El presidente Alan García tiene que volver a su discurso inaugural del 28 de julio para rescatar el hilo de la madeja que parece haberlo perdido en los últimos seis meses.
Ese hilo de la madeja tocaba uno de los nervios vitales que tienen que ver con el manejo del Gobierno y del Estado, en dirección de una meta ambiciosa: colocar al Perú a la vanguardia del desarrollo en América Latina.
Las nuevas proyecciones de crecimiento económico del 7% vienen a ser, en este sentido, alentadoras, pero con proyectos de gestión, desde el Estado, demasiado débiles, a causa de la falta de equipos y gerencias bien remuneradas.
Según escuchamos entonces al mandatario (diez meses atrás), había dos cosas que poner en marcha: una, el trabajo presidencial dividido entre el gobierno del día a día a cargo del primer ministro y la reserva de la jefatura de Estado para el propio García; otra, una agresiva y rápida reforma de la administración pública y la eliminación del aparato público (incluido el Congreso) de pillos y pillerías que trafican a sus anchas con planillas fantasmas, licitaciones y concesiones amañadas y compraventa de influencias.
Con la división del trabajo presidencial debía además disminuirse sustancialmente la concentración del poder, seguida por la mayor dedicación de García a sus responsabilidades de jefe del Estado, ya sea para marcar horizontes de mediano y largo plazos o para armonizar políticas públicas de concertación y descentralización.
Lamentablemente lo que se ha dejado de hacer de julio a mayo ha repercutido en la revelación sincera del propio García de que el gobierno no marcha al ritmo adecuado de sus metas porque sencillamente carece de una buena gestión.
Y una buena gestión gubernamental pasa, en primer lugar, por corregir lo que la política de austeridad arruinó: el concurso de gerencias calificadas y competentes que no están disponibles por los salarios rebajados; en segundo lugar, por una auditoría acelerada de los recursos humanos estatales para alejarlos de las corruptelas y acercarlos a los mejores estándares de producción y productividad; y en tercer lugar, por el establecimiento de reglas estrictas de contratación, licitación y concesiones, capaces de poner fin a los mecanismos mafiosos que se redistribuyen los flancos frágiles de la torta presupuestal estatal.
El hilo de la madeja no es otro que el que debe llevarnos a la construcción de un aparato estatal (Gobierno, Legislativo y Justicia ahí considerados) limpio de vicios y altamente confiable, mediante dos pilares: voluntad política indoblegable y tolerancia cero con el gansterismo que medra allí donde le abren las puertas.