EL LADO OCULTO. KENICHI KOBAYASHI, gerente de Investigación y Desarrollo de Ajinomoto del Perú

¡Con ustedes... Keni Kazoom!

Llegó al Perú cuatro años atrás. en castellano, solo sabía contar hasta dos. Aún no domina el idioma, ¡pero vaya que se ha sabido comunicar! ¿Su arma? Sí, la magia

Por Antonio Orjeda

Plaza de Armas del Cusco. Kenichi tiene al frente a un niño que pide dinero a turistas. Le enseña un dedal. Lo desaparece, lo vuelve a hacer aparecer. Un minuto después, lo que además ha aparecido es un enjambre de chibolos que sonríen, que no paran de aplaudir al amable japonés que después de cuatro años en el país aún mastica el castellano.

Kenichi está helado. Una niña --de las que piden dinero a turistas-- le ha dado 10 céntimos. No quiere que se vaya. Un chocolate a medias, un pan. Nadie quiere que se vaya. Él no para de alegrarles la tarde. Lo siguen hasta la puerta del hotel. Lo despiden con cariño.

Kenichi llegó para trabajar en la investigación y desarrollo de productos Ajinomoto. Su público, lo sabía, es el C-D. Quiso conocerlo, entrar a sus cocinas. Sí, la magia fue su tarjeta de presentación. No hubo asentamiento humano que le cerrase la puerta.

Han pasado cuatro años. En julio, Kenichi tendrá que regresar a Tokio. En la empresa, varios han derramado lágrimas.

¡ABRACADABRA!
Todo empezó con esa caja que le regaló su tío. Tenía 7 años y, adentro, había pitas con las que podría encantar al respetable; pero sus papás, sus hermanos, al toque le descubrían sus trucos. Ese juego de magia era un fraude. A él, sin embargo, definitivamente lo encantó.

No tenía con quién practicar. Se prendía al televisor cada vez que veía a David Copperfield. Ingresó a la Universidad Nacional de Touhoku y, ¡zas!, su vida cambió. Había un club de magia. Eran diez chicos --todos tímidos-- que hacían trucos solo entre ellos. ¡Ni hablar! Un año después, con Kenichi a la batuta, se presentaron en el Centro Cívico de su localidad. Ese día, ante 300 personas y después de meses de entrenamiento, él esposó a un tipo que después metió en una caja y, tras decir las palabras de rigor, lo desapareció y, en su lugar, sí, esposado, apareció él.

Por gracias como esta, en Lima Kenichi fue rebautizado. Aquí lo llaman: Keni Kazoom.

¿Por qué no dejó la ingeniería y se dedicó a la magia? Mire a David Copperfield, se ha hecho millonario. Keni Kazoom piensa una respuesta... "Tendría que ser más guapo". ¡Zas! Todos estallamos en carcajadas. Sí, él aquí está feliz. "Peruano es mejor espectador que japonés. Japonés se molesta, quiere saber cuál es el truco. Peruano disfruta, pide más truco".

Sí, en julio se va y no solo va a extrañar a este público y su comida, sino también a Sukeo, el periquito con el que llegó de Tokio y al que su país, ahora, no le permite regresar por razones sanitarias.

Keni Kazoom está triste. Sukeo es su yunta. Cada mañana entraban juntos a la ducha, juntos pasaban por la secadora. En Tokio, Sukeo lo despertaba para que se fuese a trabajar. En Lima no. Aquí le afectó el cambio horario. En Ajinomoto no entendían que esa fuese la causa de sus tardanzas. Claro, pues, creían que se trataba de otro truco de este mago al que desde ya han comenzado a extrañar.