Durante la rebelión de Manco Inca (1536)
Por Héctor López Martínez
Historiador
El Comercio informa que el arqueólogo peruano Guillermo Cock y su colega Elena Goycochea acaban de revelar desde la sede de la National Geographic Society, en Washington, que entre los restos humanos de la época del incario, encontrados en la zona de Puruchuco y minuciosamente estudiados con la más moderna tecnología, hay uno que les llamó poderosamente la atención, pues presenta en el cráneo la indudable huella de una herida producida por arma de fuego, que no puede ser otra que un arcabuz. Lo importante de la noticia radica en que se trataría de la primera evidencia histórica de un nativo que conserva a través de los siglos la causa de su muerte provocada por un desconocido conquistador hispano.
En abril de 1536, Manco Inca escapó del Cusco y se puso al frente de una gran rebelión que tenía por objetivo aniquilar a los castellanos. Dos fueron los frentes principales de combate: Cusco y Lima, donde estaba Francisco Pizarro. La defensa de la capital incaica fue desesperada. Lima pudo resistir mejor el ataque pues Francisco Pizarro envió angustiosos pedidos de socorro y acudieron en su ayuda mílites provenientes de Panamá, México, etc.
Papel importantísimo jugaron las tropas aborígenes auxiliares que combatieron, codo a codo, con los peninsulares. La curaca Condor Guacho, madre de doña Inés Huaylas, envió a Lima un contingente de guerreros huaylas. Lima fue asediada por Titu Yupanqui, hermano de Manco Inca, al mando de cuarenta mil guerreros. Los ordenados escuadrones quechuas habían ganado las alturas vecinas y, al descender, fueron neutralizados por la caballería. Pasaban los días y la situación de los conquistadores era desesperada. Las provisiones escaseaban y la tenacidad de los sitiadores no aflojaba. Titu Yupanqui y sus capitanes principales combatían a caballo. Gallardo y desafiante el joven príncipe animaba a los suyos sin cesar. Mas de pronto Pedro Martín de Cicilia, natural de Don Benito, reconoció en un "entrevero" a Titu Yupanqui y, sin titubear, "puso las piernas al caballo" rompiendo a botes de lanza el escuadrón que lo acosaba para hundir el arma en el pecho del príncipe incaico que se derrumbó mortalmente herido. En su información de servicios Martín de Cicilia dice: "La muerte del príncipe fue parte para que aquella noche los indios alzaron su real, viendo que su capitán general era muerto". En efecto, la tropa inca inició inmediatamente su retirada.
Las armas principales en la conquista del incario fueron caballos, lanzas y espadas. Hubo pocos arcabuces. Estas eran unas armas que medían metro y medio y pesaban aproximadamente nueve kilos. La bala, llamada "pelota" era redonda, del tamaño de un limón, y podía ser de plomo o de estaño. Cargar un arcabuz, por la boca, utilizando pólvora gruesa y fina para la cazoleta (depósito para la ignición), era tarea difícil, pues además se requería tener presta la mecha azufrada para comunicar el fuego a la carga. El alcance del proyectil variaba entre 80 y 150 pasos. Los arcabuces se utilizaron masivamente en la rebelión de Gonzalo Pizarro (1544 - 1548) bajo la dirección de Francisco de Carvajal, El Demonio de los Andes.