"La senaduría en Japón sería la caja de resonancia que buscaría para sustentar 'condición' de perseguido político!"
Por Juan Paredes Castro
El ex presidente Alberto Fujimori ha preferido una vez más salirse con la suya a costa de sus propios seguidores, a los que ha convertido en verdaderos caídos del palto.
En efecto, los fujimoristas militantes de todos los colores y matices no saben dónde meterse ni qué decir sobre la decisión de su líder de postular a una senaduría japonesa, en abierta desconexión con la realidad peruana. Las justificaciones de Carlos Raffo son tan cómicas como premonitorias las críticas de Martha Chávez, que dibujan en el horizonte, con desgarrada sinceridad, el fin del fujimorismo.
Hay, pues, tres Fujimori que se mueven indistintamente en función de sus propios intereses.
El Fujimori de cara a Chile sabe que ahí se encontró con la horma de su zapato: el gobierno de Michelle Bachelet, no dispuesto a prestarse como paraíso de residencia de un ex dignatario acusado en el Perú de graves delitos penales. El Fujimori de este escenario es sutilmente prudente e inevitablemente torpe, porque mientras mide al milímetro sus declaraciones públicas es capaz de poner en aprietos a sus connacionales japoneses y peruanos, lanzando una candidatura que nadie con dos dedos de frente puede considerar un acto racional válido.
El Fujimori de cara a Japón no deja de sacar todas las ventajas posibles que su ciudadanía nipona le brinda, desde el uso de un pasaporte hasta, como ahora, una postulación parlamentaria, cuya finalidad, desde el punto de vista que él abriga, no es otra que poner una bomba de tiempo en su proceso de extradición.
Más allá de la procura de impunidad que le otorgaría la senaduría japonesa, Fujimori habría también construido esta opción política como caja de resonancia de contrapeso respecto de una posible extradición hacia el Perú. De esta manera Tokio le serviría como plataforma en altavoz para su victimización como perseguido político. Fujimori se habría preguntado por qué tendría que desaprovechar una oportunidad política que hoy parece no tener la importancia que mañana más tarde adquiriría: la de arrastrar al Parlamento japonés a un riesgoso juego de dominó en su defensa.
El Fujimori de cara al Perú baraja cada vez menos su chance de retorno al poder y calcula, realistamente, que puede pasarla muy mal si se aprobara su extradición y, consiguientemente, se abrieran todos los procesos judiciales en su contra. Es frente a esta paranoia que el ex mandatario apuesta por la senaduría japonesa y agota todos sus recursos legales para salir bien librado de manos de la Corte Suprema chilena y de las propias de Michelle Bachelet.