PUNTO DE VISTA

Te felicito, pero no es comercial

Por GustavoRodríguez, Escritor y publicista*

La sala del Centro Cultural de la Católica está repleta y Cecilia Larrabure, mi querida amiga, se ve más linda que nunca en la mesa principal. Sus ojitos brillan más que de costumbre: después de tanto esfuerzo por fin se está presentando "Ciertos vacíos", un libro suyo editado por el Fondo Editorial de la Universidad Católica. Sus páginas muestran fotografías que Cecilia ha tomado --en el transcurso de diez años-- a un grupo de huérfanos que la guerra subversiva dejó en nuestro país.

En una tela blanca delante de las butacas se proyectan algunas de las fotos en blanco y negro, y la primera que aparece ya me conmueve. Es la imagen de Lucio Yumikire, de 6 años, que posa mansamente, aunque en sus ojitos achinados se percibe un reto al espectador. Una cicatriz de machete le cruza medio rostro. Lo verdaderamente terrible es que aquella herida cicatrizada no es la peor que lleva consigo: cuando era apenas un bebe, Sendero Luminoso reclutó a la fuerza a su comunidad asháninka y tuvo que vivir como un prisionero, sin madre ni padre. A los 5 años, cuando lograba huir de su cautiverio, un mando terrorista lo hirió en el rostro cuando su intensión final era matarlo. Los años siguientes los pasó con otros huérfanos de la violencia en una misión franciscana en Puerto Ocopa, en la selva de Junín. La siguiente foto me conmueve por otras razones. Se trata de dos pequeñitos, varoncitos ambos, que toman una ducha en un recinto recubierto de mayólicas. El que está más cerca de la cámara se está enjuagando el pelo muy concentrado en lo que hace, mientras el agua resbala por su pancita. El de más atrás está de espaldas, enjuagándose los pies. Verlos me hace recordar a mis hijas cada vez que las pesco bañándose risueñas antes de acostarse. Y la comparación me da pena. Si sus papás hubieran vivido en Lima, la indiferente --como mi esposa y yo--, y no en Ayacucho, la sangrante, habrían sido ellos quienes los hubieran ayudado en el duchazo de aquel día en vez de mi amiga Cecilia. Unas fotos más y otros testimonios de niños que narran matanzas ante sus propios ojos me sumergen, aunque de manera leve, en aquel infierno. Entonces llego a entender el brillo en los ojos de Cecilia. Ella hizo en su momento lo que la enorme mayoría de limeños no hicimos: acercarse al dolor de personas que para nosotros eran puras estadísticas. Y esta noche, en verdad, está cerrando un capítulo iniciado trece años atrás. Sin embargo, ahora que le toca hablar en esa mesa, su mirada se vuelve una lanza. Habla de la cantidad de puertas que tuvo que tocar para que este libro viera la luz en Lima. Y relata cómo algunos de los gerentes que alabaron el objetivo del libro le dijeron que no lo podían auspiciar porque no era comercial. El brillo ahora lo tengo yo. Esto lo tengo que escribir, me digo. Tengo que preguntarle a las miles de personas que leen El Comercio: ¿ser socialmente responsable implica pretender un retorno en metálico? ¿O implica mejorar nuestro entorno con cada uno de nuestros actos para que, con el tiempo, los círculos virtuosos nos den una recompensa más vital? Ahora que cierro el libro, noto el logotipo de Claro como único auspiciador privado. Quizá alguien se pregunte: ¿qué gana una empresa de telefonía con este libro circulando por ahí? Si su auspicio se suma al de otras empresas que piensan parecido, puede obtener mucho en el largo plazo. Para comenzar, puede ayudar a que una colectividad empiece a reconocer sus errores. Una colectividad que reconoce sus errores es la antesala de una sociedad más sana. Y una sociedad más sana genera mercados más justos. No es un camino corto, es verdad. ¿Pero qué logro verdaderamente histórico lo ha tenido alguna vez?

* www.toronja.com.pe