Desde que soy mamá he aprendido a dominar el arte de leer cuentos. De hecho, no recuerdo un solo día en el que mi hija no me haya pedido que le lea “un cuentito, por favor”. Definitivamente, la hora del cuento ha trascendido las noches para convertirse en una actividad que a Almudena le gustaría compartir conmigo al despertar, mientras toma desayuno, cuando va al baño, después del almuerzo, en fin, pareciera que cualquier momento es bueno para escuchar a mamá leer una nueva historia.

Sin embargo, de entre toda la gama de lecturas que hay para elegir, no he podido evitar que en el librero de Almudena se cuelen esos cuentos tradicionales que tanto daño le han hecho a nuestra concepción sobre el amor.

La Bella y la Bestia: síndrome de Estocolmo. La Bella Durmiente: no hay problema en ser besada sin consentimiento previo. Rapunzel: la princesa que necesitaba ser rescatada. La Sirenita: está bien renunciar a todo -incluso a tu propia voz- por amor. Toda una serie de mensajes nocivos de los que, desafortunadamente, todavía no somos capaces de desprendernos. O que tal vez ni siquiera habíamos podido reconocer.

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Pero la responsabilidad de todo no la tiene Disney. El mensaje se sigue propalando en telenovelas, canciones, comerciales, unipersonales, paneles, carteles, publicidad para eventos, etc.  Se nos enseña, desde siempre, que uno de nuestros principales logros va a ser encontrar al hombre o mujer de nuestra vida, que no estamos completos si no encontramos a nuestra “media naranja”, esa otra parte que nos “hacía falta” para ser felices. Ese chico o chica sin el que antes “no éramos nada”.

Es a esto a lo que se le llama amor romántico. Este concepto trastocado que termina justificando conductas represivas e incluso violentas porque “el amor lo aguanta todo” o porque “amar duele” y literalmente le duele a ese 70% de mujeres que sufre violencia doméstica en nuestro país, porque en lugar de enseñarnos que no debemos poner las necesidades de otros por encima de las nuestras, nos enseñan que amar es sacrificarse al punto de perderse a uno mismo y que los celos son una muestra de afecto. Y en vez de enseñarnos a decir basta cuando una situación es dañina para nosotros, nos enseñan que el verdadero amor todo lo perdona y debe ser para siempre.

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Imagen de la campaña iniciada por el Ministerio de la Mujer para prevenir conductas agresivas en las relaciones de pareja

 

«“Por amor” aguantamos insultos, violencia, desprecio. Somos capaces de humillarnos “por amor”, y a la vez de presumir de nuestra intensa capacidad de amar. “Por amor” nos sacrificamos, nos dejamos anular, perdemos nuestra libertad, perdemos nuestras redes sociales y afectivas. “Por amor” abandonamos nuestros sueños y metas, “por amor” lo dejamos todo… Por eso este “amor” no es amor. Es dependencia, es necesidad, es miedo a la soledad, es masoquismo, es fantasía mitificada, pero no es amor». – Coral Herrera Gómez.

Pensemos también en esas grandes demostraciones de amor, ¿qué pasa si una chica no corresponde a una muestra de afecto pública y grandilocuente? Muy probablemente quede como una insensible, pero ¿estamos acaso obligadas a corresponder porque alguien haya hecho “suficientes méritos”? Pareciera que esta teoría de “el que la sigue la consigue” estuviese directamente relacionada con los sentimientos que deberíamos tener: mientras más hayas dicho o hecho, más derecho tienes al amor de quien te gusta, porque te lo mereces y, entonces, bien podrías querer exigirlo, ¿verdad?

Así, las mujeres vamos aprendiendo que debemos aceptar a quien se esfuerza por nosotras porque es bueno y merece ser correspondido. Esta es una consecuencia peligrosa del amor romántico porque el cariño por alguien no se puede imponer bajo ninguna lógica; sin embargo, es un lugar común, allí está. Se acepta y se perpetúa.

Quizá siendo adultos podamos  aprender a reconocer estos episodios y –ojalá- hacer algo por erradicarlos de nuestra vida. Puede que esto deba ser una decisión personal; sin embargo, si tenemos un niño a cargo, es nuestro deber enseñarle que no necesita a una pareja para sentirse pleno y feliz, que dentro suyo tiene todo lo que hace falta para lograr sentirse realizado, que es importante amarse a sí mismo y que, si en algún momento decide compartir una etapa de su vida con una pareja, hay situaciones que simplemente no se pueden tolerar. Que nada que nos haga daño está bien porque el amor no se trata de sufrir sino de cuidar al otro y ser cuidado también. De construir relaciones equitativas, sin jerarquías, basadas en la libertad.