El día que a mi padre le dije tío

Por Alonso Alegría

Yo acababa de cumplir los diecisiete años y estaba a la mitad de mi quinto de media cuando llegó la noticia de que mi padre venía al Perú.  Era una buena nueva pero también un susto. ¿Quién está preparado para, ya de grande, recién conocer a su padre?  Ciro Alegría había escrito cariñosas cartas, claro está, pero venían firmadas por un padre con mucha fama pero sin rostro ni voz, y que siempre había estado lejos del Perú: primero en Chile, luego en Nueva York, luego en Puerto Rico y por último en Cuba.  Mi hermano mayor y yo habíamos nacido en Santiago durante su exilio de aprista, y habíamos llegado al Perú con la Negra (mi madre) a principios del año 41, mientras que el Famoso (así lo llamaba la Negra) seguía viaje a Nueva York para recibir el premio internacional que El mundo es ancho y ajeno había merecido.  En Nueva York se quedó.  Yo nunca he sabido cómo ni cuándo se habrá malogrado ese matrimonio: lo cierto es que Ciro y la Negra se divorciaron a principios de los años cuarenta y que Ciro se casó de nuevo para divorciarse por segunda vez y que, al momento de regresar al Perú tras veintitantos años de ausencia, el Famoso se acababa de casar por tercera vez con una cubana tan joven como bonita.  Venía al Perú con ella y eso complicaba las cosas en cuanto al protocolo respecto a mi madre, pero así estaban viniendo los tiros y en Lima nos preparamos para asumir esa llegada con elegancia y entereza.
Muy otro era, sin embargo, el tema verdaderamente delicado y hasta peligroso que la llegada de mi padre me  suscitaba a mí personalmente.  Era un tema literario.  Como hijo del gran escritor y de la Negra, yo me había pasado la vida leyendo libros de grandes y respondiendo preguntas respecto a las novelas de mi padre.  Por ejemplo, un día del año 1950 (más o menos) anunciaron que un avión de Panagra llevaría a Ciro a La Paz para asistir a un congreso de escritores.  El avión recalaría en Lima por unas horas. Nuestra oportunidad estaba dada y mi madre nos llevó al aeropuerto a conocer a nuestro padre, ya fuera en la pista de aterrizaje o quizás (qué emocionante) subiendo al avión. Acudimos temprano y esperamos todo el día pero el Panagra nunca llegó. Según se dijo, la dictadura de Odría no le había dado permiso de aterrizaje en Lima porque traía al ya por ese entonces honroso ex-aprista.  A falta del Famoso, los periodistas se conformaron con declaraciones y fotos de sus sabihondos hijitos.  Fue así como, a los doce y diez años respectivamente, mi hermano y yo aparecimos a toda página como carátula del diario "Última Hora", fotografiados en el aeropuerto mientras emitíamos opiniones sobre literatura y las novelas de Ciro Alegría. 
Bien ganada teníamos, pues, mi hermano y yo nuestra fama de omnívoros lectores.  Tanto, que hasta mi madre suponía que a esas alturas -quinto de media- yo ya habría releído las tres novelas de mi padre.  No era así.  Me faltaba La Grande, pero yo no podía confesarlo y, para salvarme, mentía emitiendo opiniones convencionales que todos tomaban por mías. Pero ahora se trataba de enfrentar al propio autor para opinar de verdad y cualquier error podía resultar fatal.  Fue así que hube de leer El mundo es ancho y ajeno como parte de una estrategia defensiva, implementando una táctica  de clandestinidad. Me compré un pequeño ejemplar en rústica y le forré totalmente la carátula, como quien esconde una vergonzante novelucha.  Leí la obra de un tirón, tan emocionado como cautivado.  Estoy contento de haberla leído a esa edad y no a los doce o trece, que fue cuando leí Los miserables.  Es que con esa lectura de casi madurez pude entender mejor dos cosas muy importantes: que mi padre era un tipo de grandes y generosos sentimientos, y que mi país era un gran país.  No poco, a los diecisiete y medio.  No poco y justo a tiempo: para cuando llegó mi padre yo ya me sentía literariamente preparado y humanamente dispuesto.
Estábamos en el aeropuerto de la CORPAC (ahora Ministerio del Interior) sobre la pista de aterrizaje (ahora Avenida Aviación).  Era una templada noche de diciembre.  A mi hermano y a mí, la Negra nos había acicalado para el encuentro, pero ella obviamente se había quedado en casa.  En algún momento debe haber aterrizado el DC-3.  Algo más tarde estaba yo parado al pie de la escalerilla, mirando hacia arriba, temiendo no reconocerlo, temiendo tener que preguntar quién era mi padre, qué ridículo.  Bajaban muchos y bajaron todos y mi padre nada. De pronto apareció.  De perfil, iluminado por la tenue luz rojiza de la cabina.  ¡Ese es! recuerdo haber pensado antes que nadie osara señalármelo.  Escuché aplausos de la gente que me rodeaba, aplausos de quienes -qué pica-ya conocían personalmente al Famoso.  Pero yo había reconocido a un señor jamás visto, y para mí eso era una casi mágica intuición (más tarde me daría cuenta de que había reconocido a mi padre por su gran parecido con su hermano, mi adorado tío Gerardo). Ciro Alegría bajó la escalerilla seguido de su esposa Dora, quien efectivamente era muy joven y muy bonita.  Mi padre estaba nervioso. Nos saludó a mi hermano y a mí como tímidamente, sin nada parecido a un estrechísimo abrazo con efusivo lagrimón. Gracias a Dios, porque eso hubiera sido horrible, pensé entonces y sigo pensando ahora: no era momento para melodramáticos gestos de falso reencuentro, sino para naturales presentaciones, que las hizo quizás Juanito Mejía Baca (responsable de la llegada de mi padre al Perú) o quizás uno de mis  tíos.  A la joven esposa le di la mano (ella también estaba nerviosa) y recibí  una amplia y muy cubana sonrisa. Mi padre abrazó a más gente que lo rodeaba, para luego girar a saludar con los brazos en alto a unos cientos de personas que se habían apostado con banderolas y banderas en la terraza del aeropuerto.  Esta demostración popular me puso muy orgulloso y fue con mucho placer que acepté el encargo de mi padre de llevarle su fino maletín.  Lo entendí como un gran privilegio.  Eso fue en el automóvil que nos estaba sacando del aeropuerto y entonces... 
Fue entonces que sucedió. Con su maletín sobre mis rodillas, y en respuesta a alguna pregunta de mi padre, se me salió:
-Sí, tío.  
-Qué es eso de tío, yo soy tu padre,  respondió, amoscado.  Yo quedé balbuceando disculpas, ruborizado hasta el tuétano.  Cuando le conté el incidente a mi madre, ella sentenció -la Negra no tenía pelos en la lengua: "no te preocupes, hijo, la culpa es de él por no haberlos conocido antes". 
A estas alturas no quiero echarle la culpa de mi error a nadie ni a nada.  Salvo, claro está, al inmenso parecido entre mi padre y mi tío  Gerardo, su hermano menor, tío adorado a quien siempre quise, y supe, y pude llamar Papá Gerardo, a cuya dulce memoria queda dedicada esta sentimental croniquita familiar muy al estilo de las que, con tanto gusto y ganas, ocasionalmente escriben los Alegría.