Por Enrique Planas
Ana tiene un nuevo protector que la engríe regalándole finas joyas (que resultarán ser de su esposa). Claire, su compañera sentimental, ha regresado a casa para contarle que tiene una joven amante que quiere llevar a casa, quizá para compartirla entre ambas. Quién podría decirles que aquella jovencita que las fascina no es otra que la hija del protector. En tanto, corriendo por los pasadizos de esta historia, una divertida criada debe soportar todo el desprecio de sus empleadoras. Con este argumento Alberto Ísola modela un inteligente artefacto teatral. "Un matrimonio de Boston", actualmente en la cartelera del CCPUCP, podría ser una de las más ácidas comedias firmadas por Óscar Wilde, por ejemplo, con sus ambientes y personajes adscritos a una órbita aristocrática y su intención de arrinconar la moralidad victoriana y la hipocresía de su tiempo. Sin embargo, cuando el espectador se involucra más con la obra del dramaturgo, novelista, ensayista, guionista y director de cine estadounidense David Mamet (Chicago, 1947), se da cuenta de que bajo esta cubierta hay mucho más que una mirada irónica al puritanismo victoriano, mucho más que una alta comedia de malentendidos y celos. Conocedor del ideario estético y moral de la Inglaterra de entresiglos, Mamet nos propone un inteligente juego: demostrarnos que lo victoriano no es un código de conducta superado, sino que resulta una manifestación viva de la sensibilidad actual. Por ello, al presentarnos a la pareja lésbica protagonista --formada por una actriz notable como Sofía Rocha, de garbo, verbo y lucidez, y como correcto contrapunto, una Magaly Bolívar desafiante e igualmente ácida--, Mamet no cae en un drama sobre los conflictos de la sexualidad. Por el contrario, da por sobreentendida esta relación para convertirla en un espejo de las alianzas oportunistas, tejemanejes, engaños y ardides de las parejas que enfrentan la encrucijada de vivir infelizmente acompañadas o miserablemente en soledad.
Un texto lleno de acertijos, pequeños engaños y sorprendentes cambios de sentido en su argumento, así como diálogos violentos y terriblemente crueles fueron, sin duda, de compleja traducción, e Ísola, como en otras ocasiones, sale airoso del reto. Mención aparte merece su puesta en escena mínima, en la que el decorado es tan falso y ligero como los sentimientos de los protagonistas. Una vez retirados los tapices, solo queda el paisaje más gris y desolado.
Sin duda, cosas así no se ven todos los días en nuestra poco audaz cartelera. Se agradece el riesgo.