26 de noviembre del 2014 20 °C

Ella y él.

Los conocí en el verano del 2005, aunque no fui yo quien los presenté. Vale decir que él es un médico y ella una rutilante modelo. Hoy la historia es otra. Él arremete contra el muro. Lo suyo es quebrar inútilmente los crepúsculos. Ella y él. Ella abordó un avión rumbo al Este, se perdió en la espesura del aire helado para siempre. Correos sin vuelta, señales de humo, versos con pie de página, muros. Ella y él. Ella se montó en un ave. Él nunca la volvió a ver. A ella poco le importa. Él no ha dejado de fumar. Trepidante corazón, desgarros de entrañas. "El el amor", piensa él, mientras triza el corazón como una jarra. Seguir leyendo...

Instrucciones para lograr la paz interior

Epicuro la llamaba "ataraxia", los estoicos también la reconocían y es, en sus términos, la ley del Zen, de los ascetas y de todo aquel que busque vivir en paz. Ausencia de turbación interior, serenidad, quietud, llámalo como gustes y ten por cierto que su génesis depende de tu interior y de tus buenas paces con el mundo. Seguir leyendo...

Misticismo

Un poeta se refugia en la soledad de un convento en la cercanía de la Plaza Mayor. Las tentativas de la poesía amorosa y erótica se agotaron en un viejo poemario. La poesía debe alcanzar su máximo grado de pureza, piensa. El amor es impuro, no conoce de la excelsitud que solo se procura a los amores santos. Seguir leyendo...

Así seas poeta

Un poeta no debe aguardar que lo estimen como un GRAN poeta (aunque lo fuera ¿?), ni siquiera como un buen poeta, ni siquiera como poeta a secas o acaso tan sencillamente como un hacedor de palabras. Más aún, no debe concebir ser visible a aquellos ojos que solo ven sus contornos. Lo suyo es solo crear por el gusto de hacerlo o porque le es necesario o vital. Una muestra de lo que es sublimar el dolor por la poesía: Seguir leyendo...

Instrucciones para hacer reir

No se trata de una instrucción cortazariana. El objeto es mover las mandíbulas de tu contertulio sin mover las tuyas. La risa es algo demasiado serio para tomársela a la ligera y tanto que para hacer reír no hay que reír, hay que tener la cara de circunstancia. El ridículo es siempre una tragedia y lo comprendí aquella vez que me tocó contar un chiste en público. Eran decenas de ojos los que me miraban. Yo tan serio, tan crispado, empecé, le di forma y culminé. Todos serios. Siguieron serios hasta el momento en que me senté. Solo en ese preciso instante las risas explotaron en la sala y en mi cara. Comprendí que el ridículo tiene relación con todo aquello que no puedes explicar. Seguir leyendo...