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Recuerdo aquella ventana ubicada en la parte alta del muro, al final del patio de mi casa y que le pertenecía a mi vecina, la señora “China”. En ese tiempo, yo tendría siete u ocho años. Pero, ¿qué de particular tenía aquella ventanita? El muro de la discordia: Como creo que le puede haber sucedido alguna vez en su vida a muchos, la vecina de la noche a la mañana pasó de ser comadre e íntima de mi madre, a convertirse en una encarnizada adversaria. A partir de esa ruptura, la ventanita no sólo dejaba pasar la luz y ventilación, por ella también empezaron a transitar criollos mensajes, con insultos sazonados de ajos y cebollas: críticas, indirectas, sarcasmos y hasta pistas musicales, que hacían referencia al sin sabor entre las ex amigas. Terribles momentos de mi niñez por culpa de la bendita ventana. Seguir leyendo...