PARA DEJAR ATRÁS LA FRUSTRACIÓN

¿Se reformarán los políticos?

Por Álvaro Rojas Samanez, Politólogo

En noviembre del 2003, cuando vencía el plazo para observar la autógrafa de la ley de partidos, hablé con un alto funcionario, demostrándole la necesidad de mejorar la norma, discutirla mejor, introducir reformas electorales pendientes (transfuguismo, voto preferencial, voto libre, etc.). La observación era válida porque el Congreso había aprobado el financiamiento público a los partidos sobre la base de sus resultados electorales.

Se incluyó los debates de un grupo de expertos --convocados por los congresistas que elaboraron el texto consensuado sobre la ley de partidos-- que recomendaba mejorar la actividad partidaria y modernizar su conducta política. (Esas propuestas fueron desechadas durante la discusión en el pleno).

El día que venció el plazo, el ministro llamó para decir: "se promulgará la ley, pero la bancada propondrá los proyectos modificatorios correspondientes. Esa norma será mejorada". Con excepción de tres normas específicas, eso no se produjo.

Casi cuatro años después, recién asoma el intento --ojo: intento-- de cambiar esa decepcionante realidad que la Ley de Partidos no se atrevió a modificar. Ahora se habla de eliminar el voto preferencial, legislar sobre transfuguismo (tema infructuosamente debatido desde el 2001), renovación parcial del Congreso (sin definir si se hará por tercios o mitad ni su periodicidad) y hasta modificar la Constitución para volver al sistema bicameral, hacer renunciable el cargo parlamentario e inclusive proponer el voto libre y eliminar la obligatoriedad.

Es obvio que algunos políticos buscan que la población abandone el desencanto y la desesperanza entre lo que la verdad política nos ofrece y las distintas versiones del pesimismo que se genera cuando las decisiones esenciales se adoptan con criterio 'político', mentalidad coyuntural y expectativa no mayor del corto plazo. Una historia que, por cierto, es reiteración continua de la política peruana, originando la frustración siempre difícil de superar.

El panorama por ahora contiene solo menciones. No se debe perder de vista el objetivo esencial: devolver confianza a la política, legitimar las dirigencias, volver al esfuerzo por la organización, al trabajo con las bases, articular la propuesta nacional con la demanda regional y local, promover la discusión interna, la formación de cuadros, apertura a grupos relevantes y sectores con capacidad de trascender (mañana) lo anecdótico y desilusionante (de hoy).

Los partidos tienen un deber con la sociedad y, especialmente, con la juventud. La historia es pródiga en ejemplos. La frustración puede vencerse con esfuerzo y trabajo, como se hizo antes cuando la política no era fruto de impaciencias momentáneas ni de liderazgos ocasionales o erráticos. Los esfuerzos iniciales --1928 y 1931, con el Partido Socialista y el Apra o 1945 con el Frente de Juventudes; de 1956 con Acción Popular, el Social Progresismo o la Democracia Cristiana-- hablan de mucho más que historia y pasado.

De esas viejas agrupaciones --algunas extintas-- procede casi todo lo políticamente relevante exceptuando 'outsiders' de cualquier laya y los 'independientes' que merodean las elecciones sorprendiendo a los votantes.

La historia puede ayudar a la tarea de mañana. Es vital pasar de la intención al cambio y dotar de solidez a las organizaciones partidarias. Si eso sucede, tendrá sentido eliminar voto preferencial, sancionar tránsfugas, expandir y mejorar el sistema parlamentario y generar conductas responsables de los votantes. El requisito es que los políticos piensen en algo más trascendente que su cómoda ubicación de hoy. ¿Será posible?