La poética de la injuria

El rufianismo literario. No todos los escritores son autores de bellas palabras. Algunos son capaces de envenenar las mayores ofensas que se hayan escrito alguna vez. Si tales actitudes serían pasibles de pena de cárcel, aquí presentamos merecedores de cadena perpetua.

Por: Enrique Sánchez Hernani

Maestros del denuesto, profesionales de la invectiva, agraviadores contumaces, prestos para la diatriba. Así, sin más ni más, palabras de más pero de ninguna forma de menos, los escritores esconden en el fondo de sus almas otro yo feroz. Por eso muchos de ellos se han hecho propensos al escarnio del prójimo. Las víctimas, cómo no, son sus propios colegas, lastimados por celos mortales o envidias ponzoñosas. Algunos, como el poeta chileno Vicente Huidobro, eran una fábrica de ultrajes. En 1935 -se cree que sólo por el fútil prurito de llamar la atención--, el vate sureño llamó al peruano César Moro "el piojo homosexual César Quíspez Asín". Moro, ayudado en la coprolalia por el entonces joven poeta Emilio Adolfo Wetsphalen, tildó en venganza al vate chileno de "analfabeto agresivo y pretencioso", "ratero", y "basura hambrienta de gloria" en el célebre manifiesto V. H. o el obispo embotellado.

Huidobro también la emprendió contra Neruda y recibió lo suyo como respuesta, al punto que en 1937, estando ambos en España, intervino desde París un grupo de amigos, clamando hicieran las paces. La carta la firman nada menos que Tristan Tzara, Alejo Carpentier, César Vallejo y Juan Larrea, entre otros.
En el Perú es célebre la catilinaria que le propinó a César Vallejo el entonces influyente Clemente Palma, quien llegó a decir: "¿Usted cree señor Vallejo que colocar una imbecilidad encima de otra es hacer poesía?". Palma, con semejante boutade, se borró de la historia literaria, pues sus obras son de menor recordación que sus invectivas. Otros quizá recuerden que para producir libelos, nadie como el arequipeño Alberto Hidalgo o como los muchachos de Hora Zero, que en los setenta no dejaron títere literario con cabeza, unos parricidas desatados.
Pero algunas veces las cosas pasan a mayores, como en México en 1976, cuando Mario Vargas Llosa le endilgó una precisa trompada a la mandíbula de Gabriel García Márquez, echándolo al piso. ¿Las causas? Por la época se dijo que Gabo se había vuelto un excesivamente comedido confidente de Patricia, la esposa de Vargas Llosa. Pero los escritores nunca han vuelto a hablar del asunto.

PALABRAS MAYORES
Como semejantes pendencias son la miel de las plateas literarias, un industrioso autor, Albert Angelo, acaba de publicar un libro donde recopila semejante fuego cruzado. El volumen, Escritores contra escritores, (El Aleph editores, Barcelona, 2006. Cortesía de Librerías Crisol), es una delicia. Lo propio había hecho antes Jon Winokur, quien publicó Writers or writing (Running Press, Filadelfia). Veamos algunas perlas.
En esta materia, nadie se salva, ni los clásicos. Así, Lope de Vega, príncipe de los ingenios, parece que también lo era de los agravios cuando dijo: "Dante me pone enfermo". Pero no fue el único. Horace Walpole, escritor y arquitecto del siglo XVIII, afirmó que "(Dante Alighieri era) una hiena que escribía poesía en tumbas". La frase pudo haber salido del mejor callejón. Otro apaleado celebérrimo ha sido Gustave Flaubert, de quien el mortífero Jorge Luis Borges dijo cierta vez: "A pesar de lo mucho que se esforzaba por escribir, las frases no le salían bien. Cae, como Lugones, en un estilo burocrático que apaga el interés del lector. No trata de ser interesante". A sobarse.
Pero parece que William Shakespeare acaparó los mayores guantazos. Round uno de Leon Tolstoy: "La fama indiscutida de la que goza Shakespeare como escritor es, como todas las mentiras, una gran maldad". Round dos de George Bernard Shaw: "Con la única excepción de Homero no hay otro escritor eminente, ni siquiera Sir Walter Scout, al que desprecie de la manera total con la que desprecio a Shakespeare cuando comparo mi mente a la suya". Round tres de Graham Greene: "En algunas ocasiones Shakespeare era un escritor condenadamente malo". Nock out. Pobre.
Pero según parece, en la literatura norteamericana el más lenguaraz ha sido el notable Mark Twain, célebre por sus temidas socarronerías, como la que le soltó a Ambrose Bierce (alias Dod Grile): "Ha escrito algunas cosas admirables -piezas ocasionales-, pero ninguna de ellas es una 'joya'. Dod Grile tiene sentido del humor, pero por cada risa que hay en sus libros también hay cinco sonrojos, diez escalofríos y un vómito. La risa sale demasiado cara". Escatológico sin medias tintas. No menos cautela tuvo contra Jane Austen: "Cada vez que leo Orgullo y prejuicio (de Austen) me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia". ¿Alguien habrá querido alguna vez ser su enemigo?
Las estocadas no han cesado desde entonces y todos han recibido cisuras de más o menos consideración, cuando no prácticas amputaciones del orgullo ajeno. Si hasta le ha caído un mandoblazo a Sócrates ("Cuanto más le leo, menos me extraña que lo envenenasen", espetó Thomas Babington Macaulay, poeta del siglo XIX), por qué no pensar que los damnificados se cuenten por decenas. Por ejemplo: "Todo es tan gris e incómodo (en los libros de Samuel Beckett) que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a veces a la gente mayor cuando duerme", refunfuñó Vladimir Nabokov. Y, por supuesto, no ha sido al único que ha zaherido el autor de Lolita. Otro más fue, nada menos, que James Joyce, contra quien dijo: "El desafortunado Finnegans wake es simplemente una masa informe y aburrida de folclore barato, un libro que es como un pudín frío, como un ronquido persistente en la habitación contigua, algo de lo más irritante para un insomne como yo". Terrible.
Tan majadera costumbre ha alimentado por siglos las rencillas literarias, como la que sostuvieron Gore Vidal y Truman Capote. He aquí tamaño fuego cruzado con munición de no poco calibre: "(Gore Vidal) no tiene talento, excepto para escribir ensayos. No tiene sensibilidad interior -no puede ponerse en el lugar de otra persona- y, exceptuando Myra Breckinridge, lo cierto es que nunca ha encontrado su estilo", bramó Capote. Vidal le dio de vuelto esta frase, a poco de la muerte de su antagonista, en 1984: "La muerte de Capote fue una buena maniobra profesional". Ni los muertos descansan en paz.

MORIR POR LA BOCA
Aunque William Wycherley, dramaturgo y poeta del siglo XVII, dijo una frase brutal: "Los poetas, como las putas, solo son odiados por sus colegas", la sentencia bien puede dirigirse a todos los escritores en general. Para darle la razón está, por ejemplo, Carson McCullers, que no quería mucho a los autores de El viejo y el mar y Luz de agosto, de quienes vociferó: "Tengo mucho más que decir que (Ernest) Hemingway y Dios sabe que lo digo mucho mejor que (William) Faulkner".
Así como a estos, también le ha caído munición de mediano tamaño a F. Scott. El crítico literario estadounidense Edmund Wilson dijo: "Lo cierto es que Fitzgerald no sabe qué hacer con la joya que le ha sido otorgada. Pues ha sido dotado de imaginación sin el intelecto para controlarla; ha sido dotado del deseo por la belleza sin un ideal estético; y ha sido dotado de talento para expresarse sin demasiadas ideas para expresar". Pero contra quien se ensañaron fue contra Henry James, que recibió una auténtica artillería desde varias trincheras. El primer disparo fue de William Faulkner: "Es la viejecita más encantadora que he conocido nunca", seguido del perdigonazo del notable T. S. Eliot: "(James) tenía una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla". El tiro de gracia proviene del temible tirador Oscar Wilde: "El señor Henry James escribe narrativa como si fuese una obligación desagradable". Si James no murió con eso hay que celebrarlo.
En América Latina no andamos cortos de invectivas. Qué va. Si hasta el propio García Márquez apostrofó así: "El indio Rabindranat Tagore, a quien debemos tantas lágrimas de caramelo, fue arrastrado por los vientos de la justicia del carajo". Suficiente. Pero quien parece hacía de la diatriba su principal hobby era el chileno Roberto Bolaño, si no fíjense. De Isabel Allende dijo: "Me parece una mala escritora simple y llanamente llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una escribidora". De Antonio Skármeta: "Soy incapaz de leer un libro suyo, ojear su prosa me revuelve el estómago". Y de su compatriota José Donoso: "Es un escritor con una línea de flotación jodida. Es un autor que tiene libros que son abominables, malos de salir corriendo". Uf. Ahora, ¿alguien más se anima a querer ser escritor?