Viernes, 20 de abril de 2007
Especial: 40 años de Cien años de soledad


Gaboratorio. Convocados por Julio Ortega, varios destacados escritores latinoamericanos contemporáneos aceptaron testimoniar su experiencia como lectores de Gabriel García Márquez. El resultado: textos en los que el asombro, la complicidad y el entusiasmo por la obra del Nobel colombiano son la nota dominante. En exclusiva, ofrecemos a nuestros lectores una selección de este amplio reportaje.

Navegador
Por Julio Ortega

Volando de regreso a Providence, leía yo el primer capítulo de las memorias de Gabriel García Márquez cuando advertí que mi vecino leía otro libro suyo. Al mirar hacia la fila de al lado comprobé que alguien más estaba leyéndolo, y ya no me extrañó que en la fila posterior una lectora hiciera lo mismo. ¿Y si todos los pasajeros de ese vuelo estuviesen leyendo a García Márquez? Consideré las posibles explicaciones: l) estas novelas tienen la duración promedio de un vuelo, como otrora las de Stendhal postulaban un viaje en tren; 2) se trataba de una nueva ola migratoria del Sur que hacía de estos libros su documento de identidad; 3) leer volando es otra nostalgia del realismo mágico.

Pero en seguida concluí que cada lector no solo leía un libro diferente sino a un autor distinto. Aun si el libro era el mismo, cada uno estaría leyendo otra novela. Me pareció entender que García Márquez había convertido a la lectura en el acto novelesco por excelencia. Gabo, me dije, nos ha convencido de que leemos sus libros como sagas de la comedia humana latinoamericana. Pero, en verdad, en sus libros hemos aprendido que la lectura misma es la biografía de nuestro tiempo. Al modo de Cervantes y Borges, ha construido una enciclopedia de leer y de releernos como padres e hijos de la letra. Sus libros nos dicen que leer nos ha hecho lo que somos, y que la novela nos salva del pelotón de fusilamiento gracias a que seguimos leyendo. El tiempo se prolonga en una frase.

Bien visto, lo que leemos es el espectáculo del mundo como la disputa de las interpretaciones por explicarlo, habitarlo y, con mucha lectura, humanizarlo. Ocurre en estas novelas, una y otra vez: los hechos son debatidos, contradichos, recontados y, al final, releídos. A veces, como en Crónica de una muerte anunciada, las interpretaciones exigen una víctima, y Santiago Nasar es sacrificado como el primer mártir de la hermenéutica. Como las buenas víctimas propiciatorias, él es el único que ignora la intensa lectura que lo elige como muerto. En El general en su laberinto Bolívar es el héroe de la interpretación infinita, porque sigue disputando con su demanda de emancipación el sentido de cada pregunta por América Latina. En cambio, en Del amor y otros demonios, la niña ilegible que ha sido mordida por un perro rabioso en el sopor del siglo XVIII caribeño, suscita la interpretación como juicio relativo. Ella es el ángel criollo de la lectura: su supuesta enfermedad es leída abusivamente. Enclaustrada, acusada de bruja y endemoniada, al final, bajo la autoridad mayor de la lectura, la de la Iglesia, es exorcizada y muerta.

No me extrañó descubrir, antes de aterrizar en Providence, que el propio García Márquez ha leído de modo distinto sus novelas. Al comienzo de todo, como si fueran hijas del asombro y la abundancia, de esa primera lectura de América Latina, cuando la palabra "palmas" ponía de pie a las primeras palmas. "Por qué no me van a creer, si le creen a la Biblia", recuerdo que solía decir. Después, favoreció la lectura de Cien años de soledad como documental, y juró que podía probar que cada página venía directamente de la realidad. Pronto abandonó las licencias del realismo mágico (ahora mismo hay en inglés tres nuevas novelas sobre las propiedades sobrenaturales del chocolate), y sugirió que su Bolívar era hijo legítimo de la documentación. La Academia Colombiana de la Historia trató de refutarlo; pero, advirtió un historiador resignado, al final esa novela será leída como verdad histórica.

A esta saga de la lectura le faltaba su poética, y el autor la propone en Vivir para contarla. El memorable primer capítulo plantea una interpretación de la vida como una creación de la lectura. Desde su mismo nacimiento, sus padres se convierten en sus primeros personajes. Gracias a ellos, Fermina y Florentino viven en la inminencia epifánica de su novelización.

Y a esta biografía de leer le faltaba todavía su modelo de lectura: un Gaboratorio, digamos, donde los lectores testimonien su parte de ficción encendida por esas novelas. Este taller de leer estaría en movimiento perpetuo, y sería permutante e ilimitado. Cada lector lo puede hacer suyo, sumar su testimonio, y operar el recomienzo de esta biolectura. Los cien años de esta edad solar de la lectura son también los cuarenta de su rotación, y el instante de su recomienzo.

La mejor lectura
Por Rodrigo Fresán

García Márquez me enseñó con su ejemplo que se puede llegar a escribir un libro inmejorable y que, por lo tanto, no hay que darse por vencido a la hora de luchar por su esquiva pero posible existencia. Está claro -es casi seguro- que caeremos en el campo de batalla; pero no nos está permitido rendirnos en el intento de conquista y victoria, porque allí, en el horizonte, nos vigila la luminosa sombra de Crónica de una muerte anunciada.

No sé, no estoy del todo seguro, de si esta prueba incuestionable de que se puede escribir algo a lo que no le falta una palabra ni le sobra una coma es algo que me corresponda agradecerle como intimidado colega a García Márquez; pero lo cierto es que jamás podré agradecérselo lo suficiente como extático lector.

Así se lee también su vida -la crónica de una vida anunciada- y así sigo leyendo yo a Gabriel García Márquez.

Abrir uno de sus libros siempre es irse de viaje, olvidarse de esta supuesta realidad, volver a ese sitio de donde salen todas sus cosas.

Y ahora, que todas esas cosas vuelvan a una autobiografía magistral no solo es un acto de justicia poética: es, también, un premio para este lector que ahora la lee para vivirla y una recompensa para ese escritor que vivió para contarla.

Lectoras y lecturas
Por Alicia Borinsky

Como la lectora más explícita de la novela, Ursula hace y deshace a los personajes y tiene la capacidad de evaluación otorgada por el sentido común. Por ella se introducen los lugares comunes de la vida cotidiana que arman el espacio del hogar y la maternidad. Ursula es maestra de la anécdota, tiene control de detalles. Es un personaje en clave ética que va descubriendo claves narrativas en la forma de motivos que impulsan las acciones de los personajes. El registro femenino encarnado por Ursula es fundamentalmente responsable y se basa en una energía que pide coherencia ética y psicológica para el nivel del texto que ella autoriza.

La clave interpretativa propuesta por Remedios la bella se basa en su peligrosa belleza. Es objeto de pasiones que culminan en la muerte, fulminadas por el encanto de su aspecto y una atracción tan instantánea como enigmática. Remedios tiene una relación literal con el lenguaje. Es un personaje puro cuerpo, sin abstracción y articula un primer nivel de representación lingüística interpretable como lucidez o falta completa de inteligencia: "Parecía como si una lucidez penetrante le permitiera ver la realidad de las cosas más allá de cualquier formalismo. Ese era al menos el punto de vista del Coronel Aureliano Buendía, para quien Remedios, la bella, no era en modo alguno retrasada mental, como se creía sino todo lo contrario 'Es como si viniera de regreso de veinte años de guerra' solía decir."

Según esta perspectiva, su lenguaje es cifra, fruto de sabiduría, síntesis que elimina lo trivial. En lugar de ser retrasada mental, posee el don de la brevedad; en vez de carecer de poder de abstracción y vocabulario, adquiere la elocuencia atribuida a las religiones, la poesía, la filosofía aforística. Encarna, así la seducción de un camino equívoco para el conocimiento. Es simultáneamente meta, debido a su hermosura, y vehículo por su privilegiado uso de un lenguaje puro.

De este modo, Remedios, la bella, se integra a una galería de personajes cuyo silencio y apariencia se traducen en autoridad de conocimiento. En El informe de Brodie, Borges conjetura un rey perfecto a quien se corona después de elegirlo al azar entre una multitud de bebés. Se le cierran los orificios, se lo mete en una cueva y después se lo saca como estandarte para espantar a los enemigos. En El obsceno pájaro de la noche Donoso inventa una criatura similar que una vez nacida no será rey sino salvador.

Amaranta, guardiana de su virginidad, Fernanda prisionera de la religión y su imaginaria correspondencia médica, Remedios la bella con su desembozada fisiología, Rebeca vuelta a comer tierra después de una vida que aparece como mero interludio anécdotico, las prostitutas fieles a su sexualidad son personajes exhibidos en la novela como parte de la perplejidad que propone como respuesta a la pregunta sobre el carácter de la inteligencia que acompaña a una intensa figuración corporal. Suponemos que ellas saben cómo son, aunque no las conozcamos del todo, porque se conocen a sí mismas.

Estas mujeres tienen un secreto que no se devela pero sabemos que encierra, sin lugar a dudas, el nivel de la narración que nos incita a seguir leyendo la historia en su registro anecdótico.

Con respecto a la batalla por la autoridad genérica, el lector actual, menos interesado en las dicotomías entre los lectores machos y los lectores hembras, sigue pendiente de la inteligencia y misterio de las hiperbólicas mujeres que sostienen una novela capaz de inventarlas y ponerlas entre paréntesis al mismo tiempo. Esta, es, acaso, en parte una tarea de rescate capaz de arrebatar a la obra de algunas de sus propias intenciones. En la duermevela de la crítica, la visión ciega e iluminadora de Ursula invita más de una respuesta.

Lecturas en un puente
Por Enrique Vila Matas

Debieron sucederle a García Márquez muchas cosas en el puente de Saint-Michel, camino de la buhardilla donde imitaba, como podía, la vida o la escritura de su admirado Hemingway. Porque no he podido nunca olvidar ese día del que algunas veces él ha hablado, ese día en el que sintió los pasos en la niebla de un hombre que pensó que era un perseguidor, ese día en que, a diferencia de Hemingway, se sentía pobre y muy infeliz en París y se había pasado toda la noche calentándose en el "vapor providencial de las parrillas del metro," eludiendo los policías que le golpeaban en cuanto le veían, pues le confundían con uno de los tantos argelinos a los que masacraban en aquellos días en París: "De pronto, al amanecer, se acabó el olor de coliflores hervidas, el Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint-Michel, sentí los pasos de un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en el que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando".

Ese encuentro con su falso perseguidor en el puente de Saint-Michel me trae el recuerdo de la escena final de Isabel viendo llover en Macondo, el recuerdo de las primeras líneas que de García Márquez subrayé (tenía yo 21 años) y que modificaron discretamente mi concepción de la escritura, esas líneas que describían sucintamente la aparición de un perseguidor en la niebla tropical, una persona invisible que sonreía (la del puente de París, en cambio, lloraba) en la oscuridad.

En Isabel viendo llover en Macondo, tras el largo diluvio que se desploma sobre Macondo durante el lapso de tiempo que va de un domingo por la mañana a otro (y que hace que las personas del pueblo, paralizadas y narcotizadas por la lluvia, floten como en una niebla ardiente y que todo se detenga y quede anulado), el tiempo de pronto comienza a cambiar y escampa y se extiende un silencio, una tranquilidad, un estado tan perfecto como imaginamos que debe ser la muerte. En ese silencio misterioso y profundo se oye una voz clara y completamente viva. Luego un viento fresco sacude la hoja de la puerta, hace crujir la cerradura, y un cuerpo "sólido y momentáneo, como una fruta madura", cae profundamente en la alberca del patio. Entonces llegan las frases que subrayé como un loco:

"Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.

Dios mío -pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo-. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado".

Cuando en los días de mi juventud leí estas líneas, creí entender que el hombre invisible era Dios y que la escena que estaba leyendo evocaba en el paradisíaco trópico el comienzo de la Creación. Creí leer esto (porque estaba un poco loco, supongo) y también (ahí se ve que no lo estaba tanto) creí leer que la realidad cotidiana, transformada por la sensación de anulación del Tiempo producida por el diluvio, se parecía muy poco a la realidad a la que me habían acostumbrado, y me dije que tal vez, a partir de aquel día, tendría que entrecomillarla siempre. Todo eso fue lo que leí o me dije cuando en mi extrema juventud me acerqué -loco y cuerdo al mismo tiempo- por primera vez a la escritura de García Márquez. Pero esta mañana, con la idea de escribir estas líneas, he vuelto 34 años después a leer Isabel viendo llover en Macondo y desde el primer momento he sido consciente de que el cuento seguía siendo tan impresionante como lo recordaba, pero por motivos distintos. Esta mañana lo que me ha impresionado del cuento es la creación de una atmósfera que solo dejará de ser fascinante cuando la realidad vuelva a ser la de antes de que lloviera, es decir la de antes de que existiera el cuento.

Algo ha cambiado en mí esta mañana tras la operación de releer ese cuento en el que solo llueve. ¿Sólo? Aunque no hayamos leído a Dante, todos sabemos que en el Purgatorio el poeta nos dice: "Poi piovve dentro a l´alta fantasia" (Llovió después en la alta fantasía). Y también sabemos que un día Italo Calvino dio una conferencia partiendo de esta maravillosa constatación: la fantasía es un lugar en el que llueve. Tal vez eso pueda explicar que el cuento de García Márquez termine precisamente cuando en Macondo deja de llover, lo que convierte en triste e indeseable nuestro regreso a la baja fantasía de la realidad de antes de la lluvia. Y es que querríamos volver a Macondo. No querríamos alejarnos de la compañía de Isabel y de la lluvia. Como todos los buenos cuentos, se acaba demasiado pronto. Y más cuando, como hoy ha sido mi caso, nos sobra el tiempo. Hoy tenía todo el tiempo del mundo para escuchar el ruido de la lluvia y de la alta fantasía, pues terminé ayer la novela en la que llevaba trabajando meses y, salvando todas las distancias, me sentía como García Márquez el día en que, tras haber escrito dieciocho meses, todos los días, de nueve de la mañana a tres de la tarde, supo que aquella era la última jornada de trabajo, supo que su primera novela estaba terminada, sólo que terminada de forma demasiado intempestiva, a las once de la mañana: "Mercedes no estaba en casa, y no encontré por teléfono a nadie a quien contárselo. Recuerdo mi desconcierto como si hubiera sido ayer: no sabía qué hacer con el tiempo que me sobraba y estuve tratando de inventar algo para poder vivir hasta las tres de la tarde."

Ayer terminé de escribir mi libro. Habla de los días en que, a mediados de los setenta, viví en París en una buhardilla de la rue Saint-Benoit tratando de imitar a Hemingway en París era una fiesta. Y de paso, sin saberlo (como si me hubiera convertido, sin saberlo, en aquel perseguidor fantasma del puente de Saint-Michel o en el perseguidor del relato de Simenon), tratando de imitar a García Márquez, que vivió muchos años en una buhardilla de la rue Cujas, con su ventana que daba a los tejados del Quartier Latin y desde la que oía el reloj de la Sorbonne dando la hora, siempre escribiendo frente a la foto (clavada en la pared con un alfiler) de su novia, siempre con las rodillas pegadas al radiador de la calefacción, escribiendo una novela que se llamaría La mala hora, a la que seguiría La hojarasca, de entre cuyos borradores nacería un cuento que se desprendería de esos borradores y tendría fantasía y vida propia y mucho diluvio en él y se llamaría Isabel viendo llover en Macondo.

Maravillosa y sangrienta
Por Carmen Ollé
Si hay algo mítico y heroico en el universo narrativo de García Márquez son las mujeres que pueblan sus libros. Seres incomprensibles, que él rescata del anonimato. Gabriel García Márquez confiesa tener un hilo de comunicación secreta con las mujeres que, a lo largo de la vida, le ha permitido sentirse más cómodo y seguro entre ellas que entre hombres. Además, las mujeres son las que sostienen el mundo mientras que los hombres lo desordenan con "brutalidad histórica".

Mujeres como la tía Petra: "esbelta y sigilosa, con una piel de azucenas marchitas, una cabellera radiante color de nácar que llevaba suelta hasta la cintura, y de la cual se ocupaba ella misma. Sus pupilas verdes y diáfanas de adolescente cambiaban de luz con sus estados de ánimo". La tía Winifreda, Nana, "la más alegre y simpática de la tribu" o Francisca Simodosea, la tía Mama, la generala de la tribu que murió virgen a los setenta y nueve años: "se sentaba a peinarse la cabellera en un ceremonial sagrado de varias horas, consumiendo sin sosiego unas calillas de tabaco basto que fumaba al revés, con el fuego dentro de la boca".

Estos personajes son también el reflejo de un mundo oscuro, liderado por las curanderas y magas, que de día resulta fascinante y de noche inspira terror. Por ello, en medio de esas "tropas de mujeres evangélicas", la racionalidad masculina en la figura del abuelo, le devuelve al autor la tranquilidad y el orden necesarios para sentirse con los pies en la tierra. Así, el mundo de las mujeres y su universo femenino pertenece a la imaginación, a la ficción; por el contrario, el universo masculino al de la razón y a la realidad. En Vivir para contarla, García Márquez recuerda que quería ser como su abuelo: realista, valiente, seguro, pero nunca pudo resistir la tentación de asomarse al mundo de la abuela Mina, quien a pesar de la magia y la fantasía, supo ser el sostén de la casa en épocas difíciles. Ellas representan la profundidad y pluralidad del barroco frente a la claridad y linealidad del horizonte clásico. Mujeres que nos traen a la memoria las luchadoras sociales que, en época de crisis, dirigieron estoicamente la economía popular en nuestros países asolados por la miseria y las dictaduras fascistas.

Esas dictaduras de las que nos habla también en Relato de un náufrago García Márquez, cuando registra fríamente "el asesinato por la policía secreta de un número nunca establecido de taurófilos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador (el general Gustavo Rojas Pinillas) en la plaza de toros". Y cómo el hecho de haber relatado las peripecias del marinero Luis Alejandro Velasco, uno de los ocho miembros de la tripulación del destructor "Caldas" de la marina de guerra de Colombia, que cayeron al agua y desaparecieron en el mar Caribe en medio de una supuesta tormenta, allá por el año 1955, casi le cuesta "el pellejo". Porque Velasco resultó ser un falso héroe cuando se descubrió la verdad de la historia: el destructor "Caldas" llevaba mercancía de contrabando. Diez días que Velasco tuvo que pasar en una balsa sin comer ni beber, sorteando toda clase de peligros, entre ellos, a los temibles tiburones "saltando como delfines" sobre su precaria embarcación, en una narración que debe figurar entre los más excitantes relatos de aventuras.

García Márquez no es sólo un genial fabulador sino un cronista estupendo. Colombia se ve retratada en sus novelas y crónicas todo lo divina y maravillosa que es. Y todo lo sangrienta que, por desgracia, también es.

Amigo de los amigos
Por Carlos Fuentes

En sus memorias, La paja y el grano, Mitterrand recuerda que fue otro queridísimo amigo común, Pablo Neruda, quien le dijo: "Lea inmediatamente Cien años de soledad. Es la más bella novela producida por la América Latina desde la pasada guerra". Mitterrand conoce a García Márquez y escribe: "Es un hombre idéntico a su obra. Cuadrado, sólido, risueño y silencioso." Con William Styron, Arthur Miller y García Márquez, asistía a la rumbosa toma de posesión del Presidente Mitterrand en mayo de 1981. Durante el almuerzo de estado en el Elíseo, el nuevo presidente nos pidió que lo acompañáramos a su despacho a fin de atestiguar su primer acto de gobierno: firmar sendos decretos otorgándoles la nacionalidad francesa a Milan Kundera y a Julio Cortázar, ambos exiliados por las dictaduras, comunista la de Praga, fascista la de Buenos Aires. La cultura literaria de un presidente francés nunca sorprende. Neruda me contó que sus reuniones con el presidente Pompidou, siendo Pablo embajador de Chile en Francia, tenían como pretexto discutir la política económica del Club de París, pero en realidad eran largas pláticas sobre la poesía de Baudelaire. Lo que sorprende es que un presidente de los Estados Unidos lea libros. Cosa que descubrimos Gabo y yo una noche en Martha's Vinyard, escuchando a Bill Clinton recitar de memoria pasajes enteros de Faulkner, demostrar que él sí había leído el Quijote y por qué Marco Aurelio era su autor de cabecera. Pregunta innecesaria: ¿Qué habrá leído Bush? Y para cerrar el capítulo político, otro lector estadista: Felipe González, un hombre que habla como un libro, porque piensa como un libro porque ha leído todos los libros, y sin embargo -oh, Mallarmé-, no está triste. Digo que amigos y enemigos literarios Gabo y yo hemos tenido -no siempre compartido- muchos. Pero mirando nuestra vida de capítulos intercambiables, creo que hay un amigo escritor o mejor dicho un escritor amigo de ambos al que Gabo y yo colocamos por encima de todos. Es Julio Cortázar, y creo que ni Gabo ni yo seríamos lo que somos o lo que aún quisiéramos ser sin la radiante amistad del Gran Cronopio. En Cortázar se daban cita el genio literario y la modestia personal, la cultura universal y el coraje local ("Las Malvinas son argentinas -solía decir-. Los desaparecidos también"). Lo había leído todo, visto todo, solo para compartirlo todo. Una de las noches inolvidables de nuestra amistad ocurrió en el tren París-Praga en diciembre de 1968. Íbamos invitados por Kundera a mantener la ficción -es decir, la esperanza- de una cultura checa independiente en un país rodeado de tanques soviéticos. Cortázar fue hilvanando temas como un cuentista árabe de la plaza de Marrakech. Recordó todas las novelas que sucedían en trenes, en seguida las películas en trenes, y por último, a partir del swing de Glenn Miller, el ritmo de locomotora del jazz y, en particular, una memoria asombrosa, la relación entre el jazz y el piano... Cuando llegamos de madrugada a Praga, nos esperaba en la estación Kundera, que nos llevó a Gabo y a mí a un sauna y, cuando pedimos una ducha para quitarnos el calor, Milan nos condujo al río Ultava y nos empujó, encuerados como lombrices, al agua congelada. Recuerdo el comentario de Gabo cuando salimos morados del río: "Por un instante, Carlos, creí que íbamos a morir juntos en la tierra de Kafka".

AUTORES
4 Julio Ortega: Escritor y critico peruano, su libro más reciente es Transatlantic Translations (Londres, 2006).

4 Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963): Su ultima novela es Kensington Gardens (2003).

4 Alicia Borinsky (Buenos Aires): Su novela Mina cruel (1989) desconstruye los mitos de la pareja.

4 Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948): Con su novela El viaje vertical (1999) obtuvo el Premio Rómulo Gallegos

4 Carmen Ollé (Lima, 1947): Su libro de poemas Noches de adrenalina (1981) es uno de los mejores de la poesía peruana nueva.

4 Carlos Fuentes (México, 1928): Uno de los fundadores míticos de la amistad literaria como obra de arte.


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