sido, en diferentes momentos de su biografía, presidenta de la Cámara de Diputados, del Senado, del PRI, de la Fundación del PRI y del Parlamento Latinoamericano, y quien vino al país en el marco de los esfuerzos que hace la actual presidenta de nuestro Congreso por analizar experiencias de otros países y mejorar el funcionamiento parlamentario.
Quizás lo más interesante del Congreso mexicano es que el personal de cada parlamentario es definido y asignado a través de su respectiva bancada. Con ello, la bancada sirve de filtro de calidad y asume la responsabilidad que como tal le corresponde.