Entrevista. ROSARIO GARCÍA
Por Antonio Orjeda
A su marido le pagaban en dólares, recuerda Rosario García. Bachiller en Contabilidad, ella no tenía necesidad de ejercer. Económicamente, las cosas marchaban muy bien.
Hiperinflación. A su marido comenzaron a pagarle con dólares MUC, refiere. Subió a su Hill-man y comenzó a brindar movilidad escolar. Hipercarismática, se llenó de clientes. Compró una combi. A su esposo lo 'invitaron' a renunciar. Ellos dos y sus tres hijos vivían en Monterrico.
Sus hijos estudiaban en un colegio de prestigio --el Lincoln-- y usted era cobradora de la combi que su esposo conducía. ¿No le daba vergüenza?
Para nada. ¡Había que adecuarse a las circunstancias!
Había que dar pelea.
Por supuesto, porque si me hubiera puesto a llorar, ahí seguiría: llorando (ríe)...
Su esposo trabajaba en Occidental Petroleum Company; debido a la crisis que generó el primer gobierno de García, se quedó sin empleo. Su nivel de vida cambió por completo. ¿Renegó de su destino?
En el momento, te choca: pucha, ¿qué pasó?, ¿qué hicimos?... Pero después te das cuenta de que a las compañías grandes solo les interesan sus costos, no la parte humana. Si ya no convienes, no se diga más... La ventaja fue que salió con una muy buena indemnización, con un capital que nos permitió salir adelante. Incluso le dieron charlas sobre cómo invertir ese capital, pero, ¡nada de eso funciona si tú no tienes el empuje, la preparación! Eso es importantísimo.
Su hija mayor estaba en la universidad, los dos menores estaban aún en el colegio. ¿Cómo enfrentó la familia ese choque?
Dejó de haber ropa de marca. Ya no había para salir a comer... Pero se mantuvo lo más importante: la educación de los chicos. Pedimos a la universidad una reclasificación y --dadas las circunstancias-- nos la aceptaron. Los chicos siguieron en el colegio, pese a que este no nos dio ningún apoyo. Pero yo fui bien fresca y les dije: ¿Saben qué? Mi esposo ya no está trabajando, yo reconozco la deuda, pero en este momento no la puedo pagar, pero lo haré en algún momento... ¡Qué más podía hacer! Lo importante era que sabíamos que íbamos a cumplir, y cumplimos. ¡Siempre lo hemos hecho!
Felizmente, para entonces usted ya había comenzado a hacer movilidad escolar.
Claro, porque en casa, teniendo una profesión, yo me decía: ¿Qué hago aquí sentada? ¡Algo tenía que hacer! Empecé a trabajar con mi carro mientras llevaba a mis hijos al colegio, y así ¡me fui haciendo de clientela!
Llegó a comprarse la combi.
Es que yo soy bien de ir ladrillo a ladrillo.
¿Sus vecinas de Monterrico qué le decían?
(Ríe) Siempre me ha importado un rábano lo que piense la gente, ¡siempre!
De no haber iniciado ese negocio, quizás no habrían soportado el que su marido se quedara sin trabajo.
Fue un momento de mucho esfuerzo. Todos nos apoyamos. Hasta ahora los chicos me dicen: ¿mamá, te acuerdas cuando nos comprabas zapatillas Siete Vidas? Es que no había plata, ¡qué otra cosa iba a hacer! Eran zapatillas bien misias (ríe)... Y la ropa la comencé a comprar en Gamarra --¡hasta ahora!--, es que había que ahorrar. Y así, juntos, ¡salimos de esto!
En los 80, había colegios de paga que vendían a altos precios uniformes de mala calidad. A sus hijos, usted los mandaba con chompas de alpaca.
Un día, haciendo movilidad, dejé a unos niños en el Santa María y ahí vi a una señora que (en la calle) vendía uniformes que me parecieron de buenísima calidad. La contacté y le dije: este año vendemos en el Lincoln, ¡y fue un boom! Vendí cualquier cantidad. Pero el colegio estaba a la caza de solo ellos tener el negocio, así que, el siguiente año, me sacaron del negocio. Pero sus chompas eran de mala calidad --mis hijos siempre tenían frío--, así que contacté a alguien que trabajaba muy bien la alpaca y saqué mis chompas. Lindas. Me fue bien, pero también solo por un tiempo: el colegio me terminó sacando de eso. Felizmente, aquí el negocio había comenzado a crecer; y mi esposo me pidió la combi para usarla todo el día.
¿Cómo se iniciaron en la venta de oxígeno?
Mi esposo --en Occidental...-- había trabajado en seguridad industrial, y en algún momento se relacionó con este tema. Aparte, su hermano trabajaba con oxígeno como mayorista, y cuando él se quedó sin trabajo, lo orientó. Le dijo que podía brindar atención al paciente que necesita oxígeno en su casa. Al principio, él nos facilitó los equipos. Así empezamos, y de a pocos fuimos creciendo.
Y así como necesitó de su combi, luego él también necesito de su ayuda.
¡Yo siempre he trabajado aquí! Soy muy inquieta: me levantaba a las 6:00 para hacer mi movilidad, terminaba a las 8; a las 8:15 tomaba desayuno y los dos nos veníamos a trabajar. A las 2:00, cuando comenzaban a salir de los kinder, me iba con el carro y regresaba a las 4:00 y nos quedábamos trabajando hasta las 7:00.
Durante qué tiempo hicieron la Ruta 112, en la combi.
No mucho: tres meses. No era rentable. Saqué la cuenta: el costo del aceite, del combustible, además del deterioro del carro, no nos dejaba para el costo de reposición. No había para ahorrar.
Cómo fue creciendo Oxígeno y Derivados.
Mi esposo es muy trabajador. Nosotros damos un servicio de 24 horas. Al principio éramos los dos y un empleado que nos ayudaba de 9 a 6 de la tarde. Todo servicio que fuese después de esa hora, lo hacía mi esposo, ¡así fuesen las 3 de la mañana! A veces yo lo acompañaba, pero solo a veces, porque después, ¿levantarme a las 6? No me daba el cuerpo. Así fuimos creciendo. Los clientes nos fueron recomendando por el buen servicio, después los chicos crecieron y los metimos para que repartieran el oxígeno...
Su esposo se hace cargo de las ventas. Tengo entendido que cuando alguien no quiere pagar, entra usted a tallar.
Yo soy la mala de la película, ¡siempre lo he sido! Mis padres me fastidian, dicen que yo soy la Hitler de la familia. Yo les digo que sí: y al que no marcha bien, ¡lo cremo! (ríe)...
¿Sigue viviendo en Monterrico?
Sí, seguimos ahí.
¿Qué dice ahora su entorno? ¿Qué dice después de haberlos visto manejando una combi y ahora, llevando una empresa que el año pasado facturó un millón de soles?
Te repito: nunca me ha importado lo que piense la gente... Noto que hay mucha envidia. Pero a mí me llega.
¿Cómo la ha sentido?
La gente te pone trabas... o te difama. Tergiversan lo que realmente estás haciendo... Pero no quiero hablar de eso. Son cosas feas. Mejor no.
Bueno, la envidia es consecuencia de la mediocridad.
Así es. Como dice Don Quijote: ladran, Sancho, señal que avanzamos... Te das cuenta de la miseria de la gente, pero te queda la satisfacción de saber que vas por buen camino... ¡Qué pena que el resto no avance contigo!
¿Y qué hacemos con los mediocres? ¿Los cremamos?
Si pudiera (ríe)... Hay de todo en este mundo, y no lo podemos cambiar. Yo siempre les digo a mis hijos: no escuchen lo que dice la gente, ¡ustedes avancen! Esa ha sido siempre mi manera de pensar. A mí me importan mi esposo, mis hijos y mis padres. Me basta con las ideas y el apoyo de ellos.
Antes de iniciar la entrevista, me confesó ser una persona de perfil bajo. Si estoy aquí, es porque su hijo escribió a Ejecutivas...
¡Me provocó matarlo! No me gusta hablar de mí, pero, cuando me reenvió los correos que ustedes se habían escrito, me provocó llorar... Los dos trabajamos juntos... Sentí su admiración... Fue una gran satisfacción...
Siente que ha formado bien a su familia.
Sí. Mi esposo y yo lo hemos dado todo.
LA FICHA
Nombre: Yolanda del Rosario García Reátegui de Gallardo.
Colegio: Hasta tercero de media, en el Santa María, en su natal Sullana. Terminó en Lima, en La Reparación.
Estudios: Bachiller en Contabilidad de la Universidad de Lima.
Edad: "¡Por qué me preguntas eso! (ríe)... Tengo 49 años".
Cargo: Gerenta financiera de Oxígenos y Derivados.