Viernes, 20 de abril de 2007
Anatomía de un milagro narrativo


García Márquez y Cien años de soledad. Cien años de soledad se editó en un momento crucial para la narrativa latinoamericana, cuando Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes publicaban algunas de sus mejores obras. La de Gabo, sin embargo, se llevó casi todas las luces, convirtiéndose en uno de esos milagros en los que crítica y público se ponen de acuerdo inmediatamente.

Por Carlos Garayar

En 1967 dejó de ser cierta la tantas veces repetida afirmación, suscrita, entre otros, por Jorge Luis Borges, de que la literatura en español era reacia a la fantasía, y que por ese carácter esencialmente realista no teníamos obras comparables a las de, por ejemplo, la ficción anglosajona. Con la aparición de Cien años de soledad, la narrativa latinoamericana empezó, más bien, a ser vista en el mundo como sinónimo de exuberancia imaginativa.

La novela de Gabriel García Márquez llegaba en un momento extraordinario, esa década prodigiosa en la que nuestros mayores novelistas se lanzaron a la innovación en todos los órdenes. La muerte de Artemio Cruz (1962) y Cambio de piel (1967), de Carlos Fuentes; La ciudad y los perros (1962) y La Casa Verde (1966), de Mario Vargas Llosa; Paradiso (1966), de José Lezama Lima; Rayuela (1966), de Julio Cortázar; El zorro de arriba y el zorro de abajo (1969), de José María Arguedas, por citar algunas, cancelaban definitivamente el ciclo del regionalismo y abrían el de la novela contemporánea.

El público, como nunca lo haría después, sintonizaba con ese rumbo experimental, pero, incluso en tan buen contexto, la acogida de Cien años. puede calificarse de excepcional. Mario Vargas Llosa considera como una de las dimensiones de la "totalidad" -el ideal novelístico de su generación- esa capacidad de despertar el mismo fervor en todos los públicos, "su accesibilidad ilimitada, su facultad de estar al alcance, con premios distintos pero abundantes para cada cual, del lector inteligente y del imbécil, del refinado que paladea la prosa, contempla la arquitectura y descifra los símbolos de una ficción y del impaciente que sólo atiende a la anécdota pura" (1).

Las razones de esta acogida son muchas, pero tal vez las más notorias sean el entusiasmo narrativo, la libertad imaginativa y la fuerza poética de su lenguaje, indesligables, por supuesto, de sus reverberaciones significativas. Como pocas novelas, Cien años. es un torrente de acontecimientos que envuelven sin pausa al lector, llevándolo y trayéndolo en una especie de desorden circular, como lo haría un narrador oral. Ahora bien, aunque la crítica insiste mucho en la oralidad, en Cien años. ésta se define más por ese impulso y recurrencia que por la forma tradicional, es decir, la singularización lingüística de los personajes o del narrador.

García Márquez ha insistido en que la fantasía de su novela se queda corta ante los excesos de la realidad americana; de manera parecida, Alejo Carpentier había fundamentado en El reino de este mundo (1949) su propuesta de lo real maravilloso. Pero, partiendo de esta semejanza inicial, el realismo mágico da un paso adelante, pues si para Carpentier la maravilla era una forma de ver la realidad -que existía objetivamente, al margen de la percepción de los personajes-, para García Márquez la distinción entre el ser y el percibir queda abolida y, por lo tanto, se puede transitar libremente entre lo real y lo ficticio, como sucede -algo ya señalado por Vargas Llosa- en los libros de caballerías, notoria influencia en Cien años. .

De ahí esa suspensión continua que produce su lectura, el estado permanente de pasmo ante unas historias hechas de hipérbole y magia. En Cien años. los muertos hablan a los vivos, llueve durante más de cuatro años seguidos y Remedios la bella sube en cuerpo y alma a los cielos. Un prodigio ocurre cuando el anterior aún no ha terminado, y la naturalidad con que son relatados es un conjuro demasiado poderoso para que el lector pueda resistirlo.

La atmósfera de encantamiento de Cien años. se funda también en un lenguaje de ritmo -las frases iniciales de la novela son recordadas literalmente por muchos- y fuerza poéticos nunca antes vistos en una novela hispanoamericana. El caudal de figuras es incontenible y va desde las sencillas comparaciones hasta la adjetivación deslumbrante y formas más complejas, como las hipálages ("el clima atónito de su mirada", "la madrugada lúgubre del castaño") o imágenes del tipo de "el aire de los escarabajos y las dalias" o "los más altos pájaros de la memoria".

Cuando apareció, Cien años. fue interpretada, en clave sociológica, como una representación de la historia latinoamericana, visión en cierto modo respaldada por el propio autor en su discurso de aceptación del Nóbel. No obstante, es evidente que una interpretación literal de tal tipo no se sostiene, y que, aun si hubiese sido ése el propósito inicial, ocurrió con la novela lo que dice Borges del Martín Fierro: que, habiendo sido concebido como una protesta local y temporal, terminaron entrando en él "el mal, el destino y la desventura, que son eternos".

Como toda obra que accede a la categoría de clásico, Cien años. está llena de vida, que es la única garantía de permanencia del arte, y de símbolos, que interpretarán a su manera las generaciones futuras. García Márquez ha logrado el milagro de incorporar a nuestro mundo a seres como el coronel Aureliano Buendía, cuya terrible humanidad será ya siempre un espejo en el que tendremos que mirarnos.

(1) García Márquez. Historia de un deicidio. Barcelona, Barral Editores, 1971, p. 480.


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