El lado oculto JAVIER MICHELLI, gerente general de Amadeus Perú

Y un día, él se dejó de vainas...

Desde siempre soñó con hacerlo. Nada. pasó el tiempo, pasaron los años... sus sobrinos lo inspiraron. la cogió. ahora no hay quien lo desprenda de su guitarra

Por Antonio Orjeda

Buenos Aires. Mil novecientos ochenta y pocos. Los chicos del barrio habían formado una banda, tocaban los temas de Charly. Él estaba con ellos. Solo eso. Cuando los chicos dejaban los instrumentos, cuando se iban y él quedaba solo, cogía la guitarra. Nadie lo veía. Javier alucinaba. Solito. El sueño se hacía papilla ni bien oía que regresaban. Javier tenía 14 años.

No era cuestión de timidez. "En el colegio me iba muy mal con los instrumentos". En marzo cumplió 39. Ahora lo tiene claro. "A veces nos enseñan que si no eres bueno en algo, mejor no lo intentes. Hay que romper con eso. Uno tiene que hacer lo que siente".

¡AHÍ TE QUIERO VER!
En la tierra donde levantas una piedra y encuentras un rockero, Javier no daba una. Tocar la guitarra era su obsesión. No se atrevía. Creció. Se iba de pesca con los amigos. Adonde iba, cargaba siempre consigo esa, su acústica obsesión.

Hace cuatro años, dos sobrinos le pidieron ayuda y él se las dio. Querían hacerse músicos. No, Javier no estaba dispuesto a realizar su sueño a través de ellos. No recuerda cómo, pero un libro de música llegó a sus manos. Derechito, no paró hasta entrar a una tienda. Salió con una guitarra acústica. Tenía 35 años. Su mujer, solo sonrió. Lola, su labradora, no hace más que echarse frente a él. Se ha convertido en su fan más fiel.

Desde entonces, Javier es otro. El año pasado, para su santo, su mujer y sus hijos lo sacaron de cuadro.

"Nosotros somos de hacernos regalos que se sienten". Un mes antes, sabía que tramaban algo. "Iban de acá para allá". No tenía la más mínima idea de nada. Llegado el momento, su mujer y sus hijos lo sorprendieron. Rompió el papel de regalo. Una chaqueta. ¿Qué? ¿Cómo?

Se habían ido a pasar el día en Lunahuaná. De regreso, en la sala: una caja. Grande. Sí, era para él. ¿Adentro? Una guitarra eléctrica. "¡Fue espectacular!".

Eso sí, el regalo, le vino con unos auriculares: para que cuando la rasgue, solo él escuche que lo que está tocando. Mano al pecho, Javier ríe, sabe que no es un Carlitos Santana. También lo sabe el profesor particular que tomó allá, en su Buenos Aires. También el que ha tomado en esta, nuestra tres veces coronada villa. "Me da cosa porque ellos le ponen un esfuerzo enorme. Pero tienen que entender que tengo casi 40, que mis dedos no son de guitarrista, que no han sido educados para eso". Eso sí, advierte: soy de madera, pero no tanto.

Agustín y Tomás tienen 9 y 11. En el colegio les dieron a elegir y ambos decidieron aprender a darle a lo mismo que papá. "Cada tanto, tocamos los tres. Es muy divertido. En realidad, no pegamos un solo acorde (se mata de risa).

En casa, verlo con el instrumento, abstraído, no es sinónimo de no molestar. Todo lo contrario. Eso sí, no le pidan que se toque el tema tal. Así sea uno de su adorado Charly. "Yo toco lo que me sale", dice el gerente general que de chico moría por Kiss.

No pues, él no hace esto para que se reúnan a su alrededor, tampoco para que lo aplaudan. No es un portento, lo sabe. ¿Por qué lo hace? Por placer, porque siempre lo quiso hacer.

"Si fuese por mí, tocaría todos los días". Pero chamba es chamba y el gerente general tiene hartos asuntos por resolver. No hay problema, la guitarra --ahora sí-- está ahí, esperando por él.