Especial 4 CAMINO A LA CASA ROSADA
La senadora y esposa de Néstor Kirchner es la última representante del matrimonialismo peronista. ¿Pero quién es ella? ¿Cómo será si se convierte en presidenta de Argentina?
Por Mariano Grondona , Especial para "El Mercurio" Chile
BUENOS AIRES. Tuve una brillante alumna en Harvard que escribió una breve biografía de Eva Perón para probar su tesis según la cual a los argentinos les cuesta pensar en la mujer como igual al hombre. La exaltan hasta convertirla en una santa o la degradan hasta denunciarla como una prostituta. Mi alumna acudió entonces a la biografía de Eva Perón para mostrar que para la mitad de los argentinos ella ha sido la encarnación misma de la solidaridad, la virgen de los pobres, "santa Evita", en tanto para la otra mitad fue "la mujer del látigo", una ex prostituta de voraz ambición que llegó a la cima del poder abrazándose a Juan Domingo Perón.
¿Qué fue Eva para el propio Perón? ¿Su inspiradora, su instigadora o apenas su instrumento? En 1967 tuve la ocasión de pasar el día con el general en su casa de Madrid. Me habló sobre lo que más le interesaba; no del gobierno que poco le importaba, sino de esa esgrima de la lucha por el poder que, como el buen maquiavelista que era, lo apasionaba. Me habló del golpe militar de 1943 que terminaría por encumbrarlo; del famoso 17 de octubre de 1945, cuando doblegó al Ejército con la ayuda de los sindicatos; de su caída como consecuencia de la llamada Revolución Libertadora de 1955; de su exilio y de los planes que tenía para retornar al poder, algo que lograría en 1973. En el transcurso de ese largo monólogo, Perón no mencionó ni una sola vez a Evita.
En una de las biografías más completas de Eva Perón, sus autores narran una anécdota escalofriante. Cuando Eva estaba por morir de un cáncer terminal, el doctor Ara, un famoso taxidermista español, fue llamado para estudiar la posibilidad de embalsamarla. Ara le dijo entonces a Perón que para que su obra fuera perfecta necesitaría inyectar a la moribunda mientras aún estaba con vida, advirtiéndole al mismo tiempo que las inyecciones podrían acortarle aun más las pocas horas de vida que le quedaban. Perón le habría contestado, según los biógrafos de Evita, con una sola palabra: "Proceda".
Otros sostienen todavía hoy, al contrario, que Eva fue el corazón y el brazo de Perón. Sea cual haya sido la relación íntima de los Perón, el hecho es que entre ambos inauguraron una estructura nepotista, de poder que perdura hasta nuestros días: el matrimonialismo peronista.
La viuda del propio Perón, Isabel Martínez, fue vicepresidenta cuando este volvió al poder en 1973 y su sucesora al año siguiente, después de su muerte, hasta el golpe militar de 1976. En el 2002, cuando Eduardo Duhalde se instaló en la Casa Rosada en tiempos de emergencia después de la caída de (Fernando) De la Rúa, su esposa Hilda 'Chiche' Duhalde, hoy senadora, fue mucho más que la "señora de..." porque se hizo cargo de la ingente obra social que debió encarar el nuevo gobierno. La tradición matrimonialista vuelve a plantearse ahora con la precandidatura de la senadora Cristina Fernández de Kirchner con miras a las elecciones presidenciales del próximo 28 de octubre.
El matrimonialismo peronista es, por lo visto, mucho más que una serie de coincidencias. Según un refrán inglés, "una vez es casualidad; dos veces es coincidencia; tres veces es acción enemiga". Sea "enemiga" para los antiperonistas o "providencial" para los peronistas, la recurrencia del matrimonialismo es un rasgo estructural del movimiento justicialista.
MUJERES EN POLÍTICA
La presencia de las mujeres en la política de nuestro tiempo puede ser de tres clases. La primera de ellas, tradicional, es la de las "primeras damas" que tienen una influencia tan callada como importante al lado de sus poderosos maridos, pero solo en la intimidad del hogar. La segunda obedece al encumbramiento de la mujer por sus propios méritos en abierta competencia con los hombres que ya no monopolizan como antes el curso de la historia. A esta segunda corriente, que avanza con los años, corresponden líderes como la alemana Angela Merkel, la chilena Michelle Bachelet, la francesa Ségolène Royal.
El matrimonialismo peronista encarna una tercera corriente, intermedia, entre las dos primeras, en virtud de la cual la mujer, por una parte, es "señora de..." porque se elevó al lado de su marido, pero, por otra, adquiere finalmente un peso propio, una identidad inconfundible. A esta categoría pertenecieron Eva e Isabel Perón, 'Chiche' Duhalde. Es en esta categoría que se instala Cristina Kirchner.
¿REINA O ESCLAVA?
El presidente Kirchner ha impuesto un estilo de gobierno merced al cual los demás protagonistas, sean políticos, periodistas o empresarios, le obedecen ciegamente o pasan a ser considerados como enemigos. No hay términos medios. Kirchner es un domador de hombres. Primero confronta y castiga. Si su interlocutor lo resiste, es apartado al corral de los indomables. Si se quiebra y se le somete, pasa a integrar la tropa de los mansos.
Este método le ha dado a Kirchner un aura de omnipotencia sostenida por la clásica ambivalencia del palo y la zanahoria. Palo para los independientes, zanahoria para los incondicionales. De vez en vez, el látigo del miedo chasquea para que nadie olvide la lógica del domador.
¿Cómo encaja Cristina Kirchner en esta rígida estructura binaria? El círculo de poder de Néstor Kirchner es estrecho y hermético. Nunca una conferencia de prensa. Nunca una reunión de gabinete. El único de sus ministros que mereció el nombre de tal fue Roberto Lavagna hasta fines del 2005, cuando se convirtió después de su renuncia en el principal candidato de la oposición, en inminente convergencia con el ascendente Mauricio Macri.
Las versiones de los pocos que se internan en el círculo del poder kirchnerista sobre la relación Néstor-Cristina son dos, y están en contraste. Hay quienes señalan en voz baja que Cristina vive totalmente sometida a la voluntad de su marido. Si esto fuera así, nada la separaría de los demás militantes kirchneristas. Pero hay quienes sostienen que Cristina, un "cuadro" peronista de izquierda de toda la vida al igual que Néstor, es la única voluntad que este respeta. Por eso anticipan que, de ser ella la candidata y de triunfar, introduciría fuertes cambios en la Casa Rosada.
En este punto asoma una contradicción todavía no resuelta. Después de lanzar la precandidatura de su esposa al anunciar que el próximo presidente será "pingüino o pingüina", en alusión a la larga trayectoria patagónica de la pareja presidencial, Kirchner --que nunca sugirió siquiera la posibilidad de que haya elecciones internas en el peronismo y que, así como fue digitado por su antecesor (el presidente Duhalde) a su posición actual, piensa hacer otro tanto con él mismo o con su esposa-- ha reservado por ahora las apariciones públicas de Cristina para las grandes ocasiones internacionales.
Ella, por su parte, rara vez habla en público. Cuando lo hace, se adhiere plenamente a la visión política y económica de su marido. Por lo bajo se sugiere, sin embargo, que Cristina se empeñaría en corregir algunos de los aspectos más polémicos de la gestión de Néstor y que acordaría un modus vivendi con la Iglesia, el campo, el periodismo independiente y los principales opositores, como una manera de distender la crispación que por ahora caracteriza las relaciones entre el kirchnerismo y todos aquellos que, callada u ostensiblemente, se apartan de él.
¿Pero estos rumores serán solo una táctica destinada a desorientar a los adversarios o anticipan al contrario que, al advertir el ambiente de confrontación que ha creado, el propio Kirchner percibe la necesidad de aliviarlo? Quienes piensan así suponen que un giro hacia la moderación sería indispensable en el próximo período presidencial y que Cristina estaría en mejores condiciones que el propio Néstor para impulsarlo.
Cuando ella fue candidata a senadora por la provincia de Buenos Aires en el 2005, en todo caso, sus escasas apariciones públicas fueron tan agresivas como las de su marido --llegó a calificar, por ejemplo, a Duhalde como "el padrino de la mafia bonaerense"--, por lo que obligó a este a reemplazarla en la campaña debido al descenso de popularidad que seguía a cada discurso de la candidata, según se lo hacían notar los encuestadores.
La definición del kirchnerismo entre la candidatura de Néstor y la de Cristina dependerá, precisamente, de las encuestas. En este sentido, Néstor siempre le ha llevado varios puntos de ventaja a Cristina. Los encuestadores sugieren entonces que, a medida que se acerque el momento de la definición, nunca más allá de fines de julio, Kirchner solo se presentará si Cristina no le asegura un éxito indudable el 28 de octubre.
Pero la posibilidad de que la señora de Kirchner resulte, en definitiva, la candidata oficial deja una pregunta crucial sin contestar: con Cristina eventualmente en la presidencia, ¿qué lugar ocuparía su marido en el paisaje del poder? Bill Clinton acepta la candidatura de Hillary Clinton la presidencia de EE.UU., pero ella, por haber pasado una década desde que su marido dejó el poder, ha construido una imagen independiente. ¿Es posible imaginar, en cambio, a un político poseído por una ambición insaciable de poder como Kirchner apenas como el "primer caballero" de su esposa?
¿O sería ella en la presidencia, al contrario, un dócil instrumento de su antecesor? ¿Cristina cargaría acaso en silencio con los costos inevitables del período 2007-2011, cuando el populismo que Kirchner promovió para construir su propio poder entre el 2003 y 2007 deje el país frente a un sombrío horizonte de inflación y de escasez energética por falta de inversiones? ¿Se revelaría al fin Cristina, al contrario, como una presidenta poderosa en sus propios términos, dándole al propio Kirchner lo que este le dio a Duhalde, la famosa "patada histórica" que los ahijados les han propinado a sus padrinos a lo largo de la historia argentina?
Son todas estas preguntas, por ahora sin respuesta en el cambiante panorama político argentino, dramatizadas aun más por las dificultades económicas y sociales que hoy mismo experimenta la presidencia de Kirchner, cuya popularidad, aunque aún considerable, ha experimentado una apreciable baja en los últimos tiempos.