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"Estoy ahogado en un VAR", por Pedro Canelo

El uso de la tecnología con videos para apoyar a los arbitrajes ha ganado un especial protagonismo en la Copa Confederaciones 2017.

Néstor Pitana

Néstor Pitana le anuló un gol a Portugal utilizando la tecnología del VAR. (Foto: AP).

Néstor Pitana le anuló un gol a Portugal utilizando la tecnología del VAR. (Foto: AP).

Néstor Pitana le anuló un gol a Portugal utilizando la tecnología del VAR. (Foto: AP).

La tecnología en el fútbol puede ser una pena máxima. Era diciembre del 2016, y en pleno Mundial de Clubes, el árbitro Viktor Kassai detenía el juego entre Nacional y el campeón japonés Kashima Antlers. El juez húngaro recibió la alerta desde una central de videos instalada a manera de prueba para ese torneo. Una cámara detectó una falta del colombiano Orlando Berríos sobre el japonés Daigo Nishi dentro del área y Kassai fue avisado casi dos minutos después de la jugada. Cobró el penal sin sentimiento de culpa con un efecto tardío desconcertante. Al Nacional, al equipo verde, una repetición televisiva le puso una luz roja en el camino.


El sistema de videoarbitraje (VAR) está siendo aplicado, a manera de ensayo, una vez más en un torneo internacional y ya está acaparando protagonismo. En esta Copa Confederaciones no solo se habla de Cristiano Ronaldo, el Chile de Pizzi o la renovación alemana, sino también de los cobros arbitrales apoyados en cámaras ubicadas en la comodidad de un salón alejado varios metros de la cancha. Se pueden contar los dos goles ratificados, los dos goles invalidados; sin embargo, lo que no se puede medir aún con precisión es cuánta emoción se sacrifica para un deporte que se ha alimentado de tantas pasiones. Ese daño al fútbol ni siquiera el más sofisticado VAR lo podrá registrar.

En defensa de la justicia, y en apoyo a la siempre cuestionada profesión arbitral, podemos abrirle las puertas del balompié a las innovaciones tecnológicas. Es correcto reducir el margen de error en cobros decisivos durante un encuentro, lo que no podemos sacrificar es el ritmo y la emoción de un deporte que ya sufre mucho con las interrupciones naturales en lesiones, faltas y entretiempo. Si me dicen que el VAR será en el futuro como lo que vimos el domingo durante el gol del chileno Eduardo Vargas a Camerún, pues prefiero quedarme así: con jugadas polémicas para repetir cien veces o con el incurable sinsabor de un juez equivocado.

Que la FIFA haga las revoluciones que quiera, pero que no se meta con el grito de gol. Cualquier cosa menos eso, señor Infantino. Quizá el VAR aplique en el corto plazo para dos jugadas que, en sí mismo, ya determinan una pausa en el juego: un penal que el árbitro no vio o definir si el balón cruzó la línea de gol. Interrumpir un festejo como el de los chilenos, quienes ya estaban ensayando coreografías, es un despropósito. Si validaban el gol anulado de Vargas, nadie se hubiera indignado. Hasta el más camerunés de los hinchas hubiera entendido que el ligero adelanto del atacante chileno podía haber pasado inadvertido para el esloveno Skomina.

Si aplicaban el VAR en el gol con la mano de Raúl Ruidíaz a Brasil, hace un año en la Copa América, nos habríamos regresado en primera ronda. Avión directo desde Boston a Lima. Solo imaginarlo es morir dos veces. No por defender lo ilegal, sino por esos segundos de demora que implica esta verificación televisiva. Si me aseguran que la tecnología resolverá al instante una polémica tan grande, no me importaría que anulen tantos como el de Ruidíaz. Pero si voy a tener que apretar el alma antes de saber si puedo gritar un gol, mejor que le cambien de nombre al deporte rey. Eso ya no será fútbol. Será la condena para el hincha despechado que acabará clavado, herido y ahogado en un VAR.

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