Un nuevo día en la cola del McDonald’s es un nuevo estudio de la variedad de formas que nos legó la evolución. Bajitos, larguiruchos, maceta y gigantes, todos encontraron su propio camino hacia este momento de sus vidas. ¿Es el McFlurry una recompensa justa para tantos meses de abstinencia? Esa es la parte que no me queda del todo clara.

Delante en la fila, Aimee Boorman se lleva dos desayunos con huevo y tocino, y ninguno para Simone Biles. “Hoy descansa, mañana entrena y el domingo vuelve a competir”, me cuenta la entrenadora, mientras busca un “Globo Olímpico” -el diario de Río 2016- que no esté empapado por la lluvia. Boorman se ha convertido en la responsable de los recortes de periódico mientras Simone permanece en el aislamiento de la Villa Olímpica.

Entre otras cosas, Boorman comenta que los padres y la hermana de Simone han estado esta mañana en “The Today Show” de NBC, y que va a tener que preparar a la campeona olímpica para la ola de fama que encontrará en casa.

Destino parecido, pero lleno de compasión, les espera a los segundos de unos Juegos Olímpicos. Estudios de satisfacción han probado que los medallistas de bronce se sienten mejor que los de plata por un proceso de pensamiento contrafáctico. Un medallista de bronce cree que una medalla es mejor que ninguna, mientras uno de plata compara sus logros objetivos con el oro que pudo ser.

Por eso era desgarradora esta foto de Viktoria Komova en Londres 2012.

 

Y así quedó Oleg Vernaiev después de su derrota del miércoles, 0.099 puntos por detrás de Kohei Uchimura.

 

Pero esta vez, en nombre de la resiliencia, los segundos sí levantaron la cabeza.

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Hace cuatro años, una apelación de última hora de Japón le quitó la medalla de bronce a Ucrania en la final por equipos. El programa de gimnasia de ese país, en larga agonía desde su independencia de la Unión Soviética, hubiera agradecido ese premio. Regresar de Londres con las manos vacías significó un recorte de los escasos medios dedicados a ese deporte.

Menos dinero implicaba más precariedad en las instalaciones. Los equipos de gimnasia necesitan constante renovación, y el gimnasio de Kiev ni siquiera tenía un suelo completo. La atención médica no pasaba de los primeros auxilios y Nikolai Kuksenkov (cuarto lugar en el all-around de Londres) ´se fue a competir por Rusia para poder prolongar su carrera. Oleg Stepko, otra de las promesas adolescentes de Ucrania, se mudó a Azarbaiyán, donde el petróleo empezó a pagar gimnastas nacionalizados y todos los mimos que pudieran desear.

 

Luego vinieron la guerra, la invasión rusa y la anexión de Crimea. Oleg Vernaiev siguió practicando sus diagonales de suelo sobre la pista del salto de potro. Para conseguir algo de financiamiento, compitió en todas las competencias internacionales, oficiales y amistosas, que se celebraron durante los últimos cuatro años. Un trajín poco recomendado para un gimnasta de su nivel, que lo obliga a encontrar su pico de rendimiento el triple de veces que sus rivales.

Todo para chocar siempre con la misma pared: Kohei Uchimura. Vernaiev incluso demoró en encontrarla. Limpio de líneas y con extensión hasta la punta de los dedos, el gimnasta de Donetsk era inconsistente -quizá por la sobrecarga- y nunca terminaba de ejecutar sus seis rutinas en un mismo día. Hasta el último lunes.

 

Algunas décimas de dificultad por encima de Uchimura, Verniaiev completó con éxito sus seis aparatos, y ganó su primera medalla en el all-around cuando más importaba. Con 22 años, la oportunidad de destronar al rey Kohei regresará.

“¿Si debería esperar a que Kohei se retire para ganar el oro con facilidad? No estoy de acuerdo”, declaró en la conferencia de prensa posterior. “Quiero que Kohei sepa que quiero seguir viéndolo competir, y que haré lo mejor para alcanzarlo”.

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Como sucedió con Uchimura en los primeros años de su reinado, competir con Simone Biles equivale a pelear por los extremos del podio. Por eso, la medallista de plata tiene derecho a sentirse la mejor de lo humanamente posible. Aly Raisman lo ganó porque lo quiso más.

Dedicarse a la gimnasia implica convertirse en una trabajadora maníaca. Jornadas de entrenamiento a doble turno, seis días a la semana, 40 horas en total, son las demandas comunes del deporte. Pero, desde sus inicios, Raisman trabajó incluso más duro que sus compañeras.

“Nunca pensé que era lo suficientemente buena, por eso me esforzaba tanto”, recuerda siempre.

 

Realmente no lo era. Alexandra Raisman era la jugadora de equipo, la columna vertebral, la señora consistencia, pero nunca una gimnasta exquisita. Con problemas de forma en la mayoría de sus elementos, la gimnasta de Boston se apoyaba en la dificultad de sus rutinas y en un condicionamiento físico superior para compensar sus deficiencias en la ejecución.

En el 2012, un entrenador peruano que trabajó en Brestyan’s -el gimnasio de Raisman- regresó al Perú con historias de jornadas maratónicas en busca del boleto para Londres. “Yo la he visto llorar a esa chiquita todos los días, de frustración y de cansancio”, me contó.

En los Juegos Olímpicos del 2012, Raisman sorprendió al clasificar segunda a la final individual all-around y dejar afuera la campeona mundial, la estadounidense Jordyn Wieber. A la hora de la verdad, los pequeños errores se sumaron y, en el empate con Aliya Mustafina por el tercer lugar, la rusa se llevó la medalla de bronce por sus notas en ejecución.

Raisman se fue de Londres con un bronce en viga y un oro en suelo. Aumentó de peso, participó en “Bailando con las Estrellas” y se tomó un tiempo para ir a la universidad. Hasta que decidió cambiar el final de su historia.

 

Mihai Brestyan, su entrenador, la sometió a un año de disciplina, para asegurarse que realmente iba en serio. Raisman volvió al equipo de Estados Unidos a inicios del 2015, tuvo una performance regular en el mundial de ese año y lo tomó como motivación para buscar más.

La nueva Raisman no es una versión perfecta, pero es su mejor versión. De temer por sus ligamentos, acabé aplaudiendo sus Amanar -uno de los saltos de potro más complejos- desde la tribuna de prensa, en el entrenamiento de podio de Río 2016. Alexandra Raisman era cuatro años mejor, y lo probó el jueves con un programa modesto en asimétricas, pero consistente en todo lugar.

Su suelo todavía no tiene una coreografía decente, y la música está ahí solo para aplaudir, pero, mientras clava una tras otra sus diagonales, hasta los puristas nos rendimos. La ética de trabajo ha ganado. Entre lágrimas, la campeona de lo posible lo sabe.

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