Aún conservo la imagen de mi padre vistiendo un vividí blanco, mirándose al espejo, afeitándose despacio, provisto de una afilada navaja, muy relajado y siempre en la compañía de una antigua radio Phillips de carcasa negra de plástico y con un sistema de tubos y transistores. Había que esperar que la radio caliente unos cinco minutos para que funcione. El aparato era grande, de similar proporción a nuestros hornos microondas, y sólo había la posibilidad de escuchar las noticias o canciones propaladas por la radio que únicamente captaba la señal de una frecuencia hoy ya casi olvidada, la amplitud modulada (AM). Este armatoste era el gadget (aparato tecnológico) preferido de mi padre, quien había hecho de rasurarse y escuchar noticias un ritual mágico matutino que yo compartía atentamente sin que él se percatara, mientras tanto yo desayunaba y observaba como él disfrutaba de ese momento. Seguir leyendo...