Viernes, 20 de abril de 2007
El libro de las generaciones


Macondo y sus orígenes literarios. El exuberante y esplendoroso universo de Macondo no se cristalizó espontáneamente: en su conformación aparecen claras referencias a Borges, a Pedro Páramo y a las novelas fundadoras de Rabelais y Cervantes.

Por Peter Elmore

En junio de 1967 salieron de una imprenta bonaerense los ocho mil ejemplares de la primera edición, prontamente agotada, de Cien años de soledad. Año y medio de obsesiva redacción le había tomado la obra a su autor, Gabriel García Márquez, pero la saga del exuberante linaje de los Buendía en el mítico pueblo colombiano de Macondo lo había asediado desde mucho tiempo antes. La consagración del libro fue inmediata y, antes de que llegara a su término la mal llamada década del Boom, el consenso de la crítica y los lectores ya había dictaminado que Cien años de soledad era la novela más importante del decenio. Ilustración lograda de la "novela total" y obra maestra del realismo mágico, Cien años de soledad se convirtió para muchos en la cifra y la cima de la narrativa latinoamericana.

La escritura como iluminación
"El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas" reza la única oración que la novela cita de los manuscritos de Melquíades, cuyo texto profético encierra la historia de Macondo y los Buendía desde su génesis hasta su apocalíptico final. Aureliano Babilonia es el riguroso lector que, dentro de la historia, consigue descifrar los crípticos versos en sánscrito que el mago gitano entregó un siglo antes al patriarca José Arcadio Buendía. Entre todos los artificios, ninguno se revela más poderoso que la escritura. De hecho, ella ordena, forma y consuma el orbe autónomo de la ficción, que a su vez propone una imagen crítica de la realidad histórica. El arte de leer, por eso, supone un compromiso intenso de la imaginación y de la inteligencia. No es difícil reconocer la filiación borgesiana de esa ética de la creación y la recepción literarias. En un libro que generosamente disemina homenajes a textos y escritores, la figura tutelar de Jorge Luis Borges es perceptible tras la presencia de Melquíades (que, se lee en el primer capítulo, iluminó la infancia de la segunda generación de los Buendía con sus "relatos fantásticos").

El laberinto y el espejo, motivos emblemáticos de las ficciones de Borges, sirven en Cien años de soledad para representar no solo el curso intrincado de generaciones de José Arcadios y Aurelianos, sino para revelar la índole misma del pueblo de Macondo, al que en un sueño premonitorio su fundador ve bajo el aspecto de "una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo". En "El arte narrativo y la magia", Borges escribió que en una novela "todo debe ser un juego preciso de vigilancias, ecos y afinidades". La estructura de Cien años de soledad -pródiga en simetrías reveladoras y reverberaciones deslumbrantes- demuestra espectacularmente esa lección. Así, por ejemplo, la peste del insomnio -esa aflicción que priva primero del sueño y luego despoja al individuo de la memoria- tiene su contraparte, al comienzo de la sección final de la novela, en el velo de olvido que cubre la masacre de tres mil cuatrocientos ocho trabajadores con la que el gobierno sofoca la huelga bananera.

Periferia radical
Excéntrica y extrema, la realidad de la ficción ignora las restricciones del sentido común y admite, con frecuencia, la violación de las leyes físicas, incluida entre éstas la de la gravedad (así, por ejemplo, el padre Nicanor levita cada vez que bebe una taza de chocolate y Remedios la Bella asciende a los cielos). La llamativa abundancia de milagros y portentos es, por cierto, el rasgo al que los numerosos imitadores de Cien años de soledad han solido reducir el realismo mágico. Más importante es notar que, desde la perspectiva de la modernidad y los centros metropolitanos, Macondo tiene un carácter hiperbólicamente premoderno y radicalmente periférico. Esa doble condición -cuya raíz es política, económica y cultural- hace que, irónicamente, los objetos y los actos se valoren de una manera peculiar, invertida. Las predicciones certeras de las barajas o el largo recorrido de un hilo de sangre hasta el hogar materno no producen tanto asombro como la daguerrotipia o la fabricación de hielo: la tecnología moderna aparece así como la irrupción prodigiosa de la diferencia sobrenatural.

Las ficciones de Lewis Carroll -Alicia en el país de las maravillas y, sobre todo, A través del espejo- y Las mil y una noches se ubican en el espectro de referencias que la novela acoge. Se encuentran también ahí los textos fundadores del género mismo: el Quijote, de Cervantes, y Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais. Sin dejar de ser maravilloso ni cómico, el mundo de Macondo es también histórico y trágico. No en vano los hitos del relato son dos acontecimientos documentados. En efecto, el tratado de Neerlandia -que en 1902 clausura el ciclo de guerras ente liberales y conservadores- y la huelga bananera de 1928 ciñen el relato al devenir del estado nacional colombiano. El examen y la figuración del vínculo entre las urbes y las periferias rurales marca, sin duda, una de las vertientes principales de la literatura latinoamericana. Por ese cauce discurren Facundo, de Sarmiento, Los sertones, de Euclides da Cunha, Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, Los pasos perdidos, de Carpentier, Gran sertón: veredas, de Guimaraes Rosa y, ciertamente, tanto Pedro Páramo, de Juan Rulfo, como Cien años de soledad.

Comala y Macondo
Entre los muchos guiños literarios de la novela está una frase tomada literalmente de Pedro Páramo. De Remedios se dice en un pasaje lo mismo que, en la novela del autor mexicano, se afirma de la desdichada Susana San Juan: "No era de este mundo". No es la mayor coincidencia entre las dos obras mayores del realismo mágico. Comala y Macondo son transfiguraciones de pueblos situados en áreas -Los Altos de Jalisco, el Caribe colombiano- que, empobrecidas y postergadas, tienen sin embargo a su favor la riqueza de una vasta tradición de cultura oral y popular. Además, en ambas novelas el incesto es el umbral -temible, deseable- que los personajes tienen prohibido cruzar.

Los reiterados ciclos de los nacimientos y las muertes, que pautan el movimiento de la trama, están condenados a concluir cuando se viole la ley del incesto: las generaciones de los Buendía comparten el temor a engendrar el vástago con cola de cerdo, pero no pueden negar la fuerza de un deseo erótico que expresa, ambiguamente, la nostalgia del origen y la inconciente voluntad de acceder a un estado anterior a cualquier sociedad humana. Así, el tabú y la propensión a transgredirlo son parte del patrimonio de los Buendía, que como todo el mundo del relato está sujeto al ritmo de las repeticiones y las recurrencias. Dramáticamente, el poder de ese doble legado escribe el destino del linaje. Por eso, no es contradictorio que quien descifra los manuscritos de Melquiades sea también el padre de la última criatura de la estirpe. Melancólico y fantástico, el final de la novela funde el orden de la reproducción con la esfera de la representación. En efecto, con el hijo anómalo y con la palabra revelada culminan, en algunas de las mejores páginas de la prosa latinoamericana del siglo XX, la trayectoria de la familia épica y el tiempo del pueblo que el patriarca fundó. A cuarenta años de su publicación, es indiscutible que Cien años de soledad ocupa con justicia un sitio de privilegio en el canon de nuestra literatura.


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