El lado oculto. CARMELO DI FAZIO, vicepresidente de Ventas de Warner Channel
Ya su hijo lo devolverá al lugar del que la chamba lo sacó: la cancha. Tiene dos años. Jugará por el Sevilla, vaticina papá
Por Antonio Orjeda
Se llama Carmelo y nació en Venezuela. Adora el fútbol. Entonces, está claro: la frustración es su copiloto. Error. "Yo soy muy racional". De padre italiano, Carmelo no se hizo problemas. "Como sabía que la selección de Venezuela jamás iba a lograr algo, siempre le he ido a la de Italia".
No, no prejuzgue. En Puerto Ordaz, donde él nació, los chicos solían ser hijos de inmigrantes italianos, españoles o portugueses. Por eso, el 82, cuando los azzurri ganaron el Mundial, Puerto Ordaz fue una fiesta. "Fue un monstruo de fiesta".
Y no, a Carmelo jamás le interesó el deporte nacional. ¿Béisbol? ¡Ni loco! Educado en colegio de jesuitas, los curas lo forjaron en el arte del gol. Así, a los 12 se inició en el mundo de las competencias. Cinco años después, fue llamado para vestir la vinotinto. El 'chamo' estaba en la gloria con la Sub 17, partiría a Argentina. Error. Sus padres le dijeron que no.
"Temieron. Decían que era muy joven. De mi colegio fueron dos chicos. Fue una frustración muy grande". Por supuesto que reclamó. Carmelo le levantó la voz a su padre y este lo calló de un cachetadón. "Hasta ahí llegó el partido", ríe ahora. A sus 39 años, sin embargo, el hoy vicepresidente de Ventas de la transnacional Warner Channel, sueña: Hubiera sido hermoso ser un triunfador en el fútbol...
YA TOCARÁ...
En Puerto Ordaz ningún chibolo se alucina goleador de la vinotinto. "Es que si lo haces nunca ganas, nunca levantas una copa".
Ocho años atrás, Carmelo dejó de darle al balón. Sí, la chamba. Establecido en Miami, no tiene con quién jugar. Así llegó el sobrepeso, también un preinfarto. El médico ordenó gimnasio. Ha perdido 14 kilos, pero no es lo mismo. Él quiere darle al balón.
"¿Volver a jugar? Lo veo difícil. Mi agenda de viajes es muy complicada: estoy fuera de casa el 80% del tiempo. Se extraña... Aún recuerdo mi etapa universitaria. Es lindo hacer goles...".
El más lindo lo metió cuando estaba en el colegio. 1985. La pescó de volea. La clavó en uno de los ángulos de la portería de La Salle, el eterno rival de su San Ignacio de Loyola. "Igual perdimos 3-1, pero el gol fue bueno", ríe. Hoy, no ve fútbol ni en la tele. "Lo hago cuando mis hijos me dejan". Tiene tres. El mayor acaba de cumplir 5 años. "Ellos no entienden que están pasando el Valencia-Real Madrid, ¿qué le vas a hacer?".
Marco, el segundo, que aún no cumple 3, según Carmelo, le va a salir pelotero. "¡Ojalá! Si me dice que se quiere dedicar al fútbol, con muchísimo gusto lo voy a apoyar".
Papá, que de chico brillaba en el mediocampo, ya se proyectó. Ya ve a Marco anotando... "Ah, no, ¿gritar un gol de tu hijo? Y si es en el Bernabéu, ¡mejor! Un gol en la cancha del Madrid, pero él vistiendo la del Valencia, ¡y con su gol ganarle al Madrid!". Imposible. Carmelo ha sido posesionado por el hincha, que dormía en él... "Y después irnos de copas, él y yo a celebrar su gol. ¡Guau! Debe ser divino"... ¡Sí se puede!