Una ley abusiva no detendrá los abusos

Sexo, complejidad y perplejidad

"Lo útil sería dar a los adolescentes los medios para vivir su sexualidad de manera responsable"

Por Jorge Bruce, psicoanalista

La gran virtud del debate en torno a la despenalización de las relaciones sexuales entre menores de edad y adultos, cuando son actividades consentidas, ha sido precisamente la de someter a la opinión pública cuestiones que no deberían reducirse a su dimensión legal (ni a ninguna otra). La palabra sexo desata un sinnúmero de fantasmas y aviva reacciones, particularmente de naturaleza defensiva e inhibitoria, pero también el inútil sarcasmo perverso.

So pretexto de cerrar la puerta --mencionada por la ministra Borra-- a los violadores, una ley retrógrada y desfasada estaba fiscalizando la sexualidad de los adolescentes, exigiéndoles, en la práctica, que esperen hasta una arbitraria mayoría de edad para vivir esos impulsos que aparecen desde la infancia, pero que se intensifican con la pubertad. El problema, como lo demuestran las estadísticas acerca de la fecha de inicio de actividades sexuales entre los peruanos, es que quienes piensen que el DNI puede servir también como brevete para hacer el amor, han olvidado --o reprimido-- la psicosexualidad adolescente.

Los únicos seres que son capaces de fijar ciclos y fechas para regularizar la vida sexual son los animales. A eso se le llama la época de celo y es una ley de la naturaleza, ligada a la reproducción, que no tiene sentido imitar: los seres humanos carecemos de ese calendario. El deseo sexual, que surge tanto del cuerpo como de la inagotable imaginación humana, es una realidad natural y cultural que jamás ha podido ser reglamentada, aunque este sea un antiguo anhelo de gobernantes y legisladores: controlar la intimidad de la mente.

La sexualidad de los menores es competencia de familiares y educadores, no de congresistas, ministros o presidentes. Tampoco de las iglesias, que siguen sin entender el principio republicano de la separación entre el Estado y la religión. Si quieren dar consignas a sus fieles acerca de actividades tales como masturbación, caricias o coito, es asunto suyo. Lo que no tienen derecho es a entrometerse en la vida privada de quienes no estamos dispuestos a que nadie --ni la Iglesia ni el Estado, ni ninguna autoridad moral que no hayamos solicitado-- nos imponga la educación sexual que debemos impartir. Esto no significa, obviamente, omitir la prohibición del abuso y la violación, que nuestra legislación --con o sin las modificaciones propuestas-- castiga con severidad. Lo propio ocurre con la prohibición del incesto, tabú esencial para el funcionamiento de la civilización. Como, por otra parte, esto tampoco ha sido eficaz para detener el pasaje al acto perturbado y perturbador de los violadores o incestuosos, entonces, ¿a qué viene este rasgar escandalizado de vestiduras (como no sea una metáfora inconsciente de la violación)?

Lo cierto es que, como nos enseña Edgar Morin, el indispensable pensador francés que se encuentra brevísimamente en el Perú, es preciso abrazar la complejidad de las cosas y no caer en la ilusión de simplificarlas en una idea peligrosamente reductora.

Separemos el deseo y sus vicisitudes, incluida la seducción, que puede ser tanto un acto de disimulación artera --cuando un adulto manipula la inexperiencia de un menor-- como de fascinación amorosa --cuando dos jóvenes se desean--. No confundamos la violencia tanática con la urgencia erótica. Una ley abusiva no detendrá los abusos. Lo útil sería destinar recursos a capacitar adecuadamente a policías, fiscales y jueces. O hacer campañas de prevención contra la violencia sexual doméstica. O dar a los adolescentes los medios para vivir su sexualidad de manera responsable --comenzando por los límites y la capacidad de decir ¡no! cuando haga falta, pero sin silenciar la evidencia del placer-- y no culposa o persecutoria. Así se encontrarán mejor preparados para discernir situaciones cuya complejidad dejaría perplejo hasta al gran Morin.