Entre la utopía y la nostalgia

Reflexiones de Miguel Giusti.  En esta entrevista, uno de los filósofos peruanos contemporáneos más importantes nos ofrece su punto de vista sobre algunos temas que son parte del debate mundial, como el consenso, la ética y la relación, no siempre fluida, entre la filosofía y la discusión política

Por Carlos de la Puente

En su influyente libro "La Lucha por el Reconocimiento" Axel Honneth hace una referencia muy elogiosa al primer libro que usted publicó en Alemania. Usted por lo tanto desarrolla parte de su trabajo en Europa. ¿Diría usted que, en el campo de la ética, hay una actividad más intensa en Europa que en Latinoamérica?
Como usted comprenderá, para mí ha sido un honor, además de una sorpresa, el que Honneth citara un libro mío, escrito en Alemania. Ese libro se titula La crítica de Hegel al mundo moderno. Es una obra que se remonta a mi tesis doctoral, y que tiene por eso las virtudes y los defectos de ese tipo de trabajos, lo que me ha disuadido de traducirla al castellano. Ya que es muy formal, mejor que viva también en un país y en una lengua para los que la formalidad es natural. Pero menciono el asunto porque algunas partes de ese libro han sido reformuladas, aligeradas, y se han convertido en ensayos de Tras el consenso. Como explico en el libro, la mitad de los textos que lo componen se ocupan de la crítica de Hegel a la concepción de la ética que surgía en la modernidad.
En cuanto a la segunda parte de su pregunta, es indudable que la cultura europea, también la filosófica, es un terreno muy fértil (y un floreciente mercado) para nuevas corrientes o nuevos movimientos, y haremos bien si tratamos de mantenernos siempre informados. Hoy en día ya no existe una relación asimétrica tan clara como en el pasado entre los centros de producción intelectual. La ética que se debate en Europa, así como entre nosotros o en otras partes del mundo, no puede menos que ocuparse de problemas globales y de su entrelazamiento, porque esos son, y así son, los problemas que vivimos en todas partes.

Excepto en el último párrafo de su libro, no hay otra indicación sobre cuál es su programa filosófico. Su obra es sobre todo un trabajo de exégesis (no sé si está de acuerdo con esto) y de crítica. Se trata ciertamente de una reconstrucción impresionante de la historia de la filosofía política de Occidente. Pero, o es que para usted, como para Wittgenstein, la filosofía debe sobre todo corregir errores categoriales o lógicos, o usted es cauto en asumir posiciones "propositivas".
Esta pregunta se la acepto porque usted es mi amigo. Si no lo fuera, podría pensar que me está criticando indirectamente por falta de originalidad. Me dice usted que no percibe en mi libro un "programa filosófico", sino solo un trabajo de exégesis o crítica de textos. En cierto sentido, sin embargo, creo que tiene usted razón. Los ensayos del libro son discusiones muy académicas sobre debates filosóficos actuales y tienen un carácter expositivo. Eso lo digo expresamente en el Prólogo. Pero también explico en la Introducción que los ensayos se agrupan en torno a una idea central ("programática", si se quiere), que sirve de hilo conductor del libro: que la ética contemporánea está entrampada en la búsqueda de un consenso contradictorio, porque quiere ser universal y defender las identidades al mismo tiempo, quiere alas y quiere raíces. Y no logra ofrecer una solución unitaria a dicha ambición.
De otro lado, a mí no me parece que un filósofo deba tener un "programa"; eso pueden tenerlo los políticos o los dietistas. Pero lo que sí debería el filósofo es ser "propositivo", y ciertamente no limitarse a buscar errores categoriales; por cierto, tampoco creo que eso sea lo que haya hecho Wittgenstein. Aunque no sé si lo he logrado, mi intención ha sido la de escribir un libro propositivo. He querido ofrecer una clave de lectura de los debates de la ética actual y sugerir que la contradicción entre el paradigma universalista y el culturalista es constitutiva de la condición del hombre moderno.

No estoy tan seguro que algunos de los autores que usted discute, como Rawls, Walzer y Taylor estarían de acuerdo con usted en que el hombre contemporáneo busca un consenso que constantemente se le escapa de las manos. En estos autores uno siente la experiencia de comunidades que han logrado "consensos exitosos." Es decir, uno percibe una referencia a logros que más bien deberían extenderse a todos los sectores sociales.
Es posible que no haya usado en mi libro el término "consenso" con la debida precisión. A lo que me refiero con esa palabra es al ideal de vida (al ideal moral) al que aspiran los seres humanos. Y con el título del libro: Tras el consenso, quiero dar a entender que ese ideal puede buscarse en dos sentidos contrapuestos, ambos aludidos por la preposición "tras": para algunos, ese ideal se halla en la tradición comunitaria, y por eso quieren actualizarla y revivirla constantemente (el consenso nostálgico); para otros, todas las tradiciones son represivas o provincianas, por lo que buscan el ideal en el futuro, en una nueva moral cosmopolita (el consenso utópico). Es verdad que los autores que usted menciona se refieren a "consensos exitosos", ya sea al consenso inmanente a una determinada comunidad de creencias (como en el caso de Walzer o Taylor), o ya sea al consenso universal de una sociedad igualitaria (como en el caso de Rawls). Pero es claro que el "éxito" de dichos consensos solo puede ser válido para quienes comparten aquellas creencias, por lo que el desafío mayor consiste en tratar de conciliar ambos modelos, en tratar de conjugar la utopía y la nostalgia.

Los debates filosóficos sobre los que trata su libro (eticidad vs moralidad; liberales vs comunitaristas) han encontrado eco en las esferas públicas de los países en los que estos debates se originaron. Muchos de los filósofos que usted analiza han confrontado sus posiciones no sólo en la teoría sino también en relación a políticas públicas. Por ejemplo en Estados Unidos en relación al "affirmative action" En el Perú yo siento una brecha más grande entre el trabajo de los filósofos políticos y la discusión pública. ¿esto es así? ¿es deseable que así sea?
Como usted bien dice, esos debates filosóficos han tenido un eco más sonoro en la esfera pública de los países en los que se originaron. Pero el que la esfera pública, por ejemplo la nuestra, no los registre explícitamente, no quiere decir tampoco que los debates no estén presentes. La opinión pública mundial irradia hoy su influencia en todas las sociedades, aunque a lo mejor no se perciba explícitamente su dimensión filosófica. En el caso del Perú, es verdad que la filosofía política no aparece con claridad en el debate público, y no es bueno que eso sea así. Tampoco fue así en el pasado; basta pensar en los debates intelectuales de los años treinta del siglo XX, o en el papel que jugaron no pocos filósofos en la discusión política de los años sesenta. Además, no debemos olvidar que hemos tenido veinte años de senderismo y diez años de fujimorismo, y que en todo ese tiempo la esfera pública estuvo distorsionada por los efectos de la violencia y la dictadura, ni que la producción cultural en general padeció el desinterés y el abandono de parte de muchos gobiernos. Recién con el retorno de la democracia ha empezado nuevamente a enriquecerse y a diversificarse el debate intelectual en el país, y se oyen también algunas voces filosóficas. Un papel muy importante ha jugado, en ese sentido, la presencia de Salomón Lerner al frente de la Comisión de la Verdad. Todavía es muy incipiente la contribución de los filósofos a estos debates, pero es de esperar que se haga más perceptible en el futuro.