La metáfora del totalitarismo

La rebelión de los chanchos en el teatro La Plaza ISIL

Por Santiago Soberón

La granja animal, de George Orwell, es una alegoría sobre el autoritarismo y de manera muy particular del autoritarismo stalinista, pues si bien el autor abrazó posiciones de izquierda, que incluso lo llevaron a participar en la guerra civil española, rechazó el poder omnímodo de Stalin, que derivó en un régimen sangriento caracterizado por el culto a la personalidad.

La adaptación de este relato a la escena por parte de la tríada compuesta por Alfonso Santisteban, Santiago Roncagliolo y July Naters, bajo el nombre de La rebelión de los chanchos, conserva la condición de la obra como metáfora del autoritarismo en general, sin embargo, tanto los autores de la adaptación y la directora la ubican en el contexto peruano de una manera muy tangencial y arbitraria que diluye el carácter analógico que originalmente tuvo el relato.

Toda analogía obliga a una correspondencia simétrica de los elementos que son motivo de comparación, y en este sentido, entre el orden animal que propone el mundo representado de La rebelión de los chanchos y el proceso social del Perú no cabe esa correspondencia de componentes, de manera que la propuesta de la obra como crítica política del presente resulta débil e incluso forzada.

No obstante, la puesta recientemente estrenada en el Teatro Plaza de la ISIL tiene a su favor la creatividad e ingenio de la dirección para componer sobre el escenario un espacio ficcional que trasciende la fábula.

Cada personaje animal está muy bien caracterizado con una actitud básica o esencial que lo define en su interrelación con los demás personajes, tanto los protagónicos (Napoleón, el cerdo dictador caracterizado por Alberto Isola; y Bola de Nieve, el cerdo pensante y bien intencionado interpretado por Alfonso Santisteban), como los secundarios (Clota, la gallina, encarnado por Patricia Portocarrero, o la acomodaticia cerdita Gerda, interpretada por una eficiente Saskia Bernaola).

Actores y títeres se articulan armónicamente para construir ese orden animal que se impone como metáfora de nuestras diversas actitudes frente al poder, de manera que el enfrentamiento ante los humanos Gutiérrez (Mario Velásquez) y Hurtado (Carlos Victoria) es verosímil ante los ojos del espectador.

Estas virtudes en la caracterización de los personajes, manifiestas en la interpretación de los actores, así como la composición plástica de vestuario, maquillaje y accesorios, hablan mucho del rigor de July Naters para crear un universo ficcional verosímil, como lo demostró en toda la saga de Pataclaun (desde otro registro).

El vínculo entre ese universo ficcional y el público recae en el burro Ezequiel (Luis Ramírez), quien desde su función de narrador participante, establece una relación de complicidad con el espectador y se ubica incluso en la perspectiva de éste para percibir cómo Napoleón teje sus hilos para consolidar su poder a costa de los principios de la propia comunidad animal.

Naters ha logrado así construir una verdadera metáfora escénica muy rica en capacidad evocativa a partir de los diferentes lenguajes o códigos que están puestos en juego, particularmente la interpretación de los actores y los elementos plásticos (maquillaje, vestuario, escenografía, títeres, etc.), sin olvidar también un afiatado trabajo de voces en la interpretación de las canciones

Pero esta metáfora, insistimos, no requería ya de mayores referencias específicas a la realidad peruana. La paráfrasis del Himno Nacional, algunos giros del quechua, o la referencia a la nacionalidad peruana resultan muy laterales y no encajan en el complejo engranaje que los propios actores del texto y la directora han creado. Desde su generalidad, desde su carácter polisémico, esta metáfora tiene todos los elementos para plantear una reflexión crítica sobre el poder que, por extensión, indudablemente hubiese llevado al espectador a pensar en aquellas circunstancias o episodios de la vida nacional en las que algunas de estas actitudes pueden ser reconocibles. Lo explícito algunas veces puede limitar la proyección comunicativa de lo connotado, de lo sugerido entrelíneas.