ESPECIAL

Historia de un pionero

Verdadero "dínamo humano" lo llamó Alfred Kroeber. Porras lo calificó como "el primer arqueólogo científico peruano". Fundador de cinco museos y responsable de 34 expediciones arqueológicas, la imagen que nos ha llegado de Julio C. Tello a través del tiempo es la del hombre humilde que a base de estudio logra superarse. Una imagen que por generosa ha terminado ocultando al Tello que todo peruano debiera conocer.

Por Jorge Moreno Matos

En octubre de 1974 el desaparecido historiador Alberto Flores Galindo escribía en un diario local: "De la misma manera como en los periódicos y revistas se comentan los libros, deberían también comentarse las tesis. Es una manera de seguir el proceso intelectual de un país". Tal vez se refería a la vieja costumbre que más de medio siglo antes tenía El Comercio de insertar, a manera de pequeños avisos de sociales, la graduación de algún nuevo bachiller que su orgullosa familia mandaba publicar. Sólo en una ocasión ese aviso se extendió más allá del anuncio y se explayó en detalles como no lo había hecho antes.

El 17 de noviembre de 1908, al día siguiente de ser sustentada, El Comercio comentó la tesis que Julio C. Tello defendió para graduarse de Bachiller en Medicina: "La antigüedad de la sífilis en el Perú". Resultó tan notable la sustentación que escribió: "El señor Tello ha merecido una distinción que no ha alcanzado estudiante alguno, pues tras dos horas de sostenida discusión sobre los puntos culminantes del trabajo, en que fue objetado por los doctores Avendaño, Lavorería y Castañeta, el decano de la facultad doctor Manuel C. Barrios, pidió que la tesis fuese aprobada por aclamación". Este mismo jurado recomendaría "que no solamente se insertase el trabajo en los Anales Universitarios, sino que la universidad hiciese una edición especial para darla a conocer al mundo científico". Pero apenas era el inicio de su brillante carrera científica. Diez años después, el 24 de junio de 1924, volvería a San Marcos para graduarse brillantemente de Doctor en Ciencias Naturales con una tesis de apenas 24 páginas y 41 acuarelas y fotografías: "El uso de las cabezas humanas artificialmente momificadas y su representación en al antiguo arte peruano". Hoy esa tesis constituye una de las joyas más preciadas del Archivo Histórico de esa casa de estudios.

Como estas, la vida de Tello estuvo salpicada de tantos viajes, avatares, polémicas y hasta anécdotas que incluso alguna vez alguien publicó un libro con el nombre de "50 anécdotas del sabio Tello" que muchos han leído, modificado y tergiversado en ocasiones. Y es que desde que nació para el público peruano, Tello siempre dio que hablar y suscitó tanta admiración como envidia.

Nació en Huarochirí el 11 de abril de 1880, lo que significa que perteneció a la generación inmediatamente anterior a la llamada 'Arielista' o del 'Novecientos' de la que formaron parte Riva Agüero, los hermanos García Calderón y V. A. Belaúnde, lo que no impidió que entablará amistad con algunos de sus miembros y que incluso comulgara con muchos de sus postulados. Aunque cursó la primaria en su pueblo natal y la secundaria, primero en el Colegio de Lima y el último año en el Colegio Guadalupe, lo verdaderamente trascendental fue su ingreso a la Facultad de Medicina de San Marcos, en 1900, en donde conoció a Hermilio Valdizán, Baltasar Caravedo, Julio C. Bernales y Ricardo Palma, cuyo padre, el famoso tradicionista, lo prohijó y le facilitó un puesto en la Biblioteca Nacional en cuyos viejos estantes ahondaría su interés por el antiguo Perú.

Lugo de su magnífica sustentación de 1908, obtiene una beca del gobierno y se embarca para los Estados Unidos a continuar sus estudios en la Universidad de Harvard. En este hecho, hay quienes han tratado de restarle méritos a Tello acusándolo de leguiísta. Nada más lejos de la verdad. El gobierno de Leguía le concede la beca a solicitud de la propia Universidad de San Marcos según consta en la Resolución Suprema del 21 de agosto de 1909. A su regreso, sus aportes al conocimiento de nuestro pasado serían fundamentales, la base de la naciente escuela peruana de arqueología. En 1919 funda el Museo Arqueológico de esa universidad; ese mismo año llama la atención sobre la importancia de la cultura Chavín y su enorme influencia; en 1925 descubre la Cultura Paracas, anterior a la era cristiana; y en 1945 funda el Museo Nacional de Antropología. Obras que bastarían por sí solas para escribir su nombre en la historia, pero Tello hizo mucho más.

Como hijo de su tiempo, y gracias a los laureles académicos que había logrado, fue muy natural que respondiese a la invitación que para integrarse a las filas del Partido Nacional Democrático, el de Riva Agüero, le hicieran. Fue elegido diputado por Huarochirí, ocupando un escaño desde 1917 hasta 1928. Sus intervenciones en el hemiciclo, que todavía esperan a alguien que los rescate para el gran público, revelan a un Tello en gran parte desconocido para todos.

En las páginas del Diario de los Debates de su cámara están impresas para siempre su denuncia de las empresas mineras que contaminan los ríos con los relaves que vierten en ellos, produciendo "graves daños a las sementeras y al ganado" (intervención del 20/11/1917), su demanda de auxilio al gobierno a los pueblos de la sierra "por el encarecimiento alarmante de los artículos de primera necesidad" (intervención del 21/11/1917); su denuncia de masacres de huelguistas mineros "que no registró carácter de agresividad o violencia" por parte de ellos (intervención del 6/12/1918). O más aún, su denuncia, sin ningún miramiento, de agentes del gobierno "incapacitados conforme a ley" implicados en estos hechos. Pero la verdadera gloria de Tello estaría lejos del recinto parlamentario.

Nombrado en 1913 Jefe de la Sección Arqueológica del Museo Nacional, presentó un plan de trabajo tan moderno para su época que se ganó la enemistad de aquellos a los que su plan dejaba fuera. El mayor encono contra él lo tuvo Emilio Gutiérrez de Quintanilla, Jefe de la Sección Histórica, representante máximo del viejo pensamiento que acusó a Tello de las mayores bajezas, de buscador de tesoros y hasta de traficante de nuestro patrimonio (él, que fue el que propició la Ley de Conservación de Monumentos Arqueológicos de 1929). Su malestar por tener que aceptar las propuestas para la administración del museo que un indio hacía desde el Congreso, lo volcó en un panfleto: "El Manco Capac de la arqueología peruana, Julio C. Tello, (Señor de Huarochirí)", que está repleto de las más increíbles lindezas y prejuicios: "Anticristo de quimérica reacción, contra hechura viviente de Huayna Capac", lo llama; "la campaña política que emprende ahora, para restablecer el predominio de los pongos y restaurar la autoridad incana", califica a sus propuestas para una nueva Ley Universitaria. Pese a ello y por increíble que parezca, Tello sólo logró que su Cámara aprobara una recomendación al Ejecutivo para abrirle proceso administrativo a Gutiérrez, ya que tuvo el desparpajo de mandarlo imprimir en los talleres del museo y con dinero del Estado, y que nunca se abrió, permaneciendo veinte años en su cargo. Tello se alejó del Museo en 1915, al igual que Uhle lo hizo en 1911 también por intrigas del mismo personaje.

Pero si algo habría que reprocharle a Tello fue el de no ser ajeno al destino de otros grandes historiadores peruanos que como él dejaron gran parte de su magnífica obra inédita o dispersa en publicaciones menores. Al igual que Raúl Porras o Riva Agüero, lo fundamental de su trabajo se publicaría años después de su muerte y, como en el caso del primero, durante años se anunciarían sus 'Obras Completas' que siempre tardaban en ser publicadas. Recién en el 2004 la Universidad de San Marcos ha empezado a publicar y reeditar sus trabajos inéditos y aquellos que eran difíciles de encontrar aún para especialistas como es el caso de su extraordinaria "Paracas I", publicado en 1959 por uno de sus discípulos y que es una auténtica obra de arte por el aparato gráfico que la acompañaba y que lamentablemente en su reedición de 2005 perdió gran parte de su atractivo.

Tello murió el 3 de junio de 1947 sabiendo que su legado por el que tanto trabajó estaba asegurado: un museo en el que reunió todo lo acumulado en tres décadas de exploraciones y descubrimientos y en el que pidió ser enterrado; una teoría del origen de la civilización andina que aunque superada le dio prestigio; y un archivo (que donó a la Universidad de San Marcos) en el cual las generaciones futuras de estudiosos, como predijo Porras, "por muchos años se nutrirá de sus hallazgos, descripciones y planteamientos", para continuar en la búsqueda que durante una vida dedicada a la investigación lo mantuvo ocupado a él: la esencia del Perú.