Viernes, 24 de noviembre de 2006
Crítica: El escritor en el Burdel

José Miguel Oviedo

Última novela de Fernando Ampuero.

Puta Linda
Fernando Ampuero
Editorial Planeta
127 pp.



Que un hombre pague a una prostituta, no por sus habituales servicios, sino para que le cuente su vida y eso pueda servirle para escribir una novela es algo que ya ha sido antes materia literaria; también es un lugar común que la vida de las mujeres de ese oficio sea casi siempre un melodrama cuyas líneas generales son previsibles. Por lo mismo no es fácil ser original -o al menos interesante- con tales temas, pero eso es precisamente lo que ha logrado Fernando Ampuero (Lima, 1949) en su novela corta Puta linda (Lima: Planeta, 2006) porque introduce en ellos variantes, sorpresas y cuestiones que dan un perfil propio a la obra y que le permite cautivar rápidamente al lector.

Luis Alberto, un aspirante a escritor de solo diecinueve años, concibe,
con la complicidad de su amigo Tapia, el plan de pagar a una prostituta para que le sirva como informante de su propia vida
privada, como base de la ficción que piensa escribir; en sus regulares
encuentros con Noemí -la "puta linda" del título-, que ocasionalmente incluyen el sexo, invierte el poco dinero que gana como vendedor a domicilio de enciclopedias.

La historia que le cuenta Noemí nos lleva muy lejos porque comienza en sus años de niñez y pubertad en un paupérrimo pueblo de pescadores en Piura, donde ella descubre tempranamente su sexualidad a manos de su padrastro, hombres anónimos, su propio hermano mellizo y el ejemplo de su madre, que trabaja en un ínfimo lupanar cercano.

Los detalles de esta sórdida educación sexual son tan chirriantes por
las connotaciones de incesto y pedofilia que contiene, como fáciles de explicar en medio de la pobreza e ignorancia extremas del medio en el que ocurren. De hecho, los pasajes más escabrosos de la novela no ocurren en el burdel de Noemí, sino en su Piura natal, donde aprende desde niña que ser atractiva como ella es una bendición que le permitirá salir de las estrecheces de ese ambiente si es que respeta el principio que le inculca su madre: solo entregarse por dinero.

Esas enseñanzas serán muy útiles cuando, ya bien adiestrada en sus artes de seducción, llegue a Lima acompañada por su hermano Jeremías, que es a la vez su depredador sexual y su protector. La Lima en la que transcurre parte del relato es la de inicios de los años noventa y es un medio que está registrado con marcas reconocibles
para cualquiera, comenzando por el dato de que la dueña del burdel fue Nannette, figura real y legendaria de los bajos fondos capitalinos.
Pero más significativas -porque crean una atmósfera precisa- son las
referencias al ambiente político de la época, como la violencia terrorista y los ambientes semiclandestinos donde Noemí se convierte en una bien pagada cortesana con la que se divierten altos jefes
militares del gobierno de Fujimori y el propio Montesinos. Esta es la parte en la que brillan más las conocidas dotes periodísticas deAmpuero, como parte de su experiencia directa de esos sombríos años.

Hay una interesante ambigüedad que transforma lo periodístico en literario: Luis Alberto nunca sabrá -y menos nosotros, los lectores- cuánto hay de realidad y cuánto de fantasía en el relato de Noemí, igual que en cualquier novela. ¿Lo hace para exagerar su melodrama de mujer de todos, por divertirse, por confundir a su cliente-entrevistador? Este llega a la conclusión de que "entre ella y él la verdadera escritora era ella" (p.37). Noemí le confiesa que está
inventando cosas y él comenta que "a lo mejor también me mientes cuando dices que mientes" (52); más adelante, ella también le revela que su hermano mellizo "sólo existe en las historias que te cuento" (103). Es decir, nada es totalmente confiable y podemos creer lo que queramos.
Esta cuestión -la de la realidad que puede ser ficción y viceversa- está en el centro de la visión literaria de Ampuero, en el sentido que sus historias suelen tener un fuerte sustento testimonial que en el curso del relato parece sufrir una distorsión, un salto cualitativo que lo coloca en otro nivel para así despistar e intrigar al lector.

Poco a poco vamos dándonos cuenta de que la historia de Noemí que estamos leyendo, con su continuo vaivén entre el remoto pasado y el inmediato presente, es la obra que, irónicamente, Luis Alberto no
llegará a escribir. En el notable capítulo final, que no conviene revelar por entero y que tiene un tono melancólico, vemos a Tapia llevándose los apuntes de su amigo para escribir a partir de ellos la novela de Luis Alberto, para que Noemí quede al fin "escrita" (126). Detrás de la vida de una prostituta, el verdadero asunto del libro es la creación literaria.

"Puta linda" confirma, además, que la gran virtud narrativa del autor es una prosa transparente, fluida, funcional, siempre bajo control, con creciente tensión interna pero con remansos de humor, lo que asegura la convicción que produce el relato; aquí y allá, sin embargo, puede encontrarse algún desliz o descuido, como "no sumaba una suma considerable" (41). Esa prosa desnuda de adornos y complicaciones, de vanas pretensiones, es el signo de un narrador eficaz, para quien el lenguaje está completamente al servicio de su historia, y no al revés.


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