Análisis
POR Farid Kahhat, Analistainternacional
Contra lo que se suele creer, la novela "Frankenstein" de Mary Shelley no deriva su nombre del monstruo que la inmortalizó, sino del apellido de Víctor Frankenstein, el personaje que (literalmente) le da vida en la obra. La razón de tal confusión es el imprevisto protagonismo que va adquiriendo la criatura a medida que transcurre la trama. Imprevisto al menos para su creador, cuyo entorno familiar y amical será destrozado en forma paulatina e implacable por su creación.
Ello viene a colación porque la política internacional contemporánea está plagada de émulos de Víctor Frankenstein, cuya imprevisión también produce consecuencias calamitosas. Hubo un tiempo en que las organizaciones islamistas parecieron ser un instrumento dúctil al que ciertos gobiernos podían apelar a voluntad. Anwar Sadat los empleó para librar a las universidades egipcias de la amenaza marxista. Israel los llegó a considerar una alternativa pietista y despolitizada frente al nacionalismo secular de Al Fatah. Pakistán los empleó como mecanismo de presión en Cachemira y, junto con Estados Unidos y Arabia Saudí, como fuente de resistencia a la ocupación soviética de Afganistán.
Según parece, la posibilidad de que esas organizaciones pudiesen aprovechar el proceso para sus propios fines no cruzó por la cabeza de sus mentores. No parecía probable, por ejemplo, que un día los remanentes del ejército de Mahoma pudieran soslayar el hecho de que hindúes "infieles" aún ocupan Cachemira, para colocar en el punto de mira a los pakistaníes "apóstatas" que gobiernan Islamabad. Eso, sin embargo, es lo que parece haber ocurrido en el caso de la denominada Mezquita Roja.
La oposición religiosa al gobierno del general Pervez Musharraf suele recordar que este descubrió la naturaleza siniestra del régimen talibán de manera súbita y por demás abrupta la mañana del 11 de setiembre de 2001. Hasta entonces, el suyo era uno de tan solo tres gobiernos en el mundo que reconocían ese régimen. Pero, aunque tensa y lastrada por erupciones de violencia, la relación entre sectores del islamismo radical y el régimen de Islamabad se mantuvo aún después de que el general Musharraf se sumara a la coalición de los valientes, liderada por Estados Unidos. Unido en su mayoría bajo auspicio oficial, el islamismo radical en Pakistán obtuvo la mayor votación de su historia cuando en el 2002 alcanzó por primera vez el umbral de los dos dígitos en unas elecciones generales (11%, para ser precisos). Pero aunque participen en elecciones, son poco afectos a la democracia representativa (después de todo hablar de soberanía popular donde debe prevalecer la soberanía de Dios constituye una blasfemia). Precisamente porque no creen en división de poderes o contrapesos institucionales, podían ser aliados útiles cuando el general Musharraf decidiera hacer un ejercicio discrecional de la presidencia (por ejemplo en marzo pasado, cuando suspendió en sus funciones al jefe del Tribunal Supremo de Justicia). Musharraf incluso había puesto fin en setiembre pasado a la denominada guerra de Waziristán (provincia ubicada en la frontera con Afganistán), que su ejército libró (de manera infructuosa) contra milicias de la etnia pashtún aliadas con el movimiento talibán.
Una pregunta de fondo ahora es si el modus vivendi alcanzado con sectores del islamismo radical sobrevivirá al asalto de la Mezquita Roja, o si este se convertirá en el catalizador de una rebelión islamista contra el gobierno de Musharraf.
Bajo las circunstancias actuales, el Gobierno Pakistaní podría aprovechar las divisiones internas que alberga el movimiento islamista. Las huestes del talibán y sus aliados pakistaníes, por ejemplo, parecen más interesados en expulsar a las tropas de la OTAN de Afganistán, que en expulsar a los generales de la sede de gobierno en Islamabad. En cambio, los voluntarios extranjeros que convergen en torno a Al Qaeda parecen más interesados en conseguir que el alma del general Musharraf comparezca ante su creador (a juzgar por los múltiples atentados perpetrados en su contra).
También resulta de interés intentar vislumbrar las implicancias que todo esto pudiera tener para las perspectivas de democratización en Pakistán. La confrontación en ciernes entre el gobierno y sus antiguos aliados podría dar origen a una paradoja macabra en la política de ese país: si cree tener la situación bajo control, el general Musharraf tal vez intente forzar su reelección como presidente y fraguar en enero próximo un proceso electoral a la medida de sus necesidades. Si, en cambio, el gobierno se ve acosado por una conjunción de atentados suicidas y asonadas callejeras, tendría mayores incentivos para negociar con la oposición democrática una transición política relativamente ordenada y predecible.