¡Ampay!

Supuesto origen de una palabra infelizmente está de moda.

Por Miguel Rubio del Valle

Existe una anécdota muy conocida sobre Leonardo da Vinci, que habla sobre las dificultades del gran maestro del Renacimiento para encontrar a alguien que le sirviera de modelo para su Cristo de la Última Cena. Después de mucho buscar dio finalmente con un joven de extraordinaria belleza, que irradiaba además nobleza, bondad y, como si fuera poco, virilidad. Veinte años después a Da Vinci solo le faltaba pintar a Judas y, claro, tampoco tenía modelo. Lo encontró en la cárcel de Florencia. Era un perverso criminal, un hampón corrompido, perfecto para posar como el tristemente célebre traidor del Huerto de Los Olivos. Luego de los trámites correspondientes con el alcaide de la prisión florentina, trámites que la historia no consigna, el artista llevó al delincuente a su taller, dispuesto a terminar de una vez por todas con el encargo de Ludovico Sforza. Al ver la pintura, el malhechor cayó de rodillas, llorando desconsoladamente. "Maestro da Vinci - le dijo-, ¿acaso no me recuerda? Yo fui su modelo para pintar a Nuestro Señor Jesucristo".
Me pasa a mí algo parecido con la palabra "ampay". Cualquiera que de niño haya jugado a las escondidas sabe que "ampay" significa "¡te descubrí!" o, si prefieren, "¡te pesqué!". Hasta hace un tiempo, la palabra evocaba nostálgicos recuerdos, pero hoy huele a podrido. Se ha envilecido, como el Judas del cuento, porque los propietarios de un canal de televisión tienen contratada a una señora que espía a la gente, escarba en su vida privada, y la expone frente a miles de personas que, inexplicablemente -para mí, por lo menos-, festejan, comentan y disfrutan esta suciedad, como si realmente hubiese algo que festejar, comentar y disfrutar.
En fin, no pretendo agregar ninguna crítica nueva a tan repugnante modus vivendi, lo que quiero es aportar algo sobre la etimología de la palabra "ampay". No como un lingüista, que no soy, sino como alguien que se interesa por el origen de las palabras.
El Ampay es un nevado de más de cinco mil metros de altura que custodia la ciudad de Abancay y da nombre también a un Santuario Nacional, donde hay zorros andinos, tarucas, cóndores, chochos de flores azules y varias especies de orquídeas. Signifique lo que signifique la palabra en quechua no interesa, porque por ahí no va la cosa. En mi modesta y atrevida opinión nuestro "ampay" de la infancia proviene del inglés, y más concretamente, del béisbol.

¿Por qué? ¿Cómo? Vayamos por partes. Básicamente, el béisbol consiste en golpear una pelota con un bate, para correr, pasando por cada una de las cuatro bases que hay en la cancha, antes de que los contrarios intercepten la bola y lo pesquen a mitad de camino entre base y base. Si el jugador que ha bateado lo logra, anota una carrera. Si no, su equipo tiene dos oportunidades más para batear, antes de ceder su turno al rival.
Como en todos los deportes hay normas que regulan el desarrollo del juego. Naturalmente, existe un árbitro, encargado de vigilar que estas reglas se cumplan. El árbitro del béisbol se llama Umpire, que se pronuncia algo así como ampair, con una "r" final suavecita, que casi se desvanece.
La labor del umpire es difícil. Tiene que decidir, entre otras cosas, si el jugador que corre ha llegado a la base antes de que el oponente que la está custodiando reciba la pelota enviada por un compañero. A veces, ambas cosas ocurren casi simultáneamente, complicando enormemente su trabajo. Cuando considera que el corredor ha llegado antes, el umpire grita "¡save!", es decir, que el corredor se ha salvado, por decirlo así. Cuando cree que los hechos no han sido así, le señala un "¡out"! Lo mismo que en el fútbol, cuando los jugadores gritan "¡mano!" o "¡penal!", para advertir al árbitro sobe la falta y de paso influir en la decisión que debe tomar, los beisbolistas, por idénticas razones, gritan "¡Save, umpire!" (¡Salvado, árbitro!).
El juego de las escondidas, aunque no tiene pelota ni bate, tiene muchas similitudes con el béisbol. El jugador tiene que llegar a una base, antes de ser descubierto por el custodio, el encargado de buscar a los demás. Si lo logra, grita "¡ampay me salvo!" Si no, le gritan a él "¡ampay Fulano!".
Como dice Manzanero, no sé tú, pero yo creo que ampay proviene de umpire o, mejor dicho, de ampair. Ahora, sobre cómo se produjo el préstamo lingüístico, si vino directamente de Estados Unidos o si llegó saltando por otros países de América, no tengo ni la más pálida idea. Si a algún especialista le interesa el tema, y además lee estas líneas, seguramente nos dará detalles. Yo he cumplido con dar una pista, por más que haya sido de la misma manera que el burro flautista de Iriarte, por casualidad.
Y ya que hemos hablado de escondidas y de fábulas, permítanme contarles que hace un tiempo me llegó por Internet - nunca faltan los ociosos - un relato, atribuido a Mario Benedetti. En el relato, las cualidades y los sentimientos, aburridos como estaban, aceptaron la idea de la Locura, que propuso jugar a las escondidas. En pleno juego, la locura, buscando al amor, que se había ocultado entre unos rosales, le pinchó casualmente los ojos con una espina, dejándolo sin vista para siempre, por lo que se comprometió a guiarlo eternamente. Desde entonces, termina el cuento, el amor es ciego y va siempre acompañado de la locura.

Resulta que, otra vez de casualidad, encontré una fábula de Samaniego llamada, ni más ni menos, "El Amor y la Locura", en la que, en otras circunstancias, ocurre exactamente lo mismo, con la locura como lazarillo del amor. No me consta que el cuento sea de Benedetti y de sobra sabemos el cuidado que debemos tener con lo que circula en Internet, habida cuenta de que ya le han clavado a Borges y a García Márquez algunos disparates que estos ilustres escritores jamás osaron siquiera pensar. Ahora, si el uruguayo lo escribió, "¡ampay Benedetti!". Y si no, que grite "¡ampay me salvo!". Desafortunadamente, como sabemos, no podrá salvar a todos sus compañeros.