Del editor
Por Virginia Rosas
En Bulgaria corrían los tiempos del dictador comunista Todor Jivkov, gran amigo del coronel Muamar Gadafi, el impresentable presidente libio que mantenía relaciones cordiales con la mayoría de los países del Este. En aquel entonces unos 30 mil búlgaros vivían en Libia donde recibían salarios que triplicaban los magros ingresos con los que apenas sobrevivían en su país. Los empujaba, como a cualquier migrante, la ilusión de ganar "mucho dinero" (600 dólares mensuales) en una tierra desesperadamente caliente. Los 'empujaban' también las agencias del Estado que en Bulgaria manejaban el reclutamiento y envío de mano de obra barata. La sociedad estatal Expomed, dependiente del Ministerio de Salud, era la encargada del envío de personal médico. El sistema funcionó hasta el 2003, ya terminado el régimen comunista.
Las cinco enfermeras búlgaras y el médico palestino que en 1998 partieron a Libia para trabajar en un hospital de Benghazi (al norte del país) creían que el sol de castigo del desierto sería su principal enemigo en la tierra de Gadafi. No podían imaginar que serían acusados de inocular deliberadamente el sida a 460 niños, lo que causaría la muerte a 56 de ellos y que por eso serían condenados a muerte.
No importó el informe elaborado por una comisión médica encabezada por el doctor Luc Montaigner, especialista en sida, quien constató que los niños ya estaban contagiados con el VIH cuando las enfermeras llegaron y que la contaminación se debía a las pésimas condiciones sanitarias del hospital.
Bajo tortura se les arrancó una confesión que firmaron a duras penas, pero durante los tres juicios que tuvieron que afrontar clamaron su inocencia.
Durante 8 años las autoridades de su país no hicieron nada por defenderlos. En 1999, mientras eran sometidos a todo tipo de crueldades y vejaciones, los representantes búlgaros les decían a las familias --preocupadas porque no tenían noticias de los suyos-- que se encontraban muy bien, no en la cárcel sino en un hotel.
Fueron condenados a muerte en tres simulacros de procesos: el 6 de mayo del 2004, el 16 de diciembre del 2006 y el 11 de julio de este año la Corte Suprema confirma las sentencias. Gadafi no solamente los utiliza para ocultar el lamentable estado de sus servicios de salud, sino que los quiere como moneda de cambio. El chantaje comienza: los países europeos han tenido que pagar importantes sumas de dinero al régimen de Trípoli y otros le han 'condonado' las deudas a Libia. Bulgaria es, desde el 1 de enero de este año, miembro de la Unión Europea y hubiera sido escandaloso que la UE dejara ejecutar a sus ciudadanos por más advenedizos que resulten en el exclusivo club.
El martes 17 Gadafi usó una última artimaña para perdonarle la vida a los acusados sin reconocerles su inocencia. El Alto Consejo de Justicia de Libia se amparó en el "perdón de sangre", una tradición musulmana que permite que los parientes de las víctimas ofrezcan clemencia a los victimarios. El perdón vino ese mismo día, tras la entrega de un millón de dólares a cada una de las 460 familias de los niños infectados. La pena fue conmutada por cadena perpetua y Bulgaria puede ahora reclamarlos gracias a los tratados de extradición existentes entre Trípoli y Sofía. Salvaron la vida, pero se oficializó una enorme injusticia.