Por Jaime de Althaus Guarderas
Se entiende que en el Perú sean los sectores antisistema y antiglobalización los que aprovechen el diferendo limítrofe con Chile para encender la hoguera cada vez que las actitudes del vecino den motivo, y para reclamar, consecuentes con su credo pasadista, que se anule el acuerdo de libre comercio con ese país y se rechace sus inversiones. Lo que no se entiende es que en Chile, país interesado en expandir sus inversiones en la región, haya sectores empecinados en encender esa misma hoguera en la que, al final, todos los proyectos comunes podrían terminar calcinados.
El reclamo peruano por la delimitación marítima es justo, pese a que el Perú firmó convenios y documentos en los que aceptó el paralelo como límite para ciertos fines. Pues el objeto de esos acuerdos no fue definir los límites, lo que requiere de una voluntad jurídica más fuerte y específica que una mera determinación supuestamente implícita, que puede no incluir una conciencia formadora de fronteras. De todos modos, debemos admitir que aquí, si bien tenemos el argumento de la equidad de nuestro lado, y si bien no hay un tratado de límites marítimos propiamente dicho, Chile sí puede invocar documentos en los que el paralelo fue aceptado como límite para fines pesqueros.
Donde el vecino del sur carece totalmente de razón es en el tema de la frontera terrestre en la zona adyacente al mar. Cuando Chile pretende que esta frontera debe trazarse a partir del Hito 1 hasta el mar y no a partir de la orilla del mar, como queda literalmente señalado por la propia comisión demarcadora de 1930, se apropia, efectivamente, de un área triangular de 37 mil metros cuadrados, contra el mandato expreso del Tratado de 1929.
Aquí, pues, sí hay una violación clara de un tratado de paz y límites firmado entre nuestros dos países. Y eso es grave. La absurda y tozuda renuencia del Estado Chileno a rectificar este error interesado, puede convertirse en una fuente legítima de discordia que, sumada al trauma histórico, podría entorpecer cada vez más una integración económica y una acción conjunta hacia el Asia-Pacífico que sería muy beneficiosa para ambos países.
Mientras tanto, lo más sano para nuestro país, la manera de sublimar creativa y positivamente los sentimientos enconados, sería tomarnos en serio el objetivo nacional planteado por el presidente de la República de superar económicamente a Chile en diez años, algo que es factible si profundizamos las políticas necesarias y llevamos a cabo las reformas pendientes. Esa sería la verdadera actitud nacionalista. Porque una vez económica y militarmente más poderosos que el vecino, la posición negociadora del Perú será, obviamente, mucho mayor, y el "no" como toda respuesta será cada vez más difícil de enunciar.