Entrevista. JUAN VILLORO

Historias de amores perdidos

El celebrado escritor mexicano habla de su última novela, "Llamadas de ámsterdam" Una historia de parejas que demuestra hasta qué punto el amor y el humor son una forma de resistencia contra la violencia cotidiana

Por Álvaro Matus, El "Mercurio" de Chile

Nada más lejos de Juan Villoro que la imagen del autor encerrado en su biblioteca: ha sido conductor de un programa de rock, agregado cultural en Berlín, editor del suplemento cultural del diario La Jornada y afilado cronista de fútbol. En algunas semanas llegará a América Latina "Llamadas de Ámsterdam", breve novela que publica en Argentina editorial Interzona. Con un estilo transparente, preciso y tranquilo, clásico en el mejor sentido de la palabra, el autor relata la historia de Juan Jesús y Nuria, una pareja mexicana que, como tantas a lo largo y ancho del mundo, se entrampa en los almuerzos familiares de domingo, cancela sus sueños de vivir en el extranjero, pospone la llegada de los hijos y vive sin mayores sobresaltos económicos. Él es un artista plástico que deviene en diseñador gráfico y ella dirige un conglomerado de revistas al que llegó gracias a su padre. La historia está contada desde el presente, cuando el divorcio ya se produjo y Juan Jesús no es más que un espectro humano que se contenta con llamar a Nuria por teléfono, de madrugada, a esa hora en que se intuye que la soledad propia siempre es más radical que la del otro.

Los personajes de tu última novela enfatizan que uno es lo que vive, pero sobre todo lo que se ha perdido: los amigos, los amores cancelados, las oportunidades desperdiciadas. ¿Te consideras un novelista de la pérdida?
Me considero un hincha de la pérdida, porque apoyo al Necaxa, equipo que estuvo 57 años alejado de los títulos. Quizá esto, y pertenecer a un país como México, me ha acercado al tema de la derrota. Sin embargo, lo que me interesa no es el descalabro, el fracaso en sí, sino los momentos en que el triunfo y la pérdida cambian de signo. A veces, lo que creíamos que nos perjudicaba nos fortalece en secreto y las glorias que anhelábamos nos envenenan.

Vuelve a tu obra un personaje recurrente: la figura del artista sin obra, ese joven que prometió pero que se quedó en el camino. ¿Sufriste tú la presión de ser una "promesa"?
El rechazo es difícil de sobrellevar, pero a veces es aun más difícil sobrellevar la confianza que otros depositan en ti. Cuando era joven y empezaba a escribir, le enseñé un cuento a mi padre y me dijo: "¿De dónde lo copiaste?". Eso me motivó más que cualquier elogio; saber que él me consideraba incapaz de escribir el texto me hizo sentir que valía la pena. Lo mismo me ocurrió con una maestra del bachillerato. Ahora un texto me parece satisfactorio cuando tengo la extraña impresión de que lo escribió otro. La originalidad siempre es ajena, así que más vale no ufanarse ni preocuparse mucho al respecto.

También abordas la relación del artista y del crítico. ¿Se puede no esperar nada, como quiere hacer tu personaje, Juan Jesús?
Es muy difícil ser indiferente a la crítica, pero también es muy difícil ser objetivo. En la adolescencia, cuando mi hermana hablaba con una amiga que a mí me gustaba, yo descolgaba el teléfono para saber si decían algo de mí. Leer críticas se parece un poco a eso: es una conversación entre otras personas que de pronto se refieren a ti y que quizá no deberías oír.

En vez de ser un hombre que vuelve, como en tu anterior novela, "El testigo", aquí el protagonista nunca se va. ¿A qué responde este cambio de perspectiva?
Es verdad que son historias complementarias, y la verdad es que no lo había advertido. Supongo que hablan de las relaciones opuestas que tenemos con el país al que pertenecemos y que nunca podemos abandonar del todo. En "Llamadas de Ámsterdam" el protagonista vive en su propio país como si estuviera en otro sitio, en "El testigo" el personaje regresa en busca de lo que considera suyo, pero se da cuenta de que ha estado demasiado tiempo lejos y necesita un áspero rito de paso para volver a pertenecer a ese lugar.

Lo que sí resulta común es el aire a podredumbre: los políticos son impostores y los secuestradores son parte del paisaje.
En lo que va de este año, llevamos más de mil ejecuciones por el narcotráfico. Hoy en la mañana asesinaron a la directora de una escuela a la que asisten amigos de nuestros hijos. La mató el padre de un niño. Es imposible que estas situaciones no lleguen a la literatura. Por desgracia, la violencia es una gramática elemental en el país, que sobrevivimos a diario. Sin embargo, también me parece importante escribir de cosas que no tengan nada que ver con eso: el mal de amores es, en este sentido, una forma de resistencia.

¿El humor es otra forma de resistir?
La literatura mexicana es muy seria. Así como en la tradición inglesa es imposible ser un clásico sin algo de humor, en la mexicana los sellos más prestigiados han sido la desgarradura y el ultraje. Por mi parte, creo que el humor es atributo de la inteligencia y permite comentar lo narrado para hacerlo más llevadero, para proteger al lector de la crudeza de los he