EL CAPITAL POLÍTICO DE MERCEDES CABANILLAS

Meche sin ensueños

Por FernandoVivas, Periodista

Ella porta la dureza, la piconería y la desencantada femineidad que los machistas creen que debe tener una mujer ansiosa por triunfar en el patriarcado de la política. Súmese a esos requisitos la obligada honradez, que en un varón se puede flexibilizar un tanto pero en una hembra para nada: a la presidenta del Congreso Mercedes Cabanillas se le ha cuestionado hasta por firmar un comunicado de apoyo a Velasco hace 35 años y por aparecer en la misma foto, a un metro de distancia, con un traficante de tierras.

Pero eso no es problema para ella. Le encantan esos pequeños retos de los que cree que puede salir airosa con un desmentido tajante. Y si la siguen fastidiando con el asunto --que sí simpatizó con el velascato, que sí conocía al traficante y además lo floreó en un discurso-- entonces lanza su fulminante mirada de picona y reafirma la moralidad y el carácter democrático que han marcado su paso por la gestión pública.

Porque ese es su gran capital político: la severa, eficiente y precavida Meche, la compañera querida por las bases apristas y recelada por sus rivales, la ministra de Educación en el primer gobierno aprista quizá porque según otro cliché patriarcal, las tareas de los niños son cosas de mujeres. Pues esta dama no está para cantarle el vals de Manuel Raygada "Mechita de mis ensueños/(...)/ muñequita seductora/ tu boquita divina/ quisiera yo besar", pero sí para respetar su derecho a postular a los más altos cargos del país y a no repetir el plato si no le da la gana. Dice que no quiere volver a presidir el Congreso y hay que creerle porque sabe lo que vale un quite oportuno. De los machos apristas dependerá que dobleguen su firmeza de carácter o le permitan sumar esta renuncia a su capital político para el 2011.

Pero además de esta Meche sin ensueños, que ha dejado de lado la coquetería y dulzura femeninas para cuadrar a sus rivales, para repeler una intriga con otra (razón para el cruel apodo 'Meche Zancadillas'), para negociar con enemigos de sus enemigos aunque sean extremistas (¿la recuerdan conversando con la facción más radical del Sutep?); pues además de esta Meche con reflejos más rápidos que un bacán de esquina (¡miren cómo se anticipó a la campaña de correos anónimos, y por lo tanto deleznables, que la acusan de favorecer a una amiga con la que tendría lazos románticos!) hay otra Meche:

La dama de nuevo cuño que suspira bajo el corset de la política patriarcal; la mujer decidida y sin complejos que recurre a cambios de 'look' para afirmar sus encantos, aunque no se los celebren; la que quiere estar a la moda (¿quién fue el malvado que dijo que sus lentes azules parecían de soldador?); la que aprueba una ley de igualdad de oportunidades y recibe a lobbies cívicos y feministas. Ojalá que esta Meche no se someta, como hasta hoy, a la medianía de políticos tradicionales que la reclaman como uno de los suyos.