Por Juan Paredes Castro
(24/06/07)
El ex presidente Alberto Fujimori representa en estos momentos un dilema en tres bandas: para Chile, que evalúa su proceso de extradición; para Japón, que tendría que volver a ocuparse de él sin quererlo; y para el fujimorismo, que vive políticamente de él y para él.
El nuevo ingrediente diabólico de este juego es su posible postulación al Senado japonés que, pareciendo ser en principio inocua, no es noticia grata para las partes involucradas, incluyendo paradójicamente al fujimorismo como movimiento político y al propio Fujimori, que no quisiera irritar tan bruscamente a los jueces chilenos que examinan su expediente.
Si Fujimori se propone introducir esta cuña política en pleno desarrollo de su proceso de extradición, podría estar cometiendo el segundo grave error. El primero consistió en presumir que Chile y la justicia chilena serían el refugio cómodo y seguro que andaba buscando.
Es más: nada indignaría tanto a la justicia y al Estado chilenos que una postulación senatorial de Fujimori en Japón. Sería tomada como una provocación política por las perturbaciones principalmente mediáticas que el hecho traería consigo.
El dilema es mucho más grave para el fujimorismo, pues con un Fujimori elegido al Senado japonés perdería soga y cabra: la vinculación de su líder con la política peruana y el capital político personal que el mismo representa en un autoexilio que es la encarnación del soñado retorno al poder.
Para la justicia chilena, el dilema no proviene del fantasma de la postulación senatorial de Fujimori, que apenas la arañaría, sino de la eventual mala imagen internacional que debería cargar encima si, por ejemplo, resolviera no extraditarlo, con todas las evidencias de ilícitos penales que comprometen al ex mandatario peruano.
Para el Japón, el nuevo amago político de Fujimori podría significar la posibilidad de verse obligado a reclamarlo como dignatario nacional en caso de que fuese elegido senador, pese a que constitucionalmente no tendría que hacer una cuestión de Estado.
¿Dará para tanto la inmunidad o la impunidad que astuta y permanentemente acaricia Fujimori aquí, allá y acullá?