El juicio cultural que espera a Bryce

Del plagio a la impostura

Por FernandoVivas, periodista

27 plagios, según la cuenta que le ha abierto Perú.21, son demasiados como para dejarlo ahí nomás. Y si hay 27, podría haber 34 o 46. Tan pasmosa serialidad obliga a superar el concepto de plagio, que es muy matemático porque llama a la suma y la acumulación, y emplear el de impostura, que es más filosófico, más bonito, más a tono con Alfredo Bryce, de quien, eso sí, no veo por qué dudar como escribidor de ficción:

A "Un mundo para Julius" o "La vida exagerada de Martín Romaña" no se le ha caído ni una coma, como sostiene, adolorido, el académico bloggero Gustavo Faverón. Basta haber oído a Bryce cinco minutos en alguna de sus públicas exposiciones para darse cuenta de que es capaz de haber escrito todo eso, que es parte de nuestro patrimonio cultural.

En cambio, no recuerdo para nada, en esas intervenciones que siempre nos hacían reír, a un brillante intelectual de nuestro tiempo, informadísimo y metomentodo, como Mario Vargas Llosa. Precisamente, muchos han señalado que el afán de emular a MVLL estaría en el origen o sería el principal acicate de la impostura de Bryce como articulista. El síndrome de parecerse a Vargas Llosa ya tendría una ilustre baja.

Y si de impostura e impostor hablamos, entonces replanteemos la simple ecuación del plagio: X que le birla un texto a Y. Si quien plagia lo hace para salir de un apuro y mantener su estatus incólume, el impostor opera para lo posteridad, sumando a su identidad una especialidad que no le corresponde. Si el que plagia busca no hacer luz con lo plagiado, para pasar piola; el impostor sí quiere llamar la atención sobre su versatilidad bamba. Y así, queriendo revestirse de talentos que no tiene, termina calateando sus debilidades.

Si en el plagio la víctima demuestra con suma facilidad el robo de su texto, y enseguida es recompensada con buena publicidad; en la impostura la sociedad entera es la sorprendida y estafada por haber tomado como referencia una identidad que creía genuina y era hecha de parches ajenos. Del gordo expediente de la impostura bryceana, su más grave acto de impostación, o plagio si quieren, es el ensayo sobre la educación peruana que Herbert Morote le envió para su revisión. Por ser inédito, a este le era difícil demostrar su autoría y, mientras otras denuncias no llamaron la atención sobre lo que pasaba con Bryce, muchos no le creían. El Indecopi se pronunciará sobre esta denuncia.

Por eso, siendo la sociedad y cultura peruanas las sorprendidas, se impone un sereno juicio a Bryce. En primer lugar, hay que despejar si está mal de la cabeza, como dicen críticos y amigos sin ánimo de denostarlo, sino, más bien, de dejarlo en paz. No vaya a ser que la locura que exhibió en su última entrevista en "Caretas" sea su último cuento genuino.

Posdata: ¡Ya serían 28 los plagios! Me han dado este dato preciso: En el prólogo de Bryce a la edición de los "Cuentos completos" de Ribeyro (Alfaguara, 1994, pp. 11-15), habría plagio del libro de Julio Ortega "Julio Ramón Ribeyro: La naturaleza del código" (FCE, 1988, pp. 181-202).