Por José de la Puente Radbill, Embajador
Fui embajador en Rusia cuando en Polonia se gestaba la figura de Lech Walesa. No lo conocí en persona, pero otros me hicieron valorar el trabajo que hizo este personaje, sumamente interesante, dentro de la cortina de hierro. Una de esas personas fue Karol Wojtyla, entonces obispo de Cracovia y luego Papa, a quien conocí y con quien compartí grandes momentos que ahora recuerdo con enorme emoción por la amistad que me brindó y por tener yo raíces polacas.
El Papa y Walesa no eran almas gemelas, pero mantenían diálogo y estaban unidos por el sentido de la libertad y por Polonia, un país muy golpeado y especie de corredor que Alemania y la Unión Soviética invadieron con todo lo que eso significó para los polacos.
Walesa es un adalid de los movimientos de libertad en una coyuntura que significó muchas muertes para Europa. Él mismo pudo morir cien veces, pero el destino lo protegió. No cejó en su esfuerzo en defender los derechos de los trabajadores en los astilleros, donde habían fuerzas encontradas. Se enfrentó al régimen duro de Jaruzelski, aunque eso implicará persecuciones y detenciones para él y su familia.
Recuerdo que escuché un vibrante discurso de Walesa y me impresionó su oratoria y facilidad de palabra. Hablaba en los muelles. No era muy alto, siempre vestía overol y chaqueta, fornido y con grandes bigotes que le marcaban el rostro. Quién diría que llegaría a ser presidente de Polonia. Su historia, sin embargo, es muy linda y parece un cuento de hadas.
Walesa es una figura que si bien no tuvo el relieve de Tito, en Yugoslavia, que era un guerrero y militar, logró impulsar un segundo movimiento importante para enfrentar al comunismo en Europa.