La vanguardia europea y Latinoamérica

La ruta del asombro

La exposición Anni y Josef Albers. Viajes por Latinoamérica, que se puede ver en el MALI desde el jueves último, muestra la enorme influencia que el arte precolombino y la cultura de países como México y Perú ejercieron sobre esta pareja de destacados representantes del arte moderno. 

Por Diego Otero

 El alemán Josef Albers es una figura ineludible en la historia de la plástica del siglo XX. Pintor, teórico del arte (su libro Interacción del color es un clásico), escritor y notable pedagogo, fue conocido sobre todo por su dilatada y apasionante serie de cuadros Homenaje al cuadrado, en la que lleva al extremo sus investigaciones sobre los efectos de contraste, sobreimpsoción y fricción entre colores. A pesar de la hierática exigencia de su trabajo, y de su silenciosa dedicación a la enseñanza (primero en la mítica Bauhaus y luego en Black Mountain Colllege y la Universidad de Yale), Albers llegó a ser muy respetado durante su madurez artística, tanto que incluso se convirtió en el primer artista al que, en vida, el Metropolitan Museum de Nueva York le dedicó una amplia retrospectiva.  La suerte de la trayectoria de Anni no fue la misma. Dotada de una enorme sensibilidad plástica, Annelise Fleischmann (ese fue su nombre de soltera) fue víctima de la misoginia de Bauhaus y tuvo que desarrollar sus ideas en el estrecho taller de tejido de la escuela fundada por Gropius. Y lo hizo, sin embargo, con gran pasión, pues desde niña había estado fascinada por una imagen conservada en el Museo Antropológico de Berlín: un tejido Paracas. No por nada ella escribió alguna vez: "comprender el arte es confiar en una constante".

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Hoy, luego de un par de escalas en Madrid y Berlín, la exposición Anni y Josef Albers. Viajes por Latinoamérica llega al Perú y se cierra un círculo. Concebida como un montaje cronológico en el que las fotos tomadas por Josef (fotos que el artista sacaba como un registro de curiosidades, sorpresas y referencias para posteriores investigaciones plásticas) operan como un eje que guía el recorrido, la muestra está planteada en dos salas que contrastan y se complementan. En la primera podemos ver el trabajo de ambos artistas en el período en que recorrieron Latinoamérica (un lapso de aproximadamente quince años, en los que viajaron por México, Perú, Chile y Cuba), así como algunas obras previas que enfatizan la procedencia de ambos artistas. En la segunda, hilada también por las fotografías de Josef (tomas de los diseños en las paredes de Chan Chan, cuchimilcos, estampas de mujeres tejiendo, etcétera), se han dispuesto una serie de tejidos precolombinos que son parte de la colección del MALI y que muestran con sorprendente claridad el impacto que tuvo en ambos creadores el Perú. Un impacto asimilado de distintas formas, desde luego. Con minuciosidad, rigor y discreción  en el caso de Josef; con fervor y sensualidad en el caso de Anni.

Para Marta González, representante del Museo Reina Sofía de Madrid y una de las curadoras responsables de esta muestra (junto con la estadounidense Brenda Danilowitz, de la Anni & Josef Albers Foundation), los Albers descurbrieron un horizonte amplio y maravilloso de posibilidades creativas -inspiración, pero también técnica- en la alfarería, el tejido y la arquitectura precolombinos.  

¿Qué cambia en el trabajo de Josef Albers al encontrarse con el arte precolombino?
-En realidad no sé si algo realmente cambia en él. Creo más bien que se siente identificado con lo que encuentra aquí y en México, y que de alguna manera esas cosas que encuentra lo ayudan a confirmar que su camino es un camino correcto; lo ayudan a afinar su propuesta. Es como si Josef hubiera incorporado las lecciones del arte precolombino en su línea de trabajo, pero sin cambiar el rumbo de esa línea.    

¿Qué confirma en ese encuentro?
-Básicamente que la interacción entre geometría y color -el tema que lo obsesionó desde joven- es un asunto fundamental en la creación simbólica más allá de diferencias de tiempo, espacio y cultura. Toda su obra, en realidad, es un proceso continuo de investigación de estas variables. En el fondo, además, el arte es un péndulo: nada se ha inventado, y todos los referentes se rehacen sobre el temperamento de la época en que son revisitados.

En el caso de Anni sí es evidente que el impacto genera un viraje.
-Es cierto. De las abstracciones que realiza en la etapa de Bauhaus a lo que hace después de sus viajes hay una gran diferencia. En los trabajos de la época latinoamericana hay una cualidad material muy intensa; se sienten los materiales ahí, muy presentes, muy vivos. Como si la textura hubiera ganado un nuevo protagonismo. Y si lo vemos con más distancia, notamos que hay una diferencia incluso de actitud: de realizar un trabajo más plano y racional, pasa a hacer una serie de tejidos en los que la imagen -a la manera de los antiguos peruanos- no pasa por un diseño previo sino que se resuelve en la propia tela.    

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Las experimentaciones de Anni Albers fueron desembocando en un conjunto de obras singulares e intensas que en los últimos tiempos han empezado a generar mucho interés, luego de años de un cierto desdén y una mirada más o menos condescendiente. Después de todo, lo suyo era visto como un "arte menor" frente al sólido legado de su esposo: un artista que abrió distintas brechas y que dejó semillas para el minimalismo y el arte óptico. Al final, es como si el trabajo de ambos artistas, luego de asimilar las lecciones visuales del mundo precolombino, hubiera hecho eco a distintas velocidades y alcances.  Josef sobre las generaciones inmediatamente posteriores, sobre la impecable continuidad de una tradición; y Anni sobre una parcela crucial del arte actual, esa que intenta quebrar convenciones para decir su verdad o su belleza.