Si alguna vez soñaste con volar o tienes ganas de hacer algo distinto en Lima, toma un paseo tándem. Deportistas experimentados te llevan a un fascinante viaje por los aires, sin turbulencias ni movimientos temerarios. No necesitas experiencia, ni siquiera tener más de 5 años.

Foto: Sebastián González

Foto: Sebastián González

El punto de partida de los vuelos biplaza en parapente es el parapuerto Miraflores, un lugar estratégicamente ubicado sobre una ladera que goza de viento constante y frío proveniente del mar que hace posible volar en cualquier época del año.

La experiencia es única no solo porque son pocos los sitios en el mundo donde se despega y aterriza sobre el mismo sitio (en la mayoría de ciudades se salta desde una colina, por ejemplo, y se desciende en otro punto) sino porque además se sobrevuela la cara más bonita de la única capital de Sudamérica que mira al océano. Hasta The New York Times la recomienda para disfrutar 36 horas en nuestra capital. Si todavía no te lanzaste, aquí te doy algunas pistas para que te animes.

EN SUS MARCAS…

Con Sebastián, el fotógrafo que me acompañó en esta aventura, llegamos al parapuerto poco después de las 2 de la tarde. Para nuestro pesar no había ni una ráfaga de viento. Nos quedamos alrededor de dos horas esperando volar. Vimos pasar a extranjeros, peruanos, grandes, chicos e incluso familias enteras que querían hacerlo pero las condiciones no lo permitieron.

“Nosotros volamos con vientos de entre 15 y 30 kms. por hora. Esto lo medimos a través de una miniestación de viento que controla también la humedad y la temperatura ambiente. A la vez, cada piloto lleva un dispositivo bajo la manga para medir el viento durante el vuelo”, me explica Alex Schweig, el parapentista que me llevó a ver la ciudad y el mar desde otra perspectiva.

Foto: Sebastián González

Alex fue el piloto que me llevó a ver Miraflores desde otra perspectiva. / Foto: Sebastián González.

Alex es el instructor más joven del parapuerto. Con solo 22 años ya cuenta con ocho de experiencia en el aire. Este joven barista y estudiante de cocina descubrió su pasión por este deporte desde muy pequeño. A los catorce ya practicaba solo, poco después se especializó en acrobacias y ha participado en competencias nacionales.

Pese a su buen currículum le pregunto por la seguridad: “En el Parapuerto somos 24 pilotos certificados por la Asociación Peruana de Instructores de Parapente Tandem (APIPT), la Asociación Peruana de Vuelo Libre y la Federación Aeronáutica Internacional. Para volar aquí debemos tener como mínimo 7 años practicando este deporte”.

A ello agrega que los equipos son revisados cada tres meses para mantener los estándares de calidad. Piloto y pasajero llevan arneses certificados, que tienen protectores lumbares para evitar daños en caso de colisión. También, chalecos salvavidas automáticos que se activan al contacto con el agua y un paracaídas. Los pilotos están comunicados por radio UHF y en tierra, tienen un comisario de vuelo que dirige el tráfico.

¿El pago incluye seguro? —reitero para quedar convencida— sonríe y me dice que sí. Todos los pasajeros viajan cubiertos por una póliza integral de riesgo que paga la APIPT mensualmente y que está incluida en el precio del servicio.

LISTOS Y ¡A VOLAR!

Al otro día volvimos. Alex me comunicó que había buenas probabilidades. Sin embargo, la sensación de calor y la falta de aire de este intenso verano me hacían pensar que una vez más nos quedaríamos en tierra. Bajé del auto sin mucha esperanza, Sebastián ya estaba haciendo algunas fotos y apenas encontramos al piloto nos dijo: “Ahora mismo volamos”.

Fotos: Sebastián González

Fotos: Sebastián González

Casi sin pensarlo, estábamos firmando la hoja de descargo o release –que es adosada para el seguro– y poniéndonos el equipo. No hubo tiempo para nada más. Sebastián partió. A los pocos segundos, mientras otra pareja caminaba hacia el abismo y me unían con un arnés al joven piloto, dije con voz temblorosa: “Creo que ya no quiero volar”.

Alex preguntó de inmediato: ¿estás segura? Una voz me decía salta, no pasa nada y otra gritaba con furia lo contrario. Avanzamos unos pasos, él repetía palabras que me tranquilizaban, quise cerrar los ojos pero no pude y con un nudo en el estómago dimos el gran salto al vacío.

Había unos 78 metros de distancia del suelo que me hicieron vivir segundos de nerviosismo. Luego encontré la calma propia de un vuelo costero, sin movimientos bruscos, ni subidas y bajadas. Solo quedaba admirar la ciudad desde el cielo y agradecer porque “sin ese empujoncito no la hacía”.

Foto: Sebastián González

Foto: Sebastián González

Mientras miraba el Faro, el mar repletito de tablistas y los edificios del malecón más cerca de lo que esperaba, recordé mi primer vuelo. Hace seis años me lancé a esta aventura, en ese mismo escenario y con otro experimentado parapentista. Al parecer, olvidé por completo que no había por qué temer. Sin embargo, una vez más, rompí mis miedos.

Y lo disfruté tanto que ya no quería volver a tierra. Tal y como me dijo Alex antes de subir, esto libera. Es como si dejaras todo allá abajo y solo hubiera espacio para disfrutar. El descenso fue rápido, con poca cabida para la nostalgia. Sin aspavientos ni estrés.

Foto: Sebastián González

Foto: Sebastián González

Niños desde los 5 años y adultos hasta los 70 pueden ver la costa miraflorina a vista de pájaro. Este parapuerto funciona todo el año desde las 10:30 a.m. hasta las 5:30 p.m. La experiencia dura 10 minutos, cuesta US$ 80 por persona y te regalan un video de tu experiencia.

Aquí un poquito de lo que viví aquella tarde como para alentarte a despegar. Estoy segura que si lo haces una vez querrás repetirlo siempre. Y no olvides seguirme en Facebook e Instagram. Nos vemos en la próxima parada.

* Imagen destacada: Sebastián González.