Martes, 15 de agosto de 2006
La poesía nunca se borra

"Dolores Morales de Santiváñez" es la última entrega del escritor radicado en Estados Unidos. El libro es una compilación de su trayectoria poética de treinta años



"La poesía me mantiene con vida. Desde que escribí mi primer poema me definí como poeta y no me interesó ser nada más", expresa el piurano Róger Santiváñez (1956), quien asegura que ha dejado atrás el estilo de vida que lo marcó como joven antisistema en los 80 y 90, cuando, por ejemplo, fue censurado por cortarse las muñecas con el asta de una bandera el 28 de julio de 1989, en la plaza San Martín. Ese agitador, al que la sociedad limeña lo miraba por encima, renunció hace cinco años a una vida acelerada que a su juicio lo llevaría a lo que considera el tope: la muerte. Es de entender, entonces, por qué su poesía es un canto de celebración a la vida, una suerte de conjuro contra la ausencia de vitalidad.

Por ese miedo a morir huyó del Perú hace cinco años rumbo a Estados Unidos, donde estudia un doctorado en literatura, en la Temple University de Filadelfia y desde ese involuntario exilio, más tranquilo emocionalmente, se le clavó la idea de compilar toda su obra. El resultado: "Dolores Morales de Santiváñez" (Hipocampo Editores), una selección de poesía 1975-2005, en la que se recuerdan sus primeros cuadernos poéticos como "Antes de la muerte" y "Homenaje para iniciados" hasta su última entrega "Eucaristía", pasando por poemas nunca antes publicados.

"Siempre he dicho que la palabra de un poeta es su lengua original. Por eso la experiencia en Estados Unidos es bien difícil y a la vez muy interesante porque justamente el lenguaje es como un lugar secreto. Los problemas que pasan ahí no me importan, entonces tengo la tranquilidad para crear y recordar", asevera Róger, quien agrega que las crispaciones sociales de nuestra Lima lo afectaban mucho.

Santiváñez no tiene pensado regresar totalmente al Perú, en EE.UU. conoció a su actual esposa, Kathy, quien paradójicamente fue una misionera cristiana. "A veces uno no sabe lo que puede pasar. Ya no soy el gran solitario, el de la vida incompatible, el del Cordano, el Palermo. Pero sigo siendo un activista de la poesía y especialmente un estudioso de la literatura", cuenta Róger.

"No hay nada de qué arrepentirse, simplemente uno atraviesa en la vida distintas etapas y atravesar significa dejar atrás", dice Santiváñez, quien recuerda con aprecio a los gregarios grupos poéticos Oro de Acapulco, La Sagrada Familia, Hora Zero y a Kloaka, círculo que lideró y fundó a mitad de los 90.

"Hay momentos en que este paraíso se acaba, a pesar de la vida trajinada aprendí mucho en todo ese tiempo. Mi infancia en Piura, mi juventud en San Marcos son parajes perdidos con dolor, como dice Huidobro: 'No sé en qué momento un ángel malo destrozó mi sonrisa'", apunta el poeta. "No obstante --finaliza Santiváñez-- la poesía nunca se borra, eso me mantiene de pie".






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