Viernes, 20 de abril de 2007
Crónica de una novela anunciada


LOS PRIMEROS LECTORES DE MACONDO. Mucho antes de publicarse, Cien años de soledad ya era un título que provocaba expectativa en los círculos literarios hispanoamericanos. Entre 1965 y 1967 diversas revistas del continente -incluida la peruana Amaru, que dirigiera Emilio Adolfo Westphalen- dieron a conocer fragmentos y hasta capítulos enteros de la que sería, a la postre, la obra mayor de Gabriel García Márquez.

Por Agustín Prado Alvarado

Pocos años después de establecerse en México, Gabriel García Márquez habría de renunciar voluntariamente a sus trabajos alimenticios de guionista y redactor en agencias publicitarias con el único propósito de iniciar la escritura definitiva de Cien años de soledad. Encargó el gobierno de la casa a su esposa Mercedes Barcha, se instaló en "La Cueva de la Mafia" (su escritorio de su casa en San Ángel Inn) y empezó a tallar la historia de Macondo en su máquina Olivetti a partir del mes de julio de 1965, fecha que se extendió hasta una mañana de septiembre de 1966.

LOS PRIMEROS LECTORES
Los meses de encierro escribiendo la historia del mágico Macondo y los periplos de la familia Buendía estuvieron teñidos de angustia económica y, a la vez, de esperanza, por las visitas nocturnas de sus leales amigos como el poeta Álvaro Mutis, los españoles Jomí García Ascot y María Luisa Elío (a quienes dedicaría la novela), el cineasta Arturo Ripstein o el editor Emmanuel Carballo, quienes fueron los lectores y oyentes casi cotidianos de la novela durante el proceso de su escritura.

Sin embargo, este privilegiado grupo empezó a perder la exclusiva cuando algunos capítulos de Cien años de soledad comenzaron a circular en revistas de literatura latinoamericana, originando una de las mayores expectativas en ciertos cenáculos literarios. Justamente el diario El Espectador de Bogotá, donde García Márquez trabajó de reportero y corresponsal en los años 50, publicó el primer capítulo de Cien años de soledad el 1 de mayo de 1966.

Carlos Fuentes, a la sazón radicado en París, leyó los primeros tres capítulos enviados por su amigo Gabo, y cautivado escribió un artículo encomiástico "García Márquez. Cien años de soledad", en La cultura en México, suplemento de Siempre (29 de junio de 1966): "Acabo de leer las primeras setenta y cinco cuartillas de Cien años de soledad. Son absolutamente magistrales [.] Macondo se convierte en un territorio universal, en una historia casi bíblica de las fundaciones y las degeneraciones, en una historia del origen y destino del tiempo humano y deseos con lo que los hombres se conservan o destruyen". Estos tres primeros episodios fueron facilitados a Julio Cortázar quien se contagió del entusiasmo del novelista mexicano.

El encantamiento sufrido por Carlos Fuentes contagió a más personas, como el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, quien empezaba a dirigir en París la notable revista literaria Mundo Nuevo y en agosto del 66 (en el Nº 2) editó el segundo capítulo; una segunda entrega de la novela apareció en esta revista en marzo de 1967.

La magia de Macondo, antes de convertirse en libro, continuó seduciendo a más lectores hispanos cuando revistas como la entrañable Amaru, de Lima, estrenado su primer número en enero de 1967 publicaba el capítulo doce con el título de "Subida al cielo en cuerpo y alma de la bella Remedios Buendía". La edición de Amaru presentaba también en la sección de crítica un escrito de José Miguel Oviedo "García Márquez, la infinita violencia colombiana". En este texto Oviedo revisa la obra del escritor colombiano examinado el territorio imaginario de Macondo para compararlo atinadamente con el condado de Yoknapatawpha de William Faulkner. Enlazando argumentalmente los libros de García Márquez su crítica también anuncia la venida de Cien años de soledad: "Su última novela, Cien años de soledad (de la que conocemos un asombroso capítulo publicado por "Mundo Nuevo", Nº 2), aparecerá en Buenos Aires con el sello de Sudamericana, que puede garantizarle la circulación internacional al primer intento". Otras páginas donde se divulgó la novela fue la revista Eco de Bogotá cuyo número 82, de febrero de 1967, editaba para el público colombiano el capítulo 17.

LOS NUESTROS
Escrito primero en inglés por Luis Harrs el libro Los nuestros (impreso recién en español en noviembre de 1966) cumplió también la misión de detallar algunos pasajes de la todavía inédita como libro Cien años de soledad. Pero, el mayor acierto de Luis Harrs ocurrió a finales de 1965 al convertirse en heraldo entre García Márquez y el editor español Francisco Porrúa, director de la prestigiosa editorial argentina Sudamericana donde se publicó Los nuestros.

De los diez escritores examinados en Los nuestros Paco Porrúa desconocía los libros de Gabo, pudiendo leerlos por préstamo de Harrs. Al concluir su lectura contactó epistolarmente con Gabo. En su respuesta ofrecía su nuevo libro, "en el que he puesto muchas esperanzas". Paco Porrúa reclamó un adelanto y le fueron enviados los cuatro primeros capítulos de Cien años de soledad. Con la adquisición de esta novela Porrúa coronaba nuevamente su oficio de editor pues anteriormente había editado Rayuela, de Julio Cortázar y apostado por Juan Carlos Onetti

LA MALA HORA DE CARLOS BARRAL
Uno de los mitos errados que rodearon Cien años de soledad es haberle atribuido injustamente al poeta y editor Carlos Barral el rechazo de la novela para el sello Seix Barral. Es cierto que la primera novela de Gabo, La hojarasca, fue vapuleada en 1950 por el crítico español Guillermo de Torre -cuñado de Jorge Luis Borges- quien dirigía la editorial Losada en Argentina y es posible que esta amarga experiencia haya contribuido a enmarañar más el malentendido de los miopes editores incapaces de valorar una pieza maestra.

García Márquez envió hacia finales de junio o julio de 1966 un telegrama a Barcelona donde le proponía a Carlos Barral una lectura de su novela. Pero aquellas fechas marcan el inicio de las vacaciones estivales en España, de manera que Barral ni se encontraba, ni pudo responderle, ni tuvo la novela mecanografiada en sus manos (incluso el libro todavía no estaba terminado).

Otro dato que corrobora la inocencia del editor catalán, quien fue además figura medular para el surgimiento del Boom hispanoamericano, es el contrato firmado por Gabo el 10 de septiembre de 1966 con la editorial Sudamericana para editar Cien años de soledad. Con este compromiso, sellado por su rúbrica, se hacía imposible que entregara su novela a otro editor. Posteriormente ambos García Márquez, en declaraciones, y Carlos Barral en sus memorias esclarecieron lo realmente sucedido aunque nunca pudieron derrotar del todo la mala hora de este equivocado mito editorial. Finalmente, en 1967 apareció Cien años de soledad y desde entonces, algo cambiaría para siempre en las letras latinoamericanas.


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