Sobre El mundo es ancho y ajeno

La tierra tiembla

Catalogada como la mejor novela de Ciro Alegría, El mundo es ancho y ajeno (1941) reivindica el poder de la ficción no solo para dar cuenta de la realidad, sino también para intentar transformarla.

Por Peter Elmore

Novela de título inmejorable y poderosa vocación realista, El mundo es ancho y ajeno(1941), de Ciro Alegría, convirtió a su autor -entonces un joven aprista exilado en Chile- en uno de los pocos novelistas latinoamericanos anteriores al boom editorial y literario de los años 60 que alcanzó una lectoría internacional en varios idiomas. Ganadora de un premio continental al que aspiraron, entre muchos otros, José María Arguedas y Juan Carlos Onetti, la obra más importante y ambiciosa de Alegría conoció una difusión tan vasta que entre sus lectores estuvieron tanto Orson Welles -quien pensó hacer una versión cinematográfica del relato- como esos peruanos de pocos recursos que, según apuntó el propio escritor, conseguían copias de la novela a través de "una colecta que en el Perú se llama ´pandero´"
¿Cuál era el lugar simbólico y el peso histórico de lo andino en la nación peruana? ¿Qué obligación y deuda tenía el Perú con su campesinado indígena? Las dos preguntas animan y agitan a El mundo es ancho y ajeno, que concentra y grafica ejemplarmente las preocupaciones del indigenismo, ese amplio espectro de discusión y creación que marcó el debate cultural peruano durante los años formativos de Ciro Alegría. La historia de la diáspora, la resistencia y la destrucción de la imaginaria comunidad de Rumi, en la sierra del departamento de La Libertad, es mucho más que un memorial de agravios locales: los varios afluentes de la trama recorren la costa, la sierra y la selva del Perú para probar, mediante los casos de los campesinos forzados a emigrar o a resistir en su terruño los embates de un terrateniente sin escrúpulos, que en el Perú oligárquico los de abajo no eran individuos con plenos derechos, sino ciudadanos de segunda clase. La novela no esconde su posición ni vacila en señalar que el gamonalismo y el centralismo -cara y sello de un mismo sistema- son las causas del atraso semifeudal en el campo peruano durante las primeras décadas del siglo XX. Adverso a una democracia genuina, el gamonalismo se presenta como un régimen autoritario que, mediante el uso de la fuerza y el abuso de la ley, impone a nivel local un orden injusto y retrógrado. Al mismo tiempo, el centralismo arrogante del estado resulta incompatible con una modernidad popular y alternativa como la que encarna -de un modo ideal, pero no etéreo ni doctrinario- Benito Castro, último líder de Rumi y sucesor del bondadoso patriarca Rosendo Maqui, que a su vez no sueña con el retorno a una supuesta arcadia andina y desea, más bien, que los horizontes de los niños y los jóvenes de la comunidad se abran a través de la educación y el trabajo colectivo. Para los intelectuales positivistas del siglo XIX, el indio era enemigo del progreso y obstáculo principal para la modernización. Alegría, en su didáctica y episódica ficción, refuta con vehemencia esa postura, que había pretendido cubrir con un barniz de seriedad intelectual a un prejuicio racista.  
En El mundo es ancho y ajeno, el arco temporal se abre en 1912 y se extiende hasta finales de la década de 1920. En términos de la historia republicana del Perú, ese es el lapso en el cual vivieron su ascenso y su caída tanto el civilismo como su contendor y sucesor, el leguiísmo. La novela, sin embargo, no se ocupa de las pugnas que resquebrajaron a la República Aristocrática. No le interesan las fisuras en la escena oficial, sino el carácter mismo del estado oligárquico. Así, sardónicamente, se dice de Oscar Amenábar, diputado en Lima e hijo del enemigo principal de Rumi, que "después de vocear su adhesión inquebrantable a Pardo se hizo un fervoroso partidario de Leguía. Pronunciaba discursos llamándolo superhombre y genio". Por otro lado, incluso para Benito Castro, los inquilinos del Palacio de Gobierno son figuras borrosas y lejanas: "Tanto como recordaba, oyó nombrar de presidente a Leguía, a Billinghurst, a Benavides, a Pardo y de nuevo a Leguía. No vio ningún cambio en la vida del pueblo".
No son borrosos ni lejanos, sino nítidos y próximos, los personajes populares de El mundo es ancho y ajeno y, en particular, los miembros de la comunidad de Rumi. Rosendo Maqui, el alcalde, ve al inicio del relato una culebra que se desliza ante él y a la que no consigue matar: la premonición de la desgracia abre la historia y permite el retrato de una de las figuras protagónicas. Es Rosendo un hombre inteligente, justo y tierno que ama su tierra y a los suyos. Lo sabemos por sus actos, mesurados pero decididos, y también por sus solitarias cavilaciones, en las cuales se mezclan el animismo ancestral y mágico con el sentido común de la persona experimentada. El respeto por el personaje "tan poderoso y a pesar de todo tan sencillo" no impide, sin embargo, que un soplo de paternalismo e indulgencia se cuele en su caracterización: la voz autorial de El mundo es ancho y ajeno -que detiene a veces el curso de la ficción para comentarla, al modo de Victor Hugo en Los miserables- dice haber "intervenido en instantes de apremio para aclarar algunos pensamientos y sentimientos confusos, ciertas reminiscencias truncas". Benito Castro no requiere de esos auxilios, pues en gran medida el último alcalde de la comunidad no es ya un ser tradicional que aspira al cambio, sino un hombre moderno que vuelve al espacio ancestral para defenderlo, pero también para transformarlo. La diferencia cultural e ideológica entre Rosendo y Benito se sustenta en el conocimiento de la escritura y en la experiencia del viaje. Rosendo Maqui es analfabeto y no deja Rumi sino cuando las intrigas del terrateniente lo confinan a la cárcel del pueblo, mientras que Benito Castro aprende a leer y escribir en Lima, que es una de las escalas decisivas de su aprendizaje político. Por cierto, Enrique López Albújar, el autor de Cuentos andinos, había afirmado lo siguiente en un texto de 1927, titulado "Sobre la psicología del indio": "Una vez que ha aprendido a leer y escribir, menosprecia a su raza. Indio letrado, indio renegado". En la trayectoria y en la formación de los líderes de Rumi, Ciro Alegría ilustra con claridad su rechazo a la tesis de López Albújar.
Aunque el conflicto entre el latifundista y la comunidad es el eje dramático de El mundo es ancho y ajeno, los escenarios de la novela y las peripecias de sus personajes se extienden por todo el Perú. Esa expansión no desborda al relato, sino que traza su cauce: sin el éxodo de los comuneros por el territorio nacional no podría comprobarse la sentencia que le da título al libro. Ocho de los veinticuatro capítulos en que se divide el texto narran, precisamente, las vicisitudes de quienes se han visto obligados a salir de Rumi. Fuera de su sitio de origen, los campesinos suelen vivir como en el destierro o el cautiverio y su destino es, sin excepción, funesto. Amadeo Illas, que trabaja como peón en una hacienda cocalera y en Rumi era admirado como narrador oral, se enferma de paludismo y no puede defender a su esposa, a la que violan unos caporales. No menos terrible es la suerte de Augusto Maqui, el hijo del alcalde, quien queda ciego cuando una pelota de caucho hirviente, en la selva, le explota en el rostro. Calixto Páucar encuentra la muerte antes incluso de conseguir trabajo: las balas de la represión lo abaten cuando recién acaba de llegar a una mina, donde otros ex campesinos como él son ya proletarios y se han declarado en huelga.
Vasto y variado fresco narrativo que denuncia con energía un orden injusto, la mejor novela de Ciro Alegría reivindica el poder de la ficción para conmover las conciencias y promover cambios sociales. Esa estética -que es casi una pedagogía-puede descender con facilidad a la propaganda, pero pocas veces alcanza la altura y la nobleza de El mundo es ancho y ajeno.