LA SENCILLEZ DE UN TENOR DE TALLA MUNDIAL
Por Roberto G. MacLean U., Abogado
Una evidente ventaja de escribir sobre una personalidad visible es la de poder escoger entre muchas posibilidades. La que he escogido como mi favorita es la de su implícita y anónima calidad ciudadana, esencial en nuestro país de ciudadanía frágil y todavía muy confusa.
El imprescindible anonimato ciudadano se debe a que no está hecho necesariamente de éxitos, de cuerdas vocales, cerebros o músculos extraordinarios, ni de privilegios que lo sitúan en un lugar destacado de un titular, primera plana, pantalla de televisión o entradas que se agotan en un partido, concierto, conferencia o venta de saldos. Aunque tampoco son incompatible o un obstáculo para lograrlo. La ciudadanía en un país con los desafíos que tenemos al frente, está hecha de la valentía para aceptar sin resquemores, la realidad de quiénes somos, individual y colectivamente. El cantante ha dicho con claridad que no quiere ser otro Pavarotti, sino el mejor Juan Diego Flórez que pueda y logre ser, y eso no conoce límites. Ello significa que logró encontrar su identidad y aceptarla con gracia y alegría. Porque sabe bien lo que vale y lo que no vale, sin miedos ni vergüenzas. En eso consiste el primer paso difícil para ser ciudadano y proclamar un 28 de julio interior, que ya lo ha convertido en un individuo libre, comprometido implícitamente con los trabajos de "La justicia que Dios defiende, por la voluntad general de los pueblos".
Solo la libertad le ha otorgado la lucidez necesaria para entender que la vida no es otra cosa --por fuera y por dentro-- que el desafío permanente de dilemas que mira directamente a los ojos, y continuas opciones decididas que toma con determinación, en lugar de huir de ellos o disfrazarlos de "imposibles de lograr". En un país de muchos privilegiados, no le altera o le remuerde ser uno del escogido puñado de los más privilegiados. Porque la paz y la justicia no consisten en rechazar privilegios, sino en no abdicar de la responsabilidad frente a los demás que significa haberlos recibido. Sus triunfos espectaculares en la ópera no lo engañan, ya que su valiente libertad le permite entender la verdad de que los únicos fracasos son el hambre, el frío, la enfermedad desamparada y la soledad. Y que el único triunfo absoluto es el amor. Aprendió de su familia inmediata y amigos más queridos que no se puede llegar a sentir el más grande amor por la humanidad entera, si no se ingresa por la puerta estrecha y frágil de un cuerpo humano inmediato, sólido, tibio, palpitante, con estatura y peso concretos, que está al lado nuestro en este instante. Es por esta incómoda puerta de entrada por la única que puede ingresar al amor hasta desbordarlo en otra persona, e irrumpir en la existencia del mundo alrededor, para inundarlo con acciones libres, estadísticas y reconocibles por cualquiera. Necesitamos dos millones de Juan Diego Flórez --cada cual en lo suyo-- para, por ejemplo, transformar la justicia. Como me dijo un taxista una vez, "Eso es imposible, pero no muy difícil". En este siglo el futuro ya no lo construyen los grandes líderes sino los ciudadanos anónimos que les permiten o se oponen a lo que los líderes sueñan o se atreven. Depende solo de nosotros reemplazar para el futuro las tumbas de soldados desconocidos por cunas y escuelas para ciudadanos desconocidos de quienes depende construir, hoy día mismo, otras leyes, otra justicia y la paz. ¡Ya!