Mirando a Borges con Alegría

Encuentros y distancias entre el gran escritor argentino y el autor de Los perros hambrientos.

Por Guillermo Niño de Guzmán

Una tarde de 1960, en Buenos Aires, Ciro Alegría recibe la visita de Jorge Luis Borges en su hotel. La charla es muy cordial, tanto así que el escritor argentino le propone que vayan a su casa para que conozca a su anciana madre. Borges ya no puede ver, de modo que toma del brazo a Alegría cuando salen a la calle. Sin embargo, a pesar de su invidencia, es capaz de señalar el camino sin equivocarse. En su piso de Maipú, doña Leonor Acevedo les sirve oporto y bizcochos. "Yo habría preferido un jaibol, pero no quiero contrariar las costumbres de monje laico de Jorge Luis", revelará después el novelista peruano. Hablan de libros, de Perón, de sus trabajos, de las dificultades que afrontan los hombres de letras en sus respectivos países. Luego, Alegría debe despedirse porque tiene otra cita. Para su sorpresa, el anfitrión insiste en acompañarlo de vuelta al hotel. Desde el umbral, el autor de La serpiente de oro mira a Borges mientras se aleja en la tarde azulada por la inminencia de la noche, tanteando las paredes con su bastón, y se siente profundamente conmovido. "Es la suya una entrada lenta en la sombra", evocará en su crónica del encuentro.
No obstante, este sentimiento no perduraría mucho tiempo. Cuatro años después, en 1964, ambos coinciden en el Congreso por la Libertad de la Cultura organizado por el Instituto Ibero-Americano de Berlín, cita a la que también acuden Asturias, Roa Bastos, Guimaraes Rosa y un joven Ribeyro, quien por entonces residía en París. En el coloquio algo sucede entre Borges y Alegría, como da a entender este último en la entrevista que concedió a Günter W. Lorenz en un evento realizado en Génova un año después. "Borges puede escribir -opina Alegría-, hay que admitirlo, pero nada más. Con Asturias puedo identificarme, con Borges y con lo que él escribe se puede jugar."
Ante estas palabras, Lorenz le pregunta si no está siendo algo duro. "Puede ser -responde-. Pero los reaccionarios me horrorizan. No puedo aprobar la posición personal de Borges y en consecuencia tampoco lo que él llama su postulado literario. Usted lo oyó en Berlín." ¿Se trata acaso de aquella concepción del arte que no acepta ningún compromiso?, inquiere el entrevistador. "Justamente a eso me refiero -asegura Alegría-. No solo es una falta de responsabilidad, si un hombre de la magnitud de Borges lo dice, sino que también es un cinismo frente a Asturias, Roa o como se llamen los que estaban presentes. (...) Quien ataca a autores comprometidos a causa de su compromiso, admite en silencio la quema de libros, si es que no la aprueba. (...) Por otra parte, estoy contento de que Borges no esté con nosotros aquí en Génova. Debo pensar en mi salud." (La alusión a la quema de libros se debe al "auto de fe" que en esos días se había ejecutado en el colegio Leoncio Prado, donde se incineraron ejemplares de La ciudad y los perros, incidente que motivó una enérgica protesta por parte de los asistentes al congreso de Berlín.)
Visto el asunto en retrospectiva, es preciso comprender que para Ciro Alegría y su generación la literatura era una actividad en la que se privilegiaba su función social. Por tanto, el aspecto lúdico y la especulación fantástica a la manera de un Borges quedaban descartados. "Para mí no es la literatura la que está en juego, sino la realidad y la justicia -sentencia Alegría-. Lo que necesitamos en nuestros libros es la vida, Lorenz. Nuestros escritores peruanos, especialmente los "señores blancos de Lima", han dejado demasiado tiempo de lado la vida. De sus libros surgía un mundo de fantasías que no tenía ya ningún parentesco con la realidad. No se puede mejorar el mundo con tales libros. Y yo quiero mejorar el mundo, y no deseo solo escribir sobre hombres, sino ayudar con todo lo que mis fuerzas permitan a los hombres sobre los que escribo. Hay que denunciar a los enemigos del hombre, la naturaleza maligna, el hambre, el calor, los asquerosos latifundistas y los empleados corruptos."
Esta noble declaración de intenciones quizá parezca hoy un tanto romántica, pero no puede dudarse de su sinceridad. No hay que olvidar que Alegría pertenecía una generación que había surgido en una época aciaga de la historia de América Latina, en la que caudillos y dictadores atropellaban los derechos de las mayorías, mientras se enriquecía una clase dirigente corrupta. Él era un animal político por naturaleza, que había sufrido prisión, torturas y destierro por sus ideas. Como había declarado en Berlín, sus libros eran la continuación de la lucha política por otros medios. De ahí que se sintiera más próximo a otros escritores como Carpentier, Uslar Pietri o Asturias, quienes se esforzaban por hacer de su obra "una literatura de lucha y protesta" -según el autor de Hombres de maíz- que reivindicara la cultura de sus pueblos y condenara los abusos perpetrados por el poder. En ese sentido, el legado de Alegría es fundamental. Una novela como El mundo es ancho y ajeno (1941) logró algo desusado para su tiempo, pues era una obra cuyo propósito de denuncia se sustentaba con una notable factura artística.
A menudo se incurre en el error de considerar a Alegría como un autor tradicional, marcado por las limitaciones del costumbrismo. No obstante, si se lo lee con atención se podrá comprobar que es un novelista no solo dotado con una asombrosa fuerza telúrica -en sus historias la tierra adquiere el valor de un personaje- y una particular destreza para describir tipos humanos, sino que sobresale por su composición narrativa. Junto con la visión totalizadora de El mundo es ancho y ajeno, un ambicioso y complejo fresco social, debe valorarse la técnica polifónica que hace de La serpiente de oro (1935) y Los perros hambrientos (1939) novelas poco convencionales, en las que confluyen diversas voces y donde la unidad no está dada por un argumento lineal sino por una asociación sutil de temas y atmósferas que se expanden como los círculos concéntricos que generan la caída de una piedra en el agua.
Tampoco estamos de acuerdo con quienes confinan el aporte de Alegría dentro de la corriente indigenista, al lado de Arguedas. Más bien, debemos considerarlo como un hito en el desarrollo de la novela latinoamericana moderna. Como bien dice Vargas Llosa, a diferencia de otros escritores costumbristas, Alegría "sorteó los peligros del verismo gracias a un sentido notable de la coherencia interna, que es la condición primordial para que una novela sea -además de un documento social- una obra de arte".
Otro equívoco frecuente es sostener que Alegría se "agotó" después de haber publicado El mundo es ancho y ajeno. Es verdad que durante los veintiséis años que aún le quedaban por vivir apenas entregó una colección de cuentos a la imprenta, Duelo de caballeros (1963). Sin embargo, debe observarse que Alegría no dejó de escribir. Por el contrario, creemos que su conciencia artística lo hizo más exigente y que se puso metas cada vez más altas. Son varias las novelas que empezó y no pudo concluir, en parte por una vida agitada por el vaivén de sus inquietudes políticas, en parte por sus constantes cambios de residencia y las múltiples ocupaciones que tuvo que desempeñar para poder mantener a su familia.
Ricardo Silva-Santisteban -quien preparó dos sendos volúmenes antológicos con lo mejor de Alegría para la colección 'Obras esenciales' de la Universidad Católica, ambos difundidos en 2004- ha destacado los méritos de Siempre hay caminos. Esta novela corta, terminada en 1961 y publicada póstumamente en 1969, puede dar una idea del nivel de excelencia alcanzado por el escritor peruano en su último periodo. Ignoramos por qué Alegría no se animó a divulgarla (quizá porque prefería retornar a la escena literaria con una novela de mayor envergadura, capaz de ser equiparada con sus primeras creaciones), pero lo cierto es que su prosa impecable, la dosificación de la tensión narrativa y la creación de unos personajes tan grandes como la vida configuran una pequeña obra maestra.
Pero volvamos a Borges para terminar este breve rescate de Ciro Alegría. Aunque sus actitudes políticas eran muy distintas, había una mutua admiración literaria. A nuestro novelista le gustaba recordar que, tal como le había confiado un testigo presencial, durante una de las habituales tertulias de la revista Sur, en casa de Victoria Ocampo, su colega argentino había recitado de memoria el primer capítulo de La serpiente de oro. "¿Y no les parece que esto prueba el talento de Borges?", bromeaba Alegría con evidente regocijo.