La diferencia entre patear latas y crearlas

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Por Gustavo Rodríguez. Escritor y publicista

En el mundo, dos son los nombres más famosos salidos del campo de la informática: Bill Gates y Steve Jobs. Uno es conocido por ser el hombre más rico del planeta. El segundo lo es por su actitud creativa. En 1975, Jobs cofundó en el garaje de sus padres una empresa que se convertiría en legendaria. Su símbolo de manzana mordida era, en aquel tiempo, una provocación abierta al pesado, rectilíneo y circunspecto logotipo de IBM. Mientras esta última le hablaba a otras corporaciones, Jobs y su socio querían dirigirse a la gente. Ellos y su equipo buscaban dejar en claro que la computadora no debería ocupar solo cuartos gigantescos y aislados en las empresas, sino también nuestros dormitorios mientras los chicos juegan alrededor.

Aún se me levanta la piel cada vez que recuerdo la campaña que Apple lanzó en enero de 1984 para presentar su nueva creación: Macintosh. El anuncio de TV había sido dirigido por un Ridley Scott, ya aclamado por su trabajo en "Blade runner", y mostraba a una atleta que irrumpía en una convención futurista de lobotomizados que escuchaban boquiabiertos al líder de la sociedad instalada. La atleta burlaba la seguridad y lograba romper con un martillo de atletismo la pantalla gigantesca donde el líder repartía instrucciones. El anuncio terminaba con una clara alusión al Big Brother de la novela "1984" de Orwell y la interpretación de lo que la cultura IBM significaba para Apple: "Este 23 de enero Apple lanzará Macintosh. Y usted sabrá por qué 1984 no será como '1984'".

A menos de veinticinco años del lanzamiento de la amigable Macintosh, no se puede negar que el sueño de Jobs de descentralizar la información llevando la computadora a los hogares no solo se hizo realidad, sino que ha llegado a umbrales insospechados: la computadora está incluso en nuestros teléfonos portátiles. Tampoco se puede negar que quien está más cerca de ser ese Big Brother ya no es IBM, sino Bill Gates. Y si bien estas últimas décadas nos han traído cambios impresionantes, lo único inalterable es, justamente, el ingrediente que alienta esos cambios: el espíritu de gente como Jobs. En un discurso que el presidente de Apple Computers y Pixar Studios dio a los graduados de la universidad de Stanford en el 2005, una anécdota suya ilustró cómo la curiosidad de una personalidad creativa como la suya puede cambiar el mundo. Jobs tenía diecisiete años al ingresar a una universidad de Oregón y a los seis meses previó que sus padres adoptivos no podrían seguir pagando sus estudios. Se retiró de ella, pero se quedó para llevar un curso libre que no tenía nada que hacer con sus intereses inmediatos: caligrafía. El joven aprendió sobre la historia de las tipografías en el mundo, se dejó atrapar por la belleza de muchas de ellas, y salió con la intuición de lo que hace importante y vigente a un determinado tipo de letra. Luego de ese curso, el joven Jobs siguió con su vida y siguió un proyecto empresarial alejado de las helvéticas y las arial. Sin embargo, aquel episodio aislado se hizo trascendental al momento de diseñar Macintosh: gracias a aquel aprendizaje, la legendaria computadora nació con tipografías jamás antes ideadas para un ordenador. Y ya que Microsoft luego copió el sistema operativo de Macintosh, no es exagerado decir que si usted tiene tantas tipografías para elegir en su propia computadora, debe agradecérselo a ese curso exótico que Jobs tomó sin pensar en una utilidad futura. Sin duda, esta anécdota narra la diferencia entre ser un obrero que vigila latas en una faja transportadora y ser el creador del contenido de las mismas: todos estamos signados por el material con el que llenamos nuestro cerebro. Los que deciden ser revolucionarios como Jobs se llenan de todo aquello que su curiosidad creativa les susurra. Los que deciden ser operarios, no. Es bueno recordarlo ahora que por nuestras radios un instituto proclama ingenuamente: "¿Qué tiene que ver la filosofía con el diseño?".

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