La narrativa de Ciro Alegría

Un cuentista por descubrir

Autor:  RICARDO GONZÁLEZ VIGIL

Aunque algunos de sus cuentos (especialmente "Calixto Garmendía" y "La ofrenda de piedra") no han sido ignorados en las antologías peruanas, y aun hispanoamericanas, consideramos que Ciro Alegría es un cuentista por descubrir en la magnitud literaria, y originalidad artística, que le corresponde.  Para ello, resulta indispensable que no utilicemos definiciones rígidas, forjadas por la modernidad "occidental", del género "cuento" (con rasgos fijados por Poe, Maupassant y Chéjov, los tres clásicos mayores del siglo XIX) en contraposición al género "novela" (tipificado por clásicos del siglo XIX:  Balzac, Stendhal, Flaubert, etc.).  Recordemos que, por ceñirse a ellas, Luis Loayza, un ensayista normalmente agudo comete la torpeza de objetar la supuesta impericia para el cuento de Ricardo Palma, incapaz de percibir la originalidad y complejidad textual de una especie narrativa acuñada por él, sin duda el mejor narrador breve que tuvo el Perú, y en general Hispanoamérica, en el siglo XIX:  la "tradición".

La narrativa oral

A lo largo de su existencia Ciro Alegría publicó cuentos en diarios y revistas de diversos países.  De esa masa de textos, no investigada suficientemente hasta ahora, sólo escogió siete "cuentos" y dos "relatos" (llamados así porque no eran de ficción, sino narraciones de sucesos reales) para entregarnos el único volumen de narraciones breves que llegó a editar: Duelo de caballeros (Lima, Populibros Peruanos, 1963).
Después de la muerte, su viuda Dora Varona dio a la imprenta Panki y el guerrero (1968), leyendas y cuentos tradicionales amazónicos; Sueño y verdad de América (1969), relatos de hechos históricos basados en los cronistas y en Ricardo Palma (contiene un libro inacabado sobre Fitzcarrald):  La ofrenda de piedra (1969), narraciones andinas (tres cuentos, un relato, cuatro fragmentos de novelas y completa la novela corta -magistral- "Siempre hay caminos"); 7 cuentos quirománticos (1978), narraciones urbanas ambientas en Nueva York y ciudades hispanoamericanas (cinco cuentos, un fragmento de novela y la notable novela inconclusa "El hombre que era amigo de la noche"); El sol de los jaguares (1979), narraciones amazónicas (cinco leyendas, tres cuentos, la novela corta "Sacha y sus padres" y un fragmento de novela); y una serie de selecciones de leyendas y cuentos (en varios casos, procedentes de El mundo es ancho y ajeno) para el público infantil y juvenil.

No faltó quien le reprochó a Dora Varona que extrajera pasajes de las novelas de Alegría poniéndolos juntos con narraciones autónomas, sin reparar en que el propio escritor insertó "Calixto Garmendia" en la edición de 1963 de Duelo de caballeros, sin aclarar que forma parte de la novela inconclusa "Lázaro" (recién editada en 1973).  La verdad es que las novelas de Alegría suelen contener narraciones diversas: leyendas y cuentos tradicionales, junto con relatos basados en la vida real y trasmitidos por la tradición oral.  De hecho La serpiente de oro está entretejida como si fuera la voz de una colectividad, la de los balseros cholos de Calemar (de modo individualizado, en el segundo capítulo recoge el relato el viejo Matías). Más caudalosa todavía, El mundo es ancho y ajeno, además del  mito de los orígenes de Rumi, congrega historias de la costa, la sierra y la selva, desde el relato histórico del levantamiento de Atusparia, hasta el mito amazónico del pájaro Ayaymama o del apólogo andino de los rivales y el juez.  Incluso una novela corta, como lo es "Sacha y sus padres", alberga un cuento guaraní.
Lo que pasa es que Alegría, aunque leyó con admiración a los grandes cuentistas "occidentales", amén de dictar cursos y escribir artículos sobre las técnicas de la novela y el cuento; mantuvo una fuerte conexión con  los narradores de la tradición oral que escuchó en u infancia y adolescencia en las haciendas de sus familiares (además de que algunos de ellos fueron, también, dotados narradores orales, su padre verbigracia):  "Entre ese pueblo nací, entre ese pueblo me crié, y desde luego aprendí también su aptitud para la narración.  Creo que mis primeros maestros, aún antes de que supiera leer, fueron estos narradores populares, a los cuales honestamente he plagiado, en un plagio honroso creo yo, que me contaron a mí muchas historias del pueblo peruano tal como ellos lo veían, tal como ellos lo imaginaban, o tal como ellos lo fabulaban" (Primer encuentro de narradores peruanos" 1965, p. 32).
Esa devoción por los narradores orales lo acompañó siempre, dispuesto a gozar del placer de narrar con todo el sabor de la entonación y los gestos dramatizadores. Así, estando en la cárcel en Lima (1932-1933) escuchó al propio Carita contar su "duelo de caballeros" con Tirifilo. Recuerda entusiasmado (acotemos que con deleite similar Borges, por esos años, frecuentaba a los malevos y obtuvo el material de "El hombre de la esquina rosada", cuento incluido en Historia universal de la infamia):  "Su voz era gruesa y opaca, pero adquirió emocionadas modulaciones a medida que avanzaba narrando.  Sus palabras y frases tenían color.  En un momento se puso de pie y dio varios pasos, haciendo fintas, para reproducir los lances de la pelea"("Duelo de caballeros", 1963, p. 102).  Alegría se apoderó tanto de ese arte que él mismo se volvió un conversador fascinante, dispuesto a embelesar a sus interlocutores con sus remembranzas y referencias hilvanadas como cuentos, según atestiguan quienes lo trataron.

Un aliento épico: Borges y Alegría

El cotejo con Borjes puede servirnos para esclarecer la peculiaridad de Alegría, cuanto más que ambos editaron su primer libro narrativo en 1935:  Historia universal de la infamia y La serpiente de oro, respectivamente.  Degustador de las narraciones orales sobre el coraje de los malevos y compadritos, Borges no gustó (ni como lector ni como autor) del género novelístico, prefiriendo los poemas épicos y las colecciones de cuentos con un marco vertebrador: (la cima:  Las mil y una noches).  Pero la exploración de la narración oral, efectuada con destreza en "El hombre de la esquina rosada" no continuó en otros textos suyos, (una excepción formidable:  "La forma de la espada", texto de Ficciones), ni mucho menos evolucionó a poemas épicos o colecciones de cuentos con marco organizador; sino que cedió ante las fuentes librescas  y la obsesión (propia de la literatura escrita, ausente en la tradición oral) por la palabra exacta ("Hot Juste") y la prosa perfecta, dominantes en las otras piezas de Historia universal de la infamia, y que fructificó en la plasmación genial de un tipo de cuento con rasgos de ensayo, ubicable dentro de la literatura fantástica, cuya primera entrega fascinante fue de 1941:  "El jardín de senderos que se bifurcan " (luego, con una nueva sección de cuentos, en 1944 se titularía Ficciones).
En cambio, Alegría llevó las enseñanzas de los narradores orales al tejido mayor de la novela cual un concierto de narraciones (La serpiente de oro) o capítulos con la semi-autonomía de los episodios (Los perros hambrientos, El mundo es ancho y ajeno, "Lázaro" y "El hombre que era amigo de la noche").  Imprimió a sus novelas un formidable aliento épico, sobre todo a El mundo es ancho y ajeno, de 1941 (consta de 24 capítulos agrupables en tres, al igual que los 24 cantos y el diseño de los poemas homéricos) y "Lázaro".  Y todo con una óptica realista, porque hasta los mitos y las leyendas poseen realidad (no son transmitidos como ficción), dentro de lo que Alejo Carpentier denominó acertadamente "lo real maravilloso" (El reino de este mundo, 1949).  Las fuentes librescas no interesan en La serpiente de oro y Los perros hambrientos, son secundarios en El mundo es ancho y ajeno (textos de la Asociación Pro-Indígena, técnicas narrativas aprendidas en John Dos Passos y Thomas Mann) y "Lázaro" (la documentación sobre las haciendas norteñas y el movimiento aprista), y sólo reinan en Sueño y verdad de América, una obra que prueba que Carpentier tenía razón al sostener que la historia de América es "una crónica de lo real maravilloso".  En gran medida, pues, lo medular del impulso creador de Alegría se nutre de la tradición oral.  Así explica que La serpiente de oro brotó del recuerdo de "un cholo llamado Manuel Baca y el dramático suceso que relató cierta noche (.) Ampliando escenas y aumentando el texto con narraciones de mi padre y asuntos de mi propia experiencia" ("Novela de mis novelas").
La mención de lo épico reclama que pensemos en la textura acumulativa y abierta de los poemas épicos:  tienen una acción central (la cólera de Aquiles, el regreso a Itaca, etc.) pero carecen de la unidad de acción (nótese que es un principio del teatro y no del poema épico) con su presentación nudo-desenlace que caracteriza a la novela europea del siglo XIX (llegando a la cima "dramatizadora", con el  "autor invisible", como en el teatro, de Flaubert).  Aglutinan episodios, intercalan mitos y cuentos ejemplarizadores.  Algo similar ocurre en las grandes novelas de Alegría.  Es decir:  si Ricardo Palma fusionó lo oral con lo libresco en la "tradición", Alegría hiló novelas animadas por el soplo oral, mítico y popular de la épica.

Le debemos varias narraciones breves de antología:  los mitos y leyendas "Panki y el guerrero", "Leyenda del Ayaymama" y "El barco fantasma"; el apólogo "Los rivales y el juez"; los relatos sobre Atusparia y "Duelo de caballeros"; y los cuentos "Calixto Garmendia" (una joya), "La ofrenda de piedra" (afín  a ese estar entre dos mundos de José María Arguedas), "La madre" (ahonda en las vivencias de los animales), "Cuarzo", "El brillante" y buena parte de los episodios potencialmente autónomos de sus grandes novelas.  Entrañablemente lírico, cuando se emociona Arguedas introduce una canción o un poema en sus novelas; narrador nato, Alegría opta por obsequiarnos un cuento, embriagándonos con el placer de la narración.