Por Miguel Ángel Cárdenas
La escena era bellísima, como lo era en la fantasía platónica de los niños que nacimos a fines de los años 70 el peinado de caracol sobre las orejas de la princesa Leia. En medio de muñecos de plástico y muñecos humanos, Marita Trinidad debatía interminablemente con su hija de 9 años sobre el origen del maestro Yoda: "¿quién fue su maestro?", "¿por qué perdió en su lucha con Lord Sidius si era tan poderoso?", "¿por qué fue tan duro con Luke en su entrenamiento?".
Dicen que en estos tiempos la distancia generacional es ingente. Hasta los años 50, padres e hijos tenían el mandato de parecerse: los segundos estaban condenados a ser réplica de los primeros. Los sociólogos afirman que fue desde los años 60, con la publicidad que glorifica lo juvenil, luego con la explosión de la rebeldía inconformista y después con el avance incesante de la tecnología, que las generaciones fueron contraponiéndose de manera redoblada e indeleble.
En este nuevo siglo en que algunos todavía veneran el cinismo posmoderno, el fenómeno Star Wars --reivindicador de valores como el heroísmo, los ideales caballerescos, la ayuda al más débil y la búsqueda de la iluminación-- puede fascinar uniendo en imaginación y travesuras a padres e hijos.
"Yo llegaba al nido cuando tenía 3 años y hablaba de 'Star Wars' y mis amigas me decían loca, pero me iba con mi mamá y nos poníamos a jugar con las espadas láser", dice la niña que mira a su madre de 28 años como hubiera mirado Leia a la reina Amidala, si la hubiera conocido. La niña comenzó a ser admiradora cuando vio la segunda trilogía, la madre se hizo fanática cuando gozó en un cine convertido en templo evangélico con la primera. La niña ama a Anakin. La madre a Luke. Ambas mueren por Yoda. Y comparten un muñeco de él que habla, valorizado en 80 dólares. "Me lo trajo de Estados Unidos un chico que así me conquistó".
Este fin de semana hubo en la ACJ de Pueblo Libre otra escena aun más bella. Miguel llegaba abrazado de Lucía y recorría el segundo piso repleto de maquetas de los diferentes planetas, explicándole las particularidades de los dos soles de Tatooine, el planeta de Luke. Ella lo miraba apegada, como si se bronceara escuchándolo. Frente a una réplica a tamaño natural de Han Solo congelado en carbonita, ambos recordarían una de las escenas más anticursis y, por esto mismo, más genuinamente románticas del cine. Cuando antes de convertirse en estatua de hielo, Leia le dice: "Te amo". Y Solo le responde solo: "Lo sé". (En "El regreso del jedi", herida Leia ante las puertas de una base del Imperio, el duro Han se quiebra: "Te amo". Y Leia se la devuelve, entre las balas, con todo su armado corazón: "Lo sé").
COMPLEJO DE PLANETA
El local de la avenida Bolívar se convirtió en una maqueta universal gracias a la Asociación Cultural Star Wars Rebellion Perú: En la entrada se ubicó una sala neurálgica llamada Coruscant, como el planeta decisivo que servía de capital a la República, donde estaba tanto el templo jedi como el senado galáctico. Aquí, entre una exposición de filatelia y libros abiertos en páginas voladoras, Amaru, de 12 años, recordaba el combate del maestro Yoda con el señor de los sith. Dicen los fanáticos más pormenorizados que esa pelea inmemorial en pleno senado, que definiría la fuerza de La Fuerza, la dirigió en secreto Steven Spielberg. Y la perdió Yoda por confiarse, "Obi-Wan Kenobi no pudo ayudarlo, porque tenía que enfrentar a Anakin", recuerda Amaru, triste. Él participó en el concurso de dibujo y ganó con uno de un clone trooper, "porque para dibujar a Obi-Wan tenía que hacerlo perfecto; si no, no".
Al fondo estaba el Patio Mos Eisley, llamado así en honor del puerto espacial utilizado por piratas, corsarios, criminales y contrabandistas, en cuya cantina de mala vida se encontraron por primera vez Luke Skywalker, Obi-Wan, Han Solo y Chewbacca. Aquí, en la mitad del patio-bar sideral se vendieron las espadas jedi a 140 soles mínimo y los cascos de Darth Vader a 220 soles. El más buscado por los coleccionistas era Martín Pozo, quien con sus ojos de desierto trajo las novedades de su tienda en Polvos Azules. Él vendía a 200 dólares un Jabba the Hutt, el Padrino de los alienígenas, un sapo-dinosaurio obeso, que puso precio a la cabeza de Han Solo y tuvo amarrada en un imborrable bikini dorado a la princesa Leia. Martín es un buscatesoros de Star Wars, los más exigentes fanáticos le piden esos muñecos de los años 70 y 80 que se escamotean en la memoria. "Lo más raro que conseguí fueron dos políticos que acompañan al emperador en el 'El regreso del jedi' y que solo salen diez segundos". Martín a veces no tiene que viajar a Estados Unidos, porque contacta al arquitecto Arnold Mendoza, quien desde hace doce años hace las maquetas y esculturas más sofisticadas del cosmos de George Lucas.
"He hecho rarezas como el palacio jedi o la barcaza de Jabba, que ha sido la más cara. La vendí en 500 dólares", dice este 'fan' de Obi-Wan, "porque no lo mató nadie, él se dejó morir", que tiene un puesto en el Centro Comercial Arenales.
Al fondo del patio Mos Eisley se llevaron a cabo las peleas con las espadas láser. Espadas que diseñó el peruano Luis Rojas.
LENGUAJE DE LA IMAGINACIÓN
En el segundo piso, en la sala Universo, Luis Antonio Garay de 17 años pasa sus navidades con sus amigos apasionados de Star Wars. A su costado está por subir al tercer piso, quizá el mayor experto en la mitología de la saga, Eduardo Bejarano. En el auditorio lo esperaban padres e hijos unidos y parejas desuniéndose un momento para escuchar. Este abogado de 31 años, que ha reunido más de 500 naves y muñecos, es capaz de encandilar con todos lo mitos universales presentes en las secuelas y precuelas. Existen personajes muy resistidos como los ewoks, para muchos demasiado ñoños y, sobre todo, el campeón de la antipatía, Jar Jar Binks. Hasta hay sátiras que quitan sus escenas y videojuegos donde lo derriban con dardos. "Yo creo que era un personaje como decía Shakespeare del bufón", lo defiende Bejarano.
Pero si hay un personaje que lo captura es Mace Windu, el presidente del consejo jedi y el único que dominaba el estilo de pelea con espada de los sith, sin caer en el lado oscuro de la Fuerza. "Por eso, puede vencer al emperador. La historia del actor que lo interpretó, Samuel Jackson, es 'mostra'. Él es uno de los más fanáticos de Star Wars en el planeta y le pidió a Lucas que lo incluyera. Y Lucas le dijo: 'ya, pues, vamos a ver qué te podemos crear'. Un día Jackson abre un sobre con su papel y grita: '¡soy un caballero jedi y tengo líneas con Yoda!'. Le había creado uno de los personajes más poderosos del universo. Para el siguiente episodio se le acercó a Lucas y le dijo: 'oye, George, sería un poco vergonzante que no utilice mi espada'. 'Ah, vas a pelear en la próxima', le dice. Y le pidió que su espada sea morada, porque solo habían verdes y azules para los jedis y rojas para los sith".
Las espadas desde que tienen memoria infantil los mitos de héroes son un recurrente insustituible. Por eso, Luis Rojas, un ingeniero mecánico de la PUCP, de 33 años, desde que su mamá lo llevó a ver "El imperio contraataca" a comienzos de los años 80 se obsesionó con construirlas. Y ahora las hace, réplicas creativas de las de Luke, Anakin, Obi-Wan, que tienen un costo de 100 dólares a más. "Me dediqué a investigar los materiales que se usaban, yo uso tubos de acero inoxidable, la hoja es liviana, de policarbonato, la fibra de los chalecos antibalas, le puedes dar con un fierro y no se pierde. Lucas también fue creativo al principio, usó para las armas el modelo de los rifles Sterling del ejército inglés, pero le dobló la culata y la convirtió en un arma futurista".
A las seis de la tarde del domingo, cae la oscuridad. Hay una exhibición de lucha de espadas en tinieblas. Termina y los niños se abalanzan sobre los miembros de SWR-Perú disfrazados de Darth Vader y Darth Maul. Y tiene que caer la luz eléctrica. Un muchacho con una cicatriz en el mentón prefiere correr hacia donde todavía está oscuro. "Me gusta iluminar todo con mi espada láser", dice solo. Su mejor amiga corre detrás con cara de decirle: "Lo sé".